Capítulo 11
Nueva York
El sargento Thomas Kane encendió un cigarrillo y exhaló el humo con lentitud.
De pie a su lado, impasible, Mabell Willebrandt, la fiscal general adjunta del Estado, que se encargaba de tratar asuntos relacionados con la violación de la ley Volstead, observaba a Connor, a quien hacía unos momentos habían mandado llamar.
Con la espalda recta y los puños crispados sobre las rodillas, el joven agente esperaba nervioso, rezando por no haberse equivocado al confiarle al sargento lo que sabía.
Kane, con un gesto, le indicó que se sentase antes de hablarle con su voz rasposa:
—Boyle, la señora Willebrandt quiere que le repitas lo que me dijiste a mí.
Connor exhaló un suspiro y empezó. La suerte ya estaba echada.
—Hay un speakeasy , el Ice, donde se vende alcohol cada noche —dijo—.
En septiembre se produjo un incidente en el interior y los matones que lo custodian sacaron a un hombre a la calle, le dieron una paliza y lo mataron.
Un testigo está seguro de que era el agente Reeds, uno de nuestros compañeros, que desapareció por esas fechas sin dejar rastro.
Esa misma persona escuchó cómo un tipo ordenó que se deshicieran del cadáver tirándolo al río.
Hace unos días apareció muerta una muchacha en el barrio.
Parecía que había sido por una sobredosis de heroína, pero la misma persona que presenció el asesinato de Reeds había hablado con ella días antes y dice que esa chica no parecía alguien que se drogase.
Se llamaba Molly y era una limpiadora del Ice.
Le contó que Reeds desapareció después de prometerle que la sacaría de allí.
Kane miró a Mabell y ella no mostró reacción alguna.
—¿Algo más?
Su voz sonó tan serena que parecía que, en lugar de asesinatos, le estuvieran relatando una lista de tareas. Boyle asintió, reacomodándose nervioso en la silla.
—Sí. Esa misma persona pudo ver que hay prostitución en el local; por Molly supo que a las mujeres no se les permite salir a la calle. Y alguien de arriba se pasea por el local a menudo, el concejal Dalton Fisher.
El despacho quedó en silencio por un instante y Kane se volvió hacia Mabell.
—Es el mismo que me ha visitado en varias ocasiones, solicitando escoltas de la policía que considero innecesarias —gruñó—. Al parecer, el sargento Carver, mi antecesor, tenía muy buena relación con él.
—¿Quién es la persona que le ha pasado toda esa información? —inquirió Mabell, fijando la mirada en Boyle.
El agente miró al sargento. Se la estaba jugando metiéndose en aquel lío, pero si delataba el nombre de su cuñado y algo no salía bien para los dos, se arriesgaba a dejar a Beatrice sola en el mundo con el pequeño Luke.
—Antes de decírselo, necesito que me juren que no nos pasará nada a ninguno de los dos, ni a esa persona ni a mí.
—Señor Boyle —le dijo Mabell—, ¿quiere saber algo que lo sorprenderá?
No estoy de acuerdo con la Prohibición, le veo muchas más desventajas que ventajas, pero eso no significa que no haya hecho el juramento de respetar la ley.
Si alguien se la está saltando, me va a tener detrás. No tema por su fuente.
Connor cerró los ojos, respiró y habló:
—Se llama Ian Brennan. Es el hermano de mi mujer, un fotógrafo del New York Times .
Mabell se cruzó de brazos, su expresión se endureció.
La policía, los funcionarios públicos, los empresarios de la ciudad y ahora la prensa.
Todo el mundo parecía estar al tanto de lo que se movía en torno al alcohol ilegal.
Le iba a costar un mundo lograr que aquello no se fuera de las manos y tenía todas las papeletas.
Las bandas estaban aprovechando para reconducir su actividad delictiva y los antiguos pandilleros no tardarían mucho en ser los nuevos multimillonarios del país si no se les ponía coto.
Y ella era una mujer, a la mínima que le temblase el pulso, soltarían el discurso de que una mujer no podía hacerse cargo de asuntos importantes.
Le repateaba más eso que el hecho de no poder tomarse un trago.
—Eso es todo, señor Boyle, puede retirarse, pero no se vaya aún de la comisaría.
El agente obedeció. Se levantó, saludó a sus dos interlocutores y después salió del despacho. En cuanto estuvieron a solas, Mabell se giró hacia Kane.
—Los rumores de que algunos agentes se están llenando los bolsillos con este asunto son constantes —le dijo.
—Boyle me contó que mientras estuvo el anterior sargento, no pasaba nada en el barrio.
Era como si la delincuencia se hubiera esfumado de esta parte de la ciudad.
Lo cierto es que Fisher ha intentado pasearse por la comisaría dando órdenes como si fuera el jefe desde que llegué para sustituir a Carver.
El domingo fue la última vez que lo eché, pero eso ha provocado que el Comisionado me haya amonestado.
Y me ha ordenado que prepare un operativo de seguridad para Fisher el jueves por la tarde que va a barrer la presencia de agentes en las inmediaciones del Ice.
—Esa información es muy interesante —dijo Mabell, mientras se quedaba por unos momentos mirando la pared.
Después volvió los ojos a Kane—. Yo he recibido un chivatazo.
El jueves está previsto que llegue un cargamento importante de alcohol al Ice.
No ponga esa cara, ¿cree que he venido hasta aquí solo porque un policía de una comisaría de barrio tenía una sospecha?
No, sargento Kane, quería contrastar la información que manejo yo.
La corrupción ha podrido esta ciudad. Si el Comisionado quiere a todos los agentes fuera, es porque alguien se lo ha pedido.
Y mi tarea es sacarlo también a él del sistema.
Kane aplastó el cigarrillo en el cenicero y se volvió hacia ella.
—Necesitamos agentes limpios, pero yo acabo de llegar y no los conozco bien. ¿Sabe lo que creo? Que el sargento Carver, a quien sustituyo, no pudo con la presión que supone sentarse en esta silla y por eso se suicidó.
—No me extrañaría. ¿Sabe cuántos de sus agentes están del lado de la ley? —preguntó Mabell.
—La verdad, no, pero sí sé quién puede ayudarnos.
Kane se levantó y abrió la puerta del despacho.
—¡Henderson, entre!
Henderson pasó al despacho con mucha cautela.
Kane le indicó con un gesto que se sentara, mientras Mabell lo observaba con interés; parecía un roedor asustado, acorralado por dos peligrosos gatos.
Tardó un siglo en acomodar sus posaderas sobre la silla, acobardado ante la presencia de la fiscal general adjunta de la Prohibición.
Kane no se anduvo por las ramas, le explicó lo que sucedía y el porqué de la presencia de la mujer en la comisaría.
—Necesitamos una lista de agentes en los que podamos confiar —concluyó el sargento.
Henderson apenas tardó unos segundos en asentir.
Tembloroso, pidió algo donde escribir y fue anotando los nombres de los hombres que aún estaban del lado de la ley.
Eran más de los que Kane esperaba, si era sincero, después de las sensaciones que había tenido en la comisaría desde que llegó.
Henderson deslizó el papel hacia el sargento y este lo cogió con aire grave.
Mabell se inclinó para echar un vistazo.
—¿Está seguro de que nos podemos fiar de todos estos hombres? —le preguntó ella al agente.
—Tan seguro como se puede estar en esta ciudad —respondió Henderson—. Creo que podría añadir alguno más, pero no quiero pasarme de optimista.
Kane asintió, dobló la lista y la guardó. Luego volvió a mirar a Mabell, que inclinó la cabeza con aprobación. Después de despedir a Henderson, se volvió hacia Kane.
—Ahora necesitamos pruebas, y cuanta menos gente esté involucrada, mejor.
Boyle dijo que su cuñado, Ian Brennan, es fotógrafo del New York Times .
Además de que quiero que me cuente en persona lo que sabe, necesito fotografías.
Será un buen toque de atención para el resto de locales clandestinos si esto sale bien.
El rostro de Kane se crispó. No le gustaba la idea de involucrar a un civil, pero sabía que necesitaban pruebas si querían hacer caer a Fisher y a quienes manejaban el Ice.
—Dígale a Boyle que hable con él. Que lleve su cámara a la redada del jueves por la tarde, pero que no le cuente nada a nadie sobre esto.
Nada. Debe entender que cualquier indiscreción pondrá en peligro no solo la operación, sino también su vida y la de quienes sepan una palabra de lo que nos traemos entre manos —puntualizó Mabell.
La ayudante del fiscal se alisó la falda con las manos y recogió su cartera para abandonar el despacho.
—Sargento Kane, prepárese. Va a ser una semana larga. Voy a ver los efectivos con los que cuento yo. Hablaremos pronto.
Lunes, 12 de diciembre de 1921
Nueva York
Después de cenar, John se entretenía jugando con Evan al ajedrez en la salita del apartamento, mientras Elisabeth acostaba a Catherine, y Victoria se retiraba a escribir unas cartas para enviar a Londres.
—¡Jaque mate! —gritó el niño.
—¿Has hecho trampas? —preguntó John, perplejo por que el pequeño lo hubiera derrotado en apenas un cuarto de hora.
—He aprendido lo que me has enseñado —contestó él, con toda tranquilidad.
John observó el tablero. En ningún momento había hecho trampa, había sido paciente hasta que él mismo había cometido un error.
—¿Otra partida? —le preguntó.
Evan asintió y ambos empezaron a recolocar el tablero. Este era la caja de madera abierta donde después se guardaban las piezas, colocada boca abajo. Mientras que el niño jugaba con las blancas, John lo hacía con las negras.
—¿Mamá va a empezar a trabajar para ti? —le preguntó Evan, que estaba terminando de colocar la fila de peones.
—¿Te molesta que tu madre trabaje? —indagó John.
—No, es que me aburro. Esta mañana lo único que hemos podido hacer Catherine y yo ha sido jugar a las damas. Yo prefiero jugar al ajedrez, pero no sabe.
—Es pequeña —la justificó John.
—Es tonta.
—¡No digas eso!