Los cerezos de Central Capítulo 10 #8
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Capítulo 10 #8

Los apartamentos de Ian y Akina Nakamura eran simétricos en su disposición, como si entre los dos hubiera un gran espejo y fueran la cara invertida del otro.

Sin embargo, al atravesar ese cristal imaginario del pasillo, no podían parecerse menos.

Elis abeth había observado que la casa de Ian era oscura y los muebles no guardaban ninguna relación, pero en la de Akina cada elemento armonizaba con los demás.

Frente a los grises del primero, en el de la mujer predominaba un blanco luminoso.

Además, se abría hacia la calle y la luz que provenía de las ventanas alimentaba a una docena de plantas de hoja verde que llenaban de vida el espacio.

En un rincón, una camelia en maceta, con una única flor rosada y varios capullos a punto de abrirse, custodiaba un sillón de mimbre atestado de cojines blancos, donde esperaba un libro abierto por la mitad.

—¿Sabe hacer té? —le preguntó Ian, mientras recogía el que había derramado por la encimera de la cocina.

Elisabeth se volvió hacia él y le sonrió.

—Aunque le parezca extraño, sé, señor Brennan.

—Creía que le había dicho que me llamo Ian —señaló él, pero enseguida siguió hablando—. ¿Le gustaría prepararlo?

—¿Usted no sabe hacerlo?

—Por supuesto, no me queda más remedio, vivo solo. Me intriga todo de usted, señora Davenport.

—Creía haberle dicho que me llamo Elisabeth —respondió ella.

—Nunca estoy seguro de cómo debo tratarla. ¿Señora Davenport? ¿Elisabeth? Me desconcierta.

—¿Por qué?

—No lo sé.

Se volvió y la miró a los ojos. Sí lo sabía, pero no conocía los protocolos de la alta sociedad y estaba seguro de que cualquier paso que diera hacia ella le haría cometer deslices imperdonables.

Habían ido a la cocina a preparar la infusión, así que le tendió una de las cajas de aromáticos tés para que le indicase si le parecían adecuados.

Elisabeth cerró los ojos para que su olfato se concentrase en el perfume de la planta seca, y sin ser consciente apoyó su mano sobre la de Ian para acercar el tarro.

Fue un ligero roce, el tacto sutil de unos dedos que apenas se posaron en la mano del fotógrafo, pero él perdió el aliento.

Más, al observarla cerrar los ojos y aspirar el aroma de la planta con deleite.

El lento parpadeo cuando los abrió provocó que a Ian se le secase la garganta y se quedó con el bote suspendido bajo la nariz de ella, hasta mucho después de que Elisabeth rompiera el leve contacto, abriera los ojos del todo y los enfrentase a los suyos.

Tardaron en deshacer aquella mirada; Elisabeth había sentido lo mismo.

—¿Te gusta? —preguntó Ian, abandonando los formalismos, cuando logró articular una palabra. Todavía seguían casi pegados en la cocina.

—Mucho —susurró ella.

Elisabeth dejó de mirar el tarro del té y se centró en los labios del fotógrafo, avasallada por un deseo ingobernable de probarlos que no recordaba haber sentido en años por nadie. Los ojos de él también se concentraron en los suyos y el tono de su voz bajó y se tornó en uno más ronco.

—¿Me responderías algo si te lo pregunto, Elisabeth?

Paladeó el nombre con deleite, a falta de hacerlo con aquella boca que se moría por probar.

—Quizá —respondió ella.

—¿Cuánto tiempo piensas quedarte en Nueva York?

—Es posible que hasta primavera.

—Entonces… —dijo él, apartándose antes de que le fuera imposible contener el deseo de besarla—, tal vez te gustaría disfrutar de un anfitrión en esta ciudad. Alguien que la conozca un poco mejor que tu hermano.

—¿Me estás proponiendo algo?

—Puede.

Ian se volvió y simuló concentrarse en la preparación del té. Dejando de mirarla por unos instantes; quizá fuera más fácil aguantar el deseo de lanzarse a su boca y podría sugerirle lo que se le había ocurrido.

—Tengo unas entradas para el teatro. Por trabajo, pero tal vez te apetezca acompañarme.

El pulso de Elisabeth batió a un ritmo inusitado.

No tenía que pedirle permiso a nadie para acompañarlo, era una mujer libre de compromiso; sin embargo, el apretado corsé de la educación que había recibido empezó a oprimirle el pecho, más que si todavía vistiera la incómoda prenda.

Dentro de sí misma, la respuesta estaba clara, quería ir al teatro, necesitaba sonreír y sentirse viva.

La garganta se le anudó y la voz no encontró la manera de salir de su cuerpo, poniéndose de acuerdo con lo que deseaba.

—No es necesario que contestes ahora —la ayudó Ian—, puedes pensarlo.

—¿Cuándo sería?

—El próximo jueves.

—¿Aún no habéis preparado el té? —preguntó John, asomándose a la puerta de la cocina, seguido por la señora Nakamura.

—Baño caliente refresca cuerpo; té caliente, alma. Y ahora sirve para sellar pacto. Espero usted sea hombre de palabra, señor Lowell.

—Lo soy, señora Nakamura.

John sacó una billetera y le entregó un fajo de billetes a Akina.

—Esto es un adelanto para que las convenza —le dijo a la anciana.

—Entonces, ¿habéis llegado a un acuerdo? —preguntó Elisabeth.

—Sí. Mañana por la mañana, Victoria y tú traeréis los patrones y supervisaréis el trabajo. Espero que no os importe dedicar el día a que todo vaya bien.

—Por supuesto que no —dijo Elisabeth.

—Después, ya veremos cómo nos organizamos.

Ian se quedó esperando una respuesta de ella que no llegó.