11 de diciembre de 1921, domingo
Nueva York
Querido Richard:
Hace días que empezó a nevar de forma intermitente en Nueva York, como un anuncio del invierno que ya ha llegado definitivamente.
Esta tarde, cuando regresaba a casa, se han escapado los primeros copos de la nevada, que ahora cubre con su manto blanco la ciudad, y uno de ellos se ha posado con suavidad sobre la manga de mi abrigo.
Mientras esperaba a que el portero abriera la puerta del edificio, me he quedado mirando su forma hexagonal simétrica.
Es maravilloso cómo un diminuto fragmento de agua congelada es capaz de adoptar ese aspecto increíble, pero lo ha sido más cuando otros copos se han ido sumando al primero y tomando posiciones en mi brazo.
Cada uno, diferente.
Todos, perfectos.
¿Se te ocurre algo más extraordinario que la nieve?
Algo de frío sobre el agua que nos devuelve el cielo y la belleza más absoluta explota concentrada en algo diminuto y efímero.
Me he sentido una niña extendiendo la mano y dejando que cayeran sobre ella más copos, ansiosa por aprehender todas las emociones que me provocaban.
Mirándome la mano, mientras se deshacían entre mis dedos, he descubierto que, a pesar de estar fríos, confortaban mi ánimo y me estimulaban.
Un pensamiento se ha cruzado con una sonrisa que ni siquiera he sido consciente de que llevaba colgada: me sentía feliz.
Y ha sido en ese momento, justo al pensarlo, cuando se ha desvanecido. He entrado en el confortable calor del portal sin ella, como si la realidad se hubiera trastocado y el frío y el calor hubieran intercambiado sus papeles.
¿Es la felicidad fugaz como un copo de nieve cuando cae sobre nosotros?
¿Llega como una sensación de perfección, luz y paz que lo arrasa todo y se desvanece en lo que dura un parpadeo?
No lo sé, solo sé que, al empezar a nevar, he sentido que me llenaba de ganas de seguir adelante y de luchar.
Quiero que mi vida se deshaga de los grises y se convierta en un camino blanco donde mis pies vayan dejando huellas nuevas.
Necesito que el mundo se torne blando y suave, como el agua cuando se transforma en pequeñas figuras geométricas y juntas forman la nieve.
Quizá la felicidad solo dure como los copos, un momento breve hasta volverse líquida, pero sé que merece la pena lo que deja en ti.
Me sentía así cuando ha empezado a nevar y cuando Ian se ha acercado a mí y me ha asaltado el deseo de besarlo.
Quizá ese anhelo no tarde mucho en derretirse, pero debo vivirlo.
Debo calmar este anhelo que llevo en alguna parte de mi interior.
Nunca he tenido ganas de besar a nadie con tanta intensidad y jamás me he sentido tan huérfana como cuando ha desaparecido la oportunidad.
Quizá el jueves regrese.
Hasta entonces, debo recordarme que solo se vive una vez.
Tu madre,
Elisabeth Davenport