Capítulo 11 #4
Una noche de primavera, después de regresar de una fiesta, sus padres entraron en su cuarto.
Eva salió enseguida, pero Brandon se quedó un rato más, algo que entusiasmó al pequeño, que adoraba a su padre.
Este le habló con cariño, le contó un cuento y después empezó a hacerle cosquillas que alentaron sus risas infantiles.
Las cosquillas fueron mutando en un ligero masaje sobre la ropa.
Después, las manos de Brandon buscaron la suave piel del niño y se movieron por ella.
Despacio, muy despacio, con palabras tan dulces que el pequeño incluso se sintió feliz.
Las manos de Brandon recorrieron el pecho infantil y, poco a poco, descendieron hasta el abdomen.
Sin dejar de susurrarle para que no se asustase, Brandon acarició el sexo de Phoenix.
El niño gimió inquieto y asustado. Aquello ya no le gustaba, quería llamar a su madre y que obligase a irse a su padre, pero no consiguió articular palabra alguna. Estaba a punto de llorar, cuando Brandon sacó la mano y le dio un beso en la frente.
«Duerme, mi niño, y no se lo cuentes a mamá, esto será nuestro secreto».
Pasaron muchas noches en las que el pequeño Phoenix temblaba cuando llegaba el momento de acostarse. Reclamaba que su madre fuera con él, la obligaba a repetirle cada cuento hasta que el sueño lo vencía, porque sentía miedo de que su padre volviera.
Pero no sucedió.
Pasó la primavera, terminó el verano y entonces Phoenix se convenció de que aquella noche no había existido, que la había soñado, que su padre no había entrado en su cuarto para tocarlo de aquel modo que no le gustaba y nunca le había dicho que le guardase un secreto.
No había sido así y, una noche, a finales de otoño, Brandon regresó. Repitió casi del mismo modo su anterior visita y, cuando se marchó, le hizo el mismo ruego. Phoenix ahogó las ganas de llorar y rezó para que aquello no volviera a suceder, pero sus plegarias no fueron escuchadas.
Aquello dejó de ser un suceso aislado. Cada noche, durante meses que se convirtieron en años, Brandon entró en su cuarto.
Phoenix temblaba cuando escuchaba el crujido de la madera al lado de la puerta, el anuncio inapelable de la visita del monstruo.
El ahogo, las lágrimas, el asco sustituyeron poco a poco a unas oraciones que no servían para nada, porque el recorrido de las manos se le quedó corto.
Cuando estuvo seguro de que no lo delataría, lo obligó a dar pasos que un niño nunca debería recorrer.
Un día, cuando tenía doce años, Phoenix reunió el valor para hablar con Eva.
La respuesta de su madre fue darle un bofetón y castigarlo por mentir, pero habló con Brandon, de eso estaba seguro, porque su padre ya no volvió a su cama.
El monstruo le había dejado tranquilo, ese ser odioso que habitaba en su casa y que de cara al exterior era el padre perfecto.
No regresó a su cama, pero su madre no lo echó, dejó que siguiera viviendo bajo el mismo techo.
Tuvo la sensación de que no lo creyó, pero duró poco, porque enseguida Eva tuvo que sufrir la humillación de que Brandon empezara a llevar a jovencitos a su casa.
Phoenix juró matarlo. Le planteó a su madre un plan tras otro para librarse de él, pero a ella le pesó más lo que pensaran los demás y siempre lo frenó.
Por eso escapó, cambió su nombre y juró encima de la tumba de Eva que esa vez nadie le impediría deshacerse de Brandon.
Ni huir lejos había logrado borrar de su piel y de su alma las huellas de las manos de un hombre que nunca mereció que lo llamase padre.
—Señor —dijo uno de los conductores de los vehículos que formarían la caravana hasta la frontera—, ya está todo listo.
Phoenix asintió con la cabeza y se dispuso a montar en su coche, abandonando sus pensamientos.
Echó un vistazo al mar y se prometió que aquella sería la última vez que pensaría en Brandon Fleet.
Llegado su turno, se puso a la cola de la caravana de vehículos que transportaban el alcohol disfrazado de aceite.
Martes, 13 de diciembre de 1921
Nueva York
John llevaba un rato hablándole a Victoria, pero ella tenía la sensación de que lo hacía para sí mismo. No interrumpió, se limitó a escuchar sin soltarlo de la mano.
—Pasé mucho tiempo en una trinchera, queriendo volver a casa. Pero allí, entre el barro, nadie me escuchaba.
»Me estaba volviendo loco.
»Durante semanas, me negué a obedecer. Mi obsesión era salir de allí, regresar a casa, volver a Londres contigo.
Una mañana, nos ordenaron atacar la trinchera enemiga.
Había bebido la noche anterior hasta caer inconsciente, pero no existió la opción de seguir negándome: mi superior me apuntó con el arma y me dijo que, si no salía de allí, él mismo me pegaría un tiro.
Agarré mi bayoneta y, con toda la rabia que acumulaba, salí tambaleándome del agujero.
»No le iba a dar el gusto a ese hijo de puta, prefería que me matase un soldado alemán.
»Cuando alcancé a mis compañeros, me metí de cabeza en el infierno. Mis camaradas, los enemigos, todos caían a mi derecha e izquierda, mientras las balas silbaban a mi alrededor y los cuerpo a cuerpo iban descontando hombres en los dos bandos.
»De repente, un soldado alemán se materializó delante de mí, con su bayoneta lista para atravesarme con ella.
Ahí estaba el momento que necesitaba. Solo tenía que permitirle que segase mi vida y la pesadilla que empezó cuando me desperté en el tren habría terminado.
Pero no lo hice. Un pensamiento, poderoso como ninguno, cruzó mi cerebro y descubrí que no quería morir, que era él o yo, y tenía que tomar una decisión ya.
Él no era un soldado alemán y yo uno inglés luchando por unos ideales, por territorios o por lo que fuera que estuviéramos luchando, éramos dos hombres peleando por volver a casa.
Lo supe nada más sumergirme en su mi rada.
»Los dos dudamos justo el tiempo en el que una avispa, que no sé de dónde salió, se posó en su cara y le picó cerca del ojo.
Entonces yo, que durante toda mi vida había jurado que jamás mataría a nadie, cargué con mi bayoneta como un salvaje y se la clavé.
Cayó al suelo de inmediato, a la vez que soltaba el arma y se llevaba las manos al estómago, herido de muerte.
»Lo rematé y contemplé cómo brotaban borbotones de sangre de su boca, mientras me temblaban las rodillas tanto que pensé que caería fulminado.
Cuando dejó de respirar, temí que apareciera otro soldado alemán y esta vez no fuera capaz de moverme, convirtiéndome yo en la víctima.
¡Y no quise serlo, Victoria, no quise! Había cruzado una frontera y ya era tarde para volver atrás.
»Maté a cuatro hombres aquella mañana en la que me convertí en un asesino.
John interrumpió su relato y se envolvió entre los brazos de Victoria. Cuando logró serenarse, continuó hablando:
—Después de aquello, algunos de mis compañeros se jactaron de los crímenes que habían cometido esa mañana.
Presumían de las muertes que habían causado, y las historias que contaban eran como trofeos de los que parecían sentirse orgullosos.
Sentí que eran unos monstruos y que yo era uno de ellos.
Había matado a cuatro hombres, Victoria.
No estaba orgulloso, pero eso no le devolvía la vida a ninguno de ellos.
»Daba igual mi conciencia, mis actos habían sentenciado a cuatro personas.
»Pensé en sus familias, en las vidas que habían dejado atrás y en que, en otras circunstancias, si esos hombres y yo nos hubiéramos cruzado, tal vez podríamos haber hecho negocios juntos.
»A los tres últimos no los recuerdo, pero me despierto muchas noches empapado en sudor, pensando en los ojos del primero.
Pensando en que esa avispa podría haberse posado sobre mi cara.
Y me atormenta el porqué, por qué lo eligió a él, por qué el peso de un diminuto insecto inclinó la balanza para que yo fuera quien nunca quise ser.
Hay una parte de mí que detesto, que, por más tiempo que pase, por mucho que intente hablarme de deber, de mi incapacidad para decidir algo diferente en ese momento, me grita algunas noches que soy un asesino.
Siempre intento convencerme de que no fui yo quien mató a todas esas personas, sino la persona en la que me convirtió la guerra.
Pero esa persona era yo. Fui yo quien le arrancó la vida.
»Y esa solo fue la primera vez, Victoria. Siguieron muchas más.
John cerró los ojos y estos no expulsaron lágrimas. Había llorado tanto en esos años que ya no le quedaban.
Victoria no dijo nada, sabía que lo que se le ocurriera ya se lo habría dicho él mil veces antes.
El amanecer los encontró abrazados.
Miércoles, 14 de diciembre de 1921
Nueva York
El miércoles por la tarde, Ian se acercó a su antiguo barrio para visitar a su hermana.
Había tenido mucho trabajo en la redacción los días anteriores —incluidas las fotografías de un concierto de la Orquesta Filarmónica de Nueva York y una recaudación de fondos para la beneficencia— y no había podido acercarse antes al Lower East Side.
Connor lo recibió en plena tarea de eliminar obstáculos en la casa para que Luke, que había empezado a caminar sin ayuda, no se accidenta se.
—No me había dado cuenta de que una casa tiene tantos peligros para un niño —le dijo a Ian.
—Yo no recuerdo que mi padre o mi madre se preocupasen de que Beatrice o yo no nos abriéramos la cabeza, creo que ni siquiera nos consolaban. Los padres de ahora os estáis volviendo unos blandengues —replicó Ian, mientras se quitaba el abrigo y lo dejaba sobre una silla.
—Ya veremos cuando tú seas padre —le contestó su cuñado, alzando al niño en brazos.
—No creo que eso suceda nunca.
—¿Qué es lo que no va a suceder?
Beatrice entró en la cocina secándose el pelo con una toalla. Le dio un beso a su hermano y, justo después, le retorció el moflete, provocando que él se quejase.
—Dice que nunca tendrá hijos —señaló Connor.