Capítulo 10 #7
—¿Está segura de que quiere quedarse a solas con el señor Lowell? —preguntó Ian.
—Yo confiar en sus manos.
John se las miró, no había entendido del todo a la señora Nakamura, pero le agradeció con un asentimiento que no se opusiera a hablar con él. Elisabeth sonrió a la señora Nakamura y dejó a su hermano con ella en el apartamento de Ian, mientras seguía a este al que estaba justo enfrente.
Cuando entraron, un profundo aroma floral inundó los pulmones de Elisabeth, que cerró los ojos al sentirlo. Se le escapó una leve sonrisa que Ian notó.
—En casa de Akina siempre huele así.
—Estamos en invierno, ahora no hay flores.
—No son las flores, es el té. Venga conmigo.
No supo por qué lo hizo, Elisabeth Davenport no era una de sus habituales conquistas ni una chica corriente buscando un lío para divertirse.
La agarró de la mano para arrastrarla a la cocina y, cuando se dio cuenta de su atrevimiento, temió llevarse una reprimenda.
Ella no lo hizo; se dejó arrastrar sin perder la sonrisa.
A su pesar, al llegar a la cocina, la soltó y se puso a trastear con los tés de Akina.
Una suerte de latido nuevo, que desconocía que se pudiera sentir, colapsó todo su autocontrol, tanto que el pulso le falló y el contenido de una de las latas acabó esparcido por la encimera de la cocina.
Domingo, 11 de diciembre de 1921
Bahía de Fundy, Canadá
Phoenix Owen llegó a St. Georges, en la bahía de Fundy, a media tarde del domingo.
El pequeño pueblo canadiense del condado de Charlotte, en el que apenas vivían mil personas y que había prosperado gracias a la pesca y a las minas de granito, disponía de varios hoteles.
Lo primero que hizo fue buscar alojamiento en uno de ellos.
Estaba cansado del viaje y algo inquieto.
Hasta ese momento se había servido de intermediarios para recibir las entregas del alcohol para sus bares clandestinos; incluso desde hacía un par de meses, debido a la relajación de las autoridades, había encontrado la manera de que estas se hicieran en Nueva York sin pasar por Canadá.
Aquel envío era diferente. Incluía el encargo que le había hecho a Pribby para las selectas fiestas privadas que se celebraban en el May Tea de cuando en cuando y en las que Owen compraba los silencios necesarios para que la maquinaria que lo había hecho rico siguiera engrasada; políticos, policías, organizaciones, cualquiera que ostentase cierto poder y nulos escrúpulos tenía cabida en ellas.
Para Owen era importante ofrecerles algo mejor que el alcohol rebajado y de mala calidad que servían en el Ice.
Había invertido una fortuna en el whisky escocés que llegaría esos días y no podía permitirse que el cargamento tuviera algún percance por el camino.
Por ello, esperaba esa tarde a Charles Dickson, el capitán de un carguero con bandera del Reino Unido, que habitualmente llevaba la bodega cargada hasta los topes de alcohol de segunda, procedente de Nassau, en Bahamas.
Dickson era un tipo listo. Había sido testigo de cómo el puerto de la capital de Bahamas, situada en la isla de Nueva Providencia, había pasado de ser un desvencijado muelle antes de la Prohibición a uno de los más activos del mundo y cómo la economía de ese diminuto país había cambiado de deficitaria a tener superávit en solo unos meses.
No había tenido escrúpulos al subirse al barco de un negocio que llenaba los bolsillos en un abrir y cerrar de ojos.
Era lo mismo que habían hecho miles de pescadores a lo largo de toda la costa de Estados Unidos: habían colgado las redes y las intensas jornadas en el mar para dedicarse a descargar alcohol desde la ingente flota que empezaba a asediar el país en el límite de las aguas territoriales, a tres millas de la orilla.
La vigilancia de la Guardia Costera, por mucho que se esforzase, era a todas luces insuficiente y el alcohol fluía a sus anchas hacia la costa saltándose la ley Volstead cada día.
Ese iba a ser uno de los viajes más rentables de Dickson, pues, además de lo habitual, había recogido en Bahamas una mercancía por cuyo traslado iba a cobrar el doble.
El capitán del carguero se presentó a la cita con el empresario a media tarde, cerca de una de las calas en las que se producían los desembarcos.
Antes incluso de los saludos pertinentes, Phoenix Owen se aseguró de que era el hombre correcto y le pidió que se identificase.
Dickson le tendió un papel, gemelo al que le había llegado a él por carta hasta su casa de Nueva York.
Solo entonces, cuando el empresario estuvo seguro de que era su contacto, comenzaron a hablar.
—Su amigo hizo llegar el envío hasta Nassau.
Su aceite de primera calidad está preparado y, para que el otro aceite no llame la atención, he encargado que impriman unas etiquetas que pondremos esta misma noche en las cajas.
Para que no los confunda, el aceite de primera es español y el de segunda, francés —dijo el capitán.
—¿Cuándo cree que podrá estar todo listo?
—En la madrugada del martes lo traeremos a tierra, pero antes debe ponerse en contacto con esta persona —le pasó un papel con un nombre y una dirección—, se encarga de los dueños de los vehículos de seis cilindros en los que llevarán el cargamento hasta Nueva York.
Han quitado los asientos traseros y reforzado la suspensión para que la mercancía llegue en perfectas condiciones.
Su tarea es pagarles por adelantado, no mueven un dedo sin tener el dinero en las manos, del resto me ocupo yo.
Después, en la frontera, deberá hacerse cargo de otros asuntos, de firmar toda una serie de certificados falsos con la policía de aduanas en la que su aceite tendrá la documentación más limpia y más legal de la historia.
Siempre, claro está, que pague la tarifa.
—¿Cuánto?
—Cinco dólares por caja, no es mucho, la verdad.
Owen hizo un cálculo mental y claro que era mucho.
Porque, además, tenía que pagarle a él, más las cajas de licor de peor calidad para los locales como el Ice y para las que no había habido adelanto.
Tenía que pagar la aduana, a los policías norteamericanos que no tuvieran problema en dejarse sobornar y quizá un poco más a los que sí lo tuvieran, por aquello de convencerlos más rápidamente.
Era una cantidad considerable, pero los beneficios que estaba obteniendo por la venta de alcohol eran tan extraordinarios que solo pensar en la cifra millonaria de cada mes mareaba.
No le extrañaba que Adele se quisiera apuntar al carro de su negocio.
—El martes de madrugada desembarcaremos todo en Blacks Harbour. Está a unas nueve millas de aquí. Los porteadores ya están avisados.
—¿Cuántos serán?
—Diez, a quince dólares por cabeza.
—¿El jueves podría estar de vuelta en Nueva York?
Se encogió de hombros. Nunca se sabía qué podía pasar en el traslado.
Owen s e quedó pensativo un rato y después le dijo al capitán que le diera la cifra que tendría que pagarle a él y a los porteadores, dejaba en sus manos hacer cuentas con ellos.
Dickson se la dio y sellaron el pacto con un apretón de manos.
Phoenix sacó el dinero, lo contó delante del capitán, se lo dio y, con las instrucciones precisas de dónde deberían encontrarse la siguiente vez, se marchó al hotel.
Domingo, 11 de diciembre de 1921
Nueva York