Capítulo 11 #3
—¿Nadie verá las luces y nos delatará? —preguntó.
—En esta zona, quien más y quien menos está haciendo fortuna con el contrabando, y los que no, saben que no les conviene en absoluto enfrentarse con sus vecinos. ¿Cree que esto se podría hacer sin la complicidad de un gran número de personas?
Claro que no lo creía. El mastodóntico engranaje que protegía el que un país que se había declarado seco se siguiera emborrachando en privado por fuerza se tenía que sustentar en los silencios de muchas personas y en la complicidad de otras.
—¿Cuándo podremos irnos? —preguntó Owen.
—Puede que en media hora. He dejado lo mejor para el final.
Dickson se apartó del empresario y se dirigió a la zona donde los hombres que había contratado se movían con diligencia.
A medida que los minutos restaban tiempo a ese plazo de media hora y los vehículos se iban llenando, la impaciencia de Owen iba subiendo unos grados.
El paquete «especial» que le mandaba Pribby era la única razón por la que estaba allí, pasando frío y arriesgando su reputación.
Diez minutos después, el último bote arribó en la orilla. Los contrabandistas que viajaban en él llegaron renegando, aunque no tanto como el que portaba la caja en cuestión, que en cuanto tocó la arena la tiró de mala manera y se alejó.
—Toda suya —le dijo el capitán Dickson a Phoenix, a la vez que le entregaba una palanca y un candil. Enseguida, como los demás, se apartó.
Owen puso el candil en el suelo y, ayudado con el hierro, arrancó una de las maderas de la caja. Tuvo que contener el primer impulso que le provocó el contenido. Tenía que aguantar y asegurarse de que lo que había allí era lo que se correspondía con lo que había encargado a Ted.
Agarró el candil y enfocó su luz en el interior.
Solo entonces, cuando lo que vio le convenció de que Pribby no se la había jugado, que el dinero que había invertido había cumplido su función, se permitió vaciar el contenido de su estómago y alejarse unos pasos.
El nauseabundo olor de la caja, mezclado con sus emociones, le estaba haciendo perder el control y eso era algo que ni podía ni quería permitirse.
Respiró, se irguió y llamó al capitán.
—Dígales que la lancen al mar.
Se escucharon otra vez los murmullos de protesta de los pescadores, pero uno de ellos, tras la promesa de más dinero, agarró la caja, la llevó hasta un bote y remó lejos de la orilla. Cuando le pareció suficiente, tiró la cabeza que contenía para que el mar la engullera.
El cuerpo al que pertenecía llevaba ya un tiempo en él, más o menos en un punto equidistante entre América y el viejo continente.
Martes, 13 de diciembre de 1921
Nueva York
El día en los almacenes había sido bastante tenso.
Clarissa se había comportado como una niña mimada, poniendo en riesgo varios pedidos y tratando con cierto desdén a algunos clientes.
John, con la paciencia agotada, la había llamado al despacho para reconvenirla y de allí había salido furioso.
Buscando rebajar la tensión que le había provocado la bronca con su asistente, Lowell descolgó el teléfono y llamó a Felicia.
—Espero que lo que necesites sea de extrema urgencia, hoy tengo un día terrible —le contestó su socia.
—Me temo que solo necesito hablar contigo.
—Pues has elegido mal momento, John.
—¿Pasa algo con los almacenes? —preguntó este, preocupado.
—No, con los almacenes no pasa nada, es con esa maldita bruja de mi suegra.
—¿Qué ha hecho?
—Se ha enterado de que Albert y yo estamos juntos y ha regado de rumores la ciudad. No te va a gustar nada.
—¿Qué ha dicho?
—Que en la cafetería de los almacenes se sirve alcohol ilegal.
Tuvo la cara dura de regresar y montó otro de sus numeritos.
Te dije que no se lo iba a volver a consentir, así que mandé que la sacaran por la fuerza y perdí los nervios.
Albert tuvo que pararme para que no le arrancase los cuatro pelos que le quedan.
Le dije que pondría a un hombre en la puerta para que se la llevase a rastras si intentaba entrar otra vez.
John soltó una carcajada, veía a Felicia muy capaz de aquello.
—¿Ves como era buena idea llamarte? Alegras mi día con tus historias.
—¡No estoy de humor, John! Ya no solo intenta arruinar mi reputación, también la tuya y la de tus negocios.
¿Cuánto tardarán en llegar esos rumores a Nueva York?
Y no solo eso. Cuando salió de los almacenes, Albert me abrazó.
Todo podía haberse quedado ahí, pero ella volvió a entrar en cuanto la persona que la sacó fuera se despistó y nos vio.
Dijo que todo el mundo en Boston se iba a enterar de que soy una ramera que se acuesta con sus jefes para progresar.
—¡Pero si Albert es tu empleado!
—¿No me escuchas? ¡La ciudad entera murmura sobre nosotros, da igual la verdad! —gruñó Felicia.
—Pues cásate con él y se callarán.
—¿Estás loco? Hace solo unos días que empezó nuestro…
lo que sea. ¿Ves? No soy capaz de ponerle nombre a esta historia, mucho menos se me ocurre ni imaginar si es lo que quiero para el resto de mi vida.
¿Tú crees que se puede tomar una decisión así a la ligera, solo por callar a Emily White?
Ni siquiera lo pensé contigo, John. No creo que necesite un matrimonio para sentirme completa.
—Pues, entonces, recuerda eso; en aquella ocasión, sobrevivimos los dos a toda aquella gente aburrida. Si lo hiciste una vez, puedes hacerlo otra. Que Emily White diga lo que quiera, ya se cansará.
—¿Por qué demonios me has llamado tú? —preguntó ella, que se percató de que no paraba de hablar y no le había dejado expresar la razón por la que había marcado el teléfono de los almacenes Lowell.
—Tengo un problema con mi asistente —dijo John—. Creo que se ha enamorado de mí.
—¿Y?
—Está insoportable desde que se enteró de que estoy con Victoria.
—Despídela.
—No me parece bien, Felicia.
—¿Tú eres consciente de lo que puede salir de la cabeza de una mujer herida? ¡Mira Emily!
—Lo mismo que de la de un hombre, supongo —dijo él.
—Pero con más elegancia. Ten cuidado, John. No agites los avisperos que te encuentres por la vida. Ya sabes que, incluso sin hacerlo, puedes acabar lleno de picaduras.
Hablaron un rato más y, cuando la conversación finalizó, John buscó a su asistente para aclarar todo con respecto a ellos dos. No la encontró, hacía rato que se había marchado a casa.
Cuando esa noche se metió en la cama con Victoria, John se había olvidado por completo de la pataleta de Clarissa, pero no tardó mucho en despertarlo una de sus pesadillas.
—Cariño, ¿estás bien? —le preguntó Victoria.
Él manoteaba, como si se quisiera quitar del cuerpo algo que le estuviera haciendo daño.
—John, despierta, estás en casa, no pasa nada.
La voz de Victoria trataba de sonar serena, a pesar de que estaba muy asustada.
Cuando él abrió los ojos, se incorporó y se quedó sentado en la cama, tenía la mirada perdida en algún lugar lejano.
Durante unos minutos, que a Victoria se le hicieron eternos, se llevó las manos al rostro y jadeó, buscando recuperar el ritmo de su respiración.
—Lo siento —le dijo, cuando logró serenarse.
—¿Qué ha pasado?
John se levantó y buscó su ropa, desperdigada por el suelo.
Había llegado a la cama ansioso de ella y juntos habían disfrutado de su intimidad.
Ni siquiera se le había pasado por la cabeza que aquella noche lo visitaría otra de sus pesadillas, porque hacía mucho que no lo despertaban.
Se puso la camisa, aunque no sabía dónde quería marcharse.
Lo único que deseaba era huir de aquella opresión en el pecho y de las ganas de llorar.
Los ojos interrogantes de Victoria, que lo observaban desde la cama, le parecieron un muelle al que aferrar ese barco a la deriva que era en las noches de pesadilla.
—Una vez me preguntaste qué había pasado en la guerra —logró decir.
—Sí, pero si no quieres contarlo…
—No es que no quiera, Victoria, es que no he podido. Desde que llegué a Nueva York no había tenido ninguna pesadilla. Ahora que tú estás a mi lado, incluso había pensado que jamás volvería a tenerlas.
—¿Y qué ha pasado hoy?
—He hablado con Felicia y ha mencionado un avispero.
John se sentó a su lado.
—¿Y si pruebas a contarme lo que pasó?
—No quiero que tú te sientas así.
—Quiero estar contigo en lo bueno y en lo malo, darte la mano cuando lo necesites, y ahora lo necesitas. ¿Qué clase de persona sería si, cuando veo que estás herido, triste o enfermo, me aparto y te dejo solo? Habla, John, te hará bien.
—Está bien, pero no me interrumpas.
Tomó aliento, después de apoyar la espalda contra el cabecero de la cama y darle la mano a Victoria. Ella se sentó, apoyándose en la almohada, girada hacia él para no perderse un solo detalle de su historia.
Martes, 13 de diciembre de 1921
Bahía de Fundy
La única manera que había encontrado Phoenix Fleet para no ahogarse en el asco y el odio que le producía su padre había sido inventar a Phoenix Owen y alejarse todo lo que pudo de él en cuanto tuvo ocasión.
No solo había perdido su nombre real por el camino, sino emociones como la compasión.
En su soledad, esa que a ratos le pesaba tanto, había encontrado un refugio seguro, pero a cambio había entregado su propia empatía y la capacidad de amar.
No se arrepentía de lo que había ordenado hacer con el hombre que le dio la vida, porque a esas alturas a Phoenix solo le importaba Phoenix.
La familia Fleet, en apariencia, fue una más de las familias acomodadas del Londres previo a la guerra.
Brandon y Eva pertenecían a esa burguesía industrial que se iba abriendo paso frente a la rancia aristocracia y se relacionaban bien.
Tenían un único hijo, Phoenix, un niño feliz al que su madre consentía y al que su padre colmaba de besos y caricias.
Todo parecía el escenario idílico de una vida hasta que el niño cumplió ocho años.