Los cerezos de Central Capítulo 10 #6
68%

Capítulo 10 #6

—Sin rodeos. Hay una clínica en el Lower East Side que se ocupa de asistir a mujeres humildes que abortan.

No me miren así, las hay que lo hacen de todos modos y en condiciones pésimas.

Muchas incluso se provocan el aborto ellas mismas y algunas hasta acaban muriendo.

Por eso surgió esta clínica; para ayudarlas a que, ya que lo harán de todos modos, tengan ciertas garantías de no perder la vida.

Mi vecina colaboró con Margaret Sanger y desde que enviudó trabaja ahí.

Seguro que alguna sabrá coser y estará deseando trabajar.

Pero no sé si es el perfil que están buscando, son…

—¿Su vecina está relacionada con el Tammany Hall? —atajó John.

—Mi vecina se llama Akina Nakamura. Vino de Japón hace unos años y las mujeres a las que ella ayuda son asiáticas que apenas hablan inglés. Tranquilo, no tienen nada que ver con Tammany .

—¿Y usted?

Ian se apresuró a contestar.

—Mis padres fueron inmigrantes irlandeses, lo extraño sería que no hubiera oído hablar nunca de Tammany Hall, pero no tengo nada que ver con ellos.

John captó, por la tensión que se adueñó de Ian Brennan, reflejada en una cierta ironía en el tono, que no le agradaba la organización, aunque se había cuidado mucho de mencionarlo directamente.

—¿Podría ponernos en contacto con su vecina? —preguntó John, después de mirar el reloj. El tiempo corría y sabía que cada minuto transcurrido suponía dinero perdido. Se tenía que arriesgar.

—Por supuesto, pero es una persona mayor y no lo ha pasado bien desde que vino aquí, los asiáticos no están bien vistos. Le cuesta confiar en extraños.

—También le pagaré a ella —afirmó John.

—No lo entiende, no es cuestión de dinero. Ni siquiera de tiempo, es desconfiada.

—Hablaré con ella y la acompañaré para convencer a esas mujeres si es necesario.

—Creo que sería mejor que esté presente una mujer, señor Lowell. Akina no se siente muy cómoda hablando con hombres. Yo debo de ser una excepción.

—Puedo ir yo, si os parece bien —dijo Elisabeth.

Todos se la quedaron mirando. Ian se encogió de hombros y le sonrió.

—De acuerdo, yo iré también. ¿Salimos ya? —intervino John.

No estaba dispuesto a dejar que Elisabeth se marchase a solas con un hombre, aunque entendía que quizá fuera más fácil que la presencia de Elisabeth rompiera la desconfianza de la señora Nakamura.

Y no tenían tiempo que perder.

Domingo, 11 de diciembre de 1921

Nueva York

Media hora después, Elisabeth, John y el fotógrafo, subidos en un coche de alquiler, enfilaron la Segunda Avenida en dirección sur.

Pocos minutos más tarde se detuvieron frente al edificio de Ian, que se ubicaba en una calle muy cerca de los límites del Lower East Side, al otro lado de la frontera invisible que en Manhattan establecía la calle 14.

Los dos hermanos siguieron al joven por unas estrechas escaleras que conducían hasta el segundo piso.

Una vez en su puerta, Ian la abrió y se dirigió a ellos:

—Espérenme dentro de mi apartamento. Primero hablaré yo con la señora Nakamura.

John cedió el paso a su hermana para que entrase primero en el apartamento y una vez dentro avanzaron por el oscuro pasillo.

Tras rebasar una discreta cocina y un dormitorio, recalaron en la austera salita.

Del alto techo pendía una lámpara sobre la mesa.

En esta, una Underwood, papeles dispersos, algún periódico atrasado y la cámara de Ian se disputaban el espacio con un plato y una taza olvidados.

Tras echar un vistazo alrededor, John localizó el interruptor de la luz y la encendió.

La suave luminosidad de la bombilla incorporó colores en la paleta de grises de la salita de Ian y descubrió que, entre las sombras, se escondían también un sillón, una silla de respaldo listado y una mesita auxiliar apoyada en la pared, cada una de un estilo diferente.

En esta, fotografías con la ciudad como telón de fondo y primeros planos de personas entre los que destacaba un niño pequeño.

—¿En qué estás pensando? —preguntó John, al observar el escrutinio indisimulado de Elisabeth hacia la casa de Brennan.

—En lo distinta que es la vida aquí. Esta casa, entera, apenas es la mitad de grande que la biblioteca de Almond Hill. Es mucho más pequeña que la casa de Chignall, que a mí me parecía diminuta, y sin embargo…

—¿Qué?

—Tiene todo lo que se necesita para vivir.

—Te educaron en una vida llena de banalidades, Elisabeth. Me alegro de que te des cuenta de que hace falta mucho menos.

—Tú vendes objetos superfluos, John —señaló ella, aunque en su tono no había reproche ni ironía, sino una ligera meditación.

—Porque sé que hay muchas personas que tienen tanto dinero que no son capaces de hacer la reflexión que has hecho tú aho ra mismo y me aprovecho de su poco juicio. Los negocios son así.

Ella suspiró. La caída de ese mundo en el que había crecido, el que la guerra y la pandemia pusieron en jaque, la había arrastrado y lo sabía.

Todos los valores en los que la educaron, sus referencias del mundo, en muy poco tiempo se fueron desplomando uno a uno sin que le diera tiempo a interiorizar cada cambio.

Cuando lograba asumir uno, tenía otro frente a ella que suponía un reto para el que cada día almacenaba menos energía.

Se sentía como el conejo de Alicia, llegando siempre tarde a todas partes, solo que ella no tenía un destino desde hacía tiempo.

Se había ido olvidando de soñar, de que la vida podía ser aventura y descubrimiento.

Hasta ese viaje.

No solo le estaba mostrando los cambios feroces del mundo, le estaba sirviendo para entender al fin que no existía sino caminar hacia delante, situarse en el carril de lo que conducía al futuro, porque, anclándose en el pasado, por mucho empeño que pusiera, por más que lo mirara y lo mimara, no había un camino posible, salvo marchitarse en Chignall al calor de la chimenea.

Elisabeth acarició con la yema de un dedo el perfil de la f en la Underwood, sin atreverse a pulsarla.

F de futuro, el primer paso para escuchar una música menos triste dentro de sí.

Evocó otras teclas, diferentes en forma y función, pero que necesitaban del empuje de los dedos para crear música, y recordó la que la había acompañado siempre.

—¿Puede considerarse superfluo un piano, John?

—Si está solo para adornar una estancia, sí. Si lo quieres para tocarlo cada día, entonces, no lo es.

—Hace mucho que he olvidado las lecciones de Catherine.

—Puedo conseguirte uno.

—Pero es justo el tipo de objeto sin el que se puede vivir. No es necesario.

—No para alguien que lo toca como tú.

—¿Cómo sabes si lo hago bien? —preguntó ella, con genuina curiosidad.

—Me lo contó la misma fuente que me dijo que Mary no es capaz ni de trazar una escala sin desesperarse o desesperar al auditorio.

A ella se le escapó una carcajada sincera, una risa cantarina que la sorprendió por lo inusual que resultaba escucharse a sí misma emitiendo un sonido de felicidad. Era cierto, a su hermana se le daba fatal tocar el piano, su talento era otro.

—Un piano es como esta cámara para el señor Brennan y me atrevo a decir que como esta máquina de escribir —siguió John—.

Para él son medios con los que capturar fragmentos del mundo, imágenes o pedazos de historias.

Tú capturas emociones con el piano; las tuyas, a través de las teclas, se convierten en notas y provocan otras emociones en quienes las escuchan.

—Nunca me has escuchado tocar el piano.

—Sí lo he hecho —sonrió él.

—Me acabas de decir que te contó Mary que lo hago bien.

—Es verdad, me lo contó, pero también es cierto lo que te digo: lo hice la primera vez que nos vimos en aquella fiesta en la que no quisiste bailar conmigo.

Ella se puso las manos en el rostro, como si con eso pudiera esconder la vergüenza que en ese momento le producía el recuerdo.

—¡Qué niña más estúpida fui! No sabes la cantidad de veces que pienso que no me merezco tu hospitalidad.

—No merece la pena recordarlo, Elisabeth, ya pasó. —John giró el rostro por la habitación y cambió de tema, no quería entrar en terrenos que habían dejado atrás hacía años—. Este apartamento no está nada mal. Cuando yo llegué a Boston, tenía incluso menos.

—¿Por qué te marchaste de Londres? Hubieras triunfado igual que aquí.

—No estoy seguro. Creo que quise poner distancia con todo cuando descubrí quién era.

No pudieron seguir hablando, pues Ian entró, acompañado de los pasos suaves de su vecina. Era una mujer morena y menuda, de unos sesenta años.

—Ella es Akina Nakamura, mi vecina. Le presento a John Lowell y a su hermana, la señora Elisabeth Davenport —dijo Ian.

Akina inclinó la cabeza, ellos la imitaron y enseguida habló.

—Ian dice que ustedes buscar costureras.

—Sí, nosotros… —empezó Elisabeth.

—Él contarme problema —atajó Akina, haciendo un gesto con las manos para que dejase que ella siguiera hablando—.

Yo encontrar mujeres, pero ellas ser como yo.

—Se señaló los ojos, rasgados y exóticos, signo inequívoco de su origen asiático—.

La lluvia es solo problema para los que no querer mojarse. Si no importa lluvia, yo ayuda.

—A mí no me preocupa cómo sean sus ojos —dijo John—, salvo que no vean y no hagan bien el trabajo.

—Usted sabe que no bien visto mujeres como yo, ¿verdad?

—Sé mucho de no estar bien visto, señora Nakamura. Y nunca me ha importado en absoluto.

—El mar ser grande porque no menosprecia riachuelos. Ser hombre grande como el mar si cumple palabra, señor Lowell.

—Se lo aseguro.

—¿Cuánto dinero para ellas? —preguntó Akina.

—Tendría que valorar el trabajo que hacen —contestó este.

Ella negó con la cabeza de manera vehemente.

—Leña prometida no calienta casa. Usted decir cantidad o yo no hablar con mujeres. No, no y no. Todo hablado, si no, no trato. Ian, ¿tú poder preparar té? Hablar de negocios seca garganta.

—No tengo té en casa —dijo este.

—Ir a mi casa con ella; joven y yo hablar de dinero mientras.