Capítulo 11 #2
—Es que es verdad, solo arrastra a todas partes ese oso que le regalaste y quiere que juguemos con la casa de muñecas.
—¿Y qué es lo que quieres hacer? —le preguntó el hombre, muy atento a cuanto le decía Evan.
Le hizo un gesto con la cabeza para que saliera. El niño adelantó dos casillas el peón delante de su rey.
—Me gustaría ir contigo a los almacenes.
—Ahora no puedo llevarte, tengo mucho trabajo y no podría hacerte caso, pero te prometo que, cuando pasen unos días, vendrás —le dijo, moviendo a la vez su peón delante del caballo.
—¿Todo el día?
—Entero.
—¿Y podré vender algo?
Evan desplazó el caballo que tenía a su izquierda, mientras escuchaba al adulto, que aún no salía de su perplejidad al escucharlo.
—¿Quieres ser vendedor?
—No, lo que quiero es tocar las campanas de San Pablo —contestó el niño, con toda seriedad.
—¿Quieres tocar las campanas de la catedral de Londres? ¿Toda la vida? ¿No te aburrirías tanto como lo haces jugando con Cath?
—Es un trabajo fácil, solo hay que hacerlo unos cuantos minutos al día.
John estaba riéndose ante la ocurrencia del pequeño cuando Victoria regresó a la salita.
Se quedó mirándola embobado. Se había soltado el pelo y llevaba una bata sobre la ropa de dormir; no veía el momento de quitársela.
Sin pensar, adelantó dos casillas el peón que estaba delante del alfil que flanqueaba al rey negro.
—¿Quién va ganando? —preguntó ella, a la vez que se sentaba en uno de los sillones. Cruzó las piernas y la bata se abrió, de jando a la vista la cremosa piel de sus piernas.
—Yo —dijo Evan, convencido, a la vez que movía en diagonal su reina—. ¡Jaque mate!
John volvió a la partida y miró el tablero estupefacto. ¿Le había vuelto a ganar? Cabeceó divertido, mientras Evan dibujaba una amplia sonrisa en el rostro y miraba a su madre orgulloso.
—Eso no vale, me estás distrayendo para ganar —protestó John, aunque sabía que se había distraído él solo.
—¡Pero no he hecho trampas!
—Eso es cierto.
—¿Qué te está contando para vencerte? Sé que no eres muy bueno, yo te he ganado mil veces, pero él apenas acaba de aprender.
—Me está contando lo que quiere ser cuando trabaje.
—Ah, ¿sí? ¿Abogado? ¿Médico? —preguntó Victoria, dirigiéndose a su hijo.
—Le he dicho que quiero ser el campanero de San Pablo.
Victoria se echó a reír por la ocurrencia.
—Nunca se me habría ocurrido, pero, si es lo que quieres, preguntaremos en Londres al volver.
John se la quedó mirando durante unos instantes.
No le apetecía en absoluto que retornaran a Londres.
Esperaba que lo que estaba naciendo entre ellos la convenciera de quedarse en los Estados Unidos, por eso, aquella afirmación lo impactó como si lo hubieran golpeado en el estómago.
No quería que se volvieran a separar. Después de la guerra, le había costado deshacerse de las pesadillas.
Desde que Victoria había vuelto, apenas si había tenido alguna; y tras empezar a dormir con ella, ninguna.
Sin embargo, no quería presionarla. Si decidía regresar a Inglaterra, tendría que aceptarlo.
Cambió de tema, aún quedaba tiempo para que su hermana y ella emprendieran el viaje de vuelta.
—¿Cómo ha ido esta mañana con la señora Nakamura? —le preguntó.
—Muy bien.
Elisabeth entró en la habitación en ese momento. Llevaba entre las manos un vestido guardado en una funda y fue ella la que contestó.
—Más que bien. Quiero que veas esto.
Con cuidado, extrajo el vestido y lo colocó sobre la mesa. Los tres adultos se acercaron y Evan resopló por haber sido abandonado por un vestido. El ratito con John se le había hecho muy corto.
—Evan, te propongo algo —le dijo el hombre, dándose la vuelta un momento hacia él—. Esta semana prometo buscar un rato para llevaros al Museo Americano de Historia Natural. ¿Te apetece?
—¿Veremos dinosaurios? —preguntó el niño con entusiasmo.
—Por supuesto.
—¡Quiero ir!
—Entonces, decidido. Recoge el ajedrez y ve a dormir.
Evan ni siquiera protestó por tener que recoger y Victoria miró a John con un gesto cómplice y una sonrisa. Él le guiñó un ojo. Para cuando el pequeño dejó la salita, Elisabeth ya había sacado el vestido de la funda y lo había colocado sobre la mesa.
—Esas mujeres son increíbles —dijo—, trabajan a muy buen ritmo y, mira, el vestido es una maravilla. Y no han desperdiciado ni un centímetro de tela.
—¿Dónde está el taller? —preguntó John.
—En Chinatown, pero no es un taller —apuntó Victoria—, es la casa de una de ellas. Es diminuta. Ni siquiera tienen el espacio de esta salita, hay un montón de niños por allí a los que tienen que atender.
—No estaría de más que consiguiéramos a alguien para que se ocupase de llevárselos unas horas.
De vez en cuando alguna tiene que ocuparse de cambiar a los más pequeños, o de solventar algún conflicto entre ellos, y además huele demasiado a la comida que se hace en la habitación de al lado.
Deberíamos conseguir comida para que no tengan que cocinar —dijo Elisabeth.
—Le pediré a la señora Nakamura que se ocupe, el dinero no es problema. ¿Tienen máquinas de coser?
—No —negó Victoria, apoyando el gesto con la cabeza—. No las quieren.
John tomó el vestido entre sus manos y examinó las puntadas; era magnífico, no había diferencia entre él y los que confeccionaban en Boston siguiendo los patrones de Camille, salvo las variaciones que había pedido la clienta en la tela y algunos detalles del acabado.
Pero ni siquiera se había fijado en que no estuviera cosido a máquina.
—¿Les dará tiempo?
—Solo hemos traído este, pero hay otros tres terminados, les dará tiempo —respondió Elisabeth.
—¿Qué tal se ha tomado tu asistente que no hayas hecho uso de sus servicios? —le preguntó Victoria a John.
—Pues no muy bien, ha salido del despacho esta mañana dando un tremendo portazo.
—Es una niña, se le pasará —dijo Victoria.
John no estaba tan seguro. Clarissa se había pasado el día mirándolo con cara de pocos amigos.
Martes, 13 de diciembre de 1921
Bahía de Fundy
Phoenix no había podido dormir en toda la noche.
Su fortuna le permitía que otros se ocuparan de la parte oscura de sus negocios, manteniéndolo a una distancia segura de cualquier asunto turbio o que supusiera un mínimo peligro para su integridad y su excelente reputación.
Si en aquella ocasión se había expuesto, no había sido por el dinero invertido en el cargamento de whisky , ni siquiera porque hubi era problemas, como le había dicho a Wilson, sino para asegurarse de que Ted Pribby había cumplido con su parte del trato.
«Confiar» era una palabra que no existía en el vocabulario de Owen, no solo porque sabía desde niño que las personas tenían dos caras, sino porque no le gustaban los cabos sueltos.
En cualquier momento, alguien podía tirar de un diminuto hilo y todo el complejo entramado que había tejido a su alrededor se desharía, desvelando secretos que siempre deberían permanecer ocultos.
Owen había aprendido a ser fuerte, a ponerse una coraza para afrontar la vida, pero de vez en cuando asomaba en su cuerpo cierta debilidad que le recordaba a alguien que no quería ser.
Esa noche, su pulso tembló y su respiración se intranquilizó, pero él se obligó a serenarse con inspiraciones lentas que, poco a poco, le devolvieron la calma.
A las seis de la mañana, un viento frío, que arrastraba una fina llovizna, lo recibió en Blacks Harbour, el lugar fijado para la entrega.
Cuando llegó, sus ojos apenas percibieron nada más que las olas batiendo en la orilla y una profunda oscuridad, en la que no se atisbaba luz alguna.
Ni siquiera la luna ayudaba, pues rozaba la fase nueva.
Owen caminó un rato inquieto hasta que escuchó un chapoteo de remos que procedía de las inmediaciones de la orilla.
Le pareció entonces ver la luz mínima de un candil, que enseguida desapareció, no así los sonidos inconfundibles de varios hombres saltando al agua y sus jadeos al moverse por ella trasladando algo pesado.
Cuando el primero arribó en la orilla, intuyó, con la poca precisión que le dejaban las sombras de la noche, que lo que llevaba era una caja.
Enseguida llegó otro y otro, que fueron dejando cajas apiladas en la arena junto a la primera, y escuchó más botes aproximarse a la orilla.
No se movió de su posición, el capitán le había dicho que no lo hiciera, que él sabría cómo encontrarlo.
—Buenas noches —le susurró una voz ronca a su espalda, que enseguida reconoció.
Cuando se recuperó del sobresalto, Owen le devolvió el saludo.
—Buenas noches, capitán.
—¿Hace mucho que está aquí?
—Vine a la hora convenida. Quizá antes, no quería perderme por estos caminos que solo recorrí ayer por la tarde.
—Todo está sucediendo tal y como lo planeamos, no tiene de qué preocuparse. Esta noche es tranquila.
A lo lejos, se escuchó un silbido al que el capitán contestó con otro. Al momento, un rumor de pasos se les acercaron por la izquierda y enseguida las siluetas de tres hombres se materializaron a su lado.
—Son los conductores de los vehículos en los que cargaremos la mercancía —dijo el capitán.
Aunque no podía distinguir sus rostros, Owen los saludó con un apretón de manos. Dickson dio unas escuetas instrucciones en voz baja, señalando el montón de cajas que poco a poco iba creciendo en la orilla, y, cuando estos se marcharon, se volvió a Owen.
—Esta madrugada, un buque que está doce millas al sur ha emitido un aviso de auxilio. No hay demasiados barcos de la Guardia Costera, así que el que patrulla esta zona no ha tenido más remedio que desplazarse, nos ha despejado el camino.
—Muy oportuno —dijo Owen.
—Nada es casual, ese aviso es falso y ha costado dinero. Es lo que necesitamos para tener al menos dos horas de tranquilidad.
La luz de algunos faroles empezaba a marcar el sendero que los pescadores reconvertidos a contrabandistas recorrían para cargar los coches y eso inquietó a Owen. En la oscuridad absoluta de esa noche sin luna, refulgían como el faro de la bahía.