Capítulo 10 #5
Connor le contó todo lo que habían averiguado entre él y su cuñado, incluida la extraña reunión de Fisher con Wilson, el encargado del Ice.
Kane se quedó mirando a ese joven policía con preocupación.
Debía de estar loco para contarle todo aquello sin asegurarse de qué lado estaba él y sostenerle la mirada con esa decisión.
El sargento se mordió los labios. Nada más llegar a esa comisaría descubrió que estaba podrida, que había agentes cobrando cinco dólares al día a los bares clandestinos a cambio de hacer la vista gorda y otros que miraban para otro lado para no involucrarse con lo que estaba ocurriendo.
Lo que no había encontrado en el tiempo que llevaba era a ninguno en el que pudiera confiar.
No sabía en qué lado estaba Connor y si había entrado en su despacho a ponerlo a prueba o realmente era un tipo honesto.
Se levantó para pedirle que se marchase, bastante tenía con la visita del concejal esa noche, pero aquel hombre joven y temerario se levantó a la vez que él y no le dejó hablar.
—Señor, tiene que hacer algo. Reeds era un buen tipo, su madre merece saber qué pasó con él. Y esta ciudad se merece gente que la cuide y no que sigan dejando que se pudra.
—¿Cree que yo puedo cambiar algo? Solo soy un sargento de policía.
—Una sola persona a veces marca la diferencia, pero, en cualquier caso, entre muchas se pueden abordar cambios. Quiero un mundo mejor para mi hijo.
—¿Tiene un hijo?
—Sí, un bebé, y quiero que crezca en una ciudad segura. Que no tenga que marcharse de ella si no lo desea.
Kane volvió a sentarse en la silla. A él también le gustaría dejarles un mundo mejor a sus hijos.
—Nos la jugaremos los dos si me pone al corriente de lo que sabe —le advirtió Kane, dándole una oportunidad para que se retractase.
—Es mi obligación. Juré defender la Constitución, proteger a los ciudadanos y actuar con honestidad.
El joven agente se había ido enderezando en la silla a medida que resumía los compromisos de su juramento al entrar en el Cuerpo de Policía de Nueva York. Kane volvió a suspirar, apoyó la espalda en su sillón y solo pronunció dos palabras:
—Lo escucho.
Connor le desgranó lo que sabía, la muerte de Reeds, la de Molly, la sospecha de que no solo se servía alcohol ilegal, sino que aquel lugar tenía prostitución y que las autoridades tenían conocimiento de ello.
—El suicidio de Carver…
—Lo he pensado, es posible que lo pusieran en una situación insostenible y no pudiera más, lo estoy viviendo —confesó Kane.
—¿Va a hacer algo?
La pregunta de Connor hizo que Thomas Kane tragase saliva antes de hablar.
—Oponerme a esta gente no me está sirviendo de nada, Fisher me acaba de amenazar.
—¿Qué tal si les siguiera la corriente? —sugirió el agente—. Puede hacerle creer que acepta su propuesta y usar esa información para preparar una redada. De esa manera, no sospechará nada hasta que sea demasiado tarde.
—No es mala idea, Boyle. Solo tiene varias pegas, tenemos que averiguar en qué agentes podemos confiar y qué políticos no están metidos hasta los ojos en negocios del alcohol ilegales. No podemos permitirnos errores.
—Henderson puede servir de ayuda para lo de los agentes.
—¿Sabe todo esto?
—No, pero no le gusta lo que está pasando en esta comisaría y desde su puesto ha observado. Creo que lo que sí sabe es de qué pie cojea cada uno. Sobre los políticos…
—Habrá que buscar más arriba de un concejal, aunque no sé a quién. Hay directores generales de la Prohibición saltándosela.
—Busque a una mujer, ellas han sido las más beligerantes para conseguir que se firmase la Decimoctava Enmienda.
Kane se recostó en el respaldo de la silla. Tal vez aquel joven policía llevase razón, necesitaba una mujer con poder que lo ayudase. Un nombre le vino a la cabeza de inmediato.
—Hablaré con Henderson y con alguien más. Fisher ha intentado sobornarme para que cubra una entrega ilegal de alcohol el jueves por la tarde y, de momento, me he opuesto. Se caza mejor si se conocen los movimientos de la presa, volveré a hablar con él. Apuesto a que será en el Ice.
Connor inspiró una cantidad de aire extra. No estaba seguro de si había hecho lo correcto o se acababa de meter en la boca del lobo.
Domingo, 11 de diciembre de 1921
Nueva York
Unos minutos antes de las once, Ian Brennan se presentó en el edificio de John Lowell.
El portero lo recibió de un modo tan servicial y exquisito que se le pasó por la cabeza que lo debía de estar confundiendo con alguien.
Solo había cambiado su vieja gorra por un sombrero, el abrigo rozado por el uso po r uno nuevo y su traje desfasado por otro de corte actual, todo comprado con el dinero fresco obtenido de las fotografías.
Por el trato que le dispensaba aquel hombre, parecía que, en lugar de cambiar de vestuario, su cuenta bancaria se hubiera incrementado en varias cifras a la derecha.
Mientras avanzaban hacia el ascensor, se miró con disimulo en uno de los espejos encastrados en la pared del portal.
Sacudió imperceptiblemente la cabeza cuando se le escapó una mueca irónica al ver su pelo alborotado.
Podría llevar ropas de rico, pero ni revestido con paños de oro pasaría por alguien con clase.
En la duodécima planta, el portero se despidió de él con un «buenas tardes» y una leve inclinación de cabeza que le hizo contener la sonrisa hasta que el hombre desapareció en el ascensor de nuevo.
Esta se le borró en cuanto se enfrentó a llamar a la puerta.
¿Cómo se suponía que debía esperar a que le abrieran?
¿Tieso como un palo? ¿Con actitud indiferente?
¿En guardia por si aquella cita era una encerrona?
Se decidió a esperar con el sombrero en una mano y la otra en el bolsillo del abrigo recién estrenado, tratando de mostrar una despreocupación que en absoluto sentía. Enseguida le abrió una mujer de mediana edad que ni le dio tiempo a presentarse:
—Acompáñeme hasta la salita, señor Brennan, por favor.
«Señor Brennan». No lo llamaban así nunca, a Beatrice le daría la risa si lo estuviera viendo por un agujerito.
El hombre maduro, con pinta de mayordomo, que apareció tras la mujer le pidió el sombrero y el abrigo.
Se los entregó y se dispuso a seguir a la mujer por el largo pasillo.
Al llegar a una puerta, ella le hizo un gesto para que se detuviera mientras lo anunciaba.
—Ya está aquí el señor Brennan.
—Hágalo pasar, por favor —contestó una voz masculina.
La mujer se retiró para franquearle el paso a la salita donde lo esperaban John y Victoria. Ian estrechó la mano del dueño de los almacenes y después hizo lo mismo con ella.
—Buenas tardes. Siéntese, por favor —le dijo Victoria.
Ian obedeció, conteniendo la leve desilusión que le produjo la ausencia de Elisabeth. Al haberle enviado ella la nota, había albergado la esperanza de encontrarla allí.
—Quizá se pregunte por qué lo hemos citado en mi casa un domingo por la mañana.
—Me intriga, sí.
—Verá, nosotros apenas conocemos a gente en Nueva York y se nos ha presentado un pequeño problema en los almacenes que…
Unos golpecitos en la puerta abierta llamaron la atención de los tres adultos que ocupaban la estancia, que se volvieron a la vez.
—Perdón por la interrupción —dijo Elisabeth, entrando en la habitación—, me ha costado mucho convencer a Catherine de que no podía acompañarme. En cuanto se ha enterado de que usted vendría, se ha emocionado. Encantada de volver a saludarlo, señor Brennan.
Ian no supo cuándo se había puesto en pie ni cómo fue capaz de estrechar la mano a Elisabeth sin que se advirtiese que temblaba.
Sus ojos se quedaron fijos en los de ella y, en los breves instantes que tardó en soltarle la mano, notó que no era el único al que le afectaba la presencia del otro.
Percibió en ella un ligero estremecimiento y un leve rubor le cubrió las mejillas mientras le sonreía.
Tras el saludo, Elisabeth ocupó uno de los sillones vacíos, el que quedaba más cerca de donde se había sentado Ian.
—No voy a dar rodeos, señor Brennan, hemos pensado en usted para que nos ayude a localizar algo que necesitamos —empezó John.
—Usted dirá…
—Necesito modistas que cosan para mis almacenes.
—¿Modistas?
—Sí, costureras, mujeres que puedan empezar a trabajar mañana mismo. Por la mañana, si es posible.
—¿Y qué le ha hecho pensar que yo puedo ayudarlos con eso? Trabajo en un periódico, no en un taller de costura —alegó Ian, desconcertado.
—Verá, es muy urgente y estamos en domingo. Apenas tengo tiempo que perder. En menos de dos semanas estaremos en Navidad y hay un montón de pedidos que atender.
—Quizá pueda orientarnos para poner un anuncio hoy mismo —aventuró Victoria.
—Puedo preguntar si es posible, claro.
—No es eso lo que quiero, lo habría hecho ya —negó John, que ni siquiera contemplaba aquella posibilidad—. Lo último que necesito es dar la impresión de que estoy improvisando.
—¿Entonces?
—¿Conoce a alguien que sepa coser y necesite un empleo?
Ian se quedó en silencio un momento. Pensó en su hermana, pero la corta edad de Luke y la ausencia de una familia próxima que lo cuidara mientras ella trabajaba la incapacitaba, por muy bien que pudiera venirles en casa dinero extra.
Pensó en que tenía en sus manos mejorar la vida de alguien y entonces una idea se abrió paso en su mente, transformándose en una sonrisa.
—Conozco a una mujer que quizá pueda servirles de intermediaria.
—¿Intermediaria? —preguntó John.
Ian captó la desconfianza de Lowell cuando un gesto de preocupación invadió su rostro. Por eso, se apresuró a hablar.