Capítulo 10 #4
Pero ese domingo, Connor no solo lidiaba con el miedo que se había agarrado en las entrañas de Beatrice.
Llevaba todo el turno silencioso recordando sus años en el Cuerpo de Policía de Nueva York, desde que ingresó a finales del 15.
El bueno de Reeds le había servido de apoyo cuando llegó a aquella comisaría y le ardía la conciencia callando lo que sabía de su muerte.
El hombre le había enseñado cuando era un novato a enfrentarse con los complicados asuntos que se presentaban cada día en el departamento de la difícil zona sur de Manhattan.
Todo lo que Connor rememoró de los últimos años le hizo ver algo que le había pasado desapercibido: la tensión lógica de una comisaría enclavada en un lugar tan conflictivo se había atenuado de manera significativa más o menos desde la primavera de 1920, cuando el sargento al frente había sido tiroteado en la calle.
Era cierto que la presión que habían ejercido las bandas en Nueva York se había ido relajando desde la Primera Guerra Mundial, pero seguían actuando y no era raro perder algún agente, por lo que a nadie le extrañó demasiado que muriera en acto de servicio.
Sin embargo, lo chocante era que la comisaría se volvió inusualmente tranquila a la llegada del nuevo sargento, Paul Carver.
Las bandas desaparecieron de la zona y las redadas para detener a quienes violaban la Prohibición se limitaron entonces a simples registros en comercios en los que rara vez se incautaban más que unas pocas botellas.
Poco a poco se fueron espaciando hasta desvanecerse.
Aquello no tenía lógica; siempre había noticias en los periódicos de redadas en bares clandestinos en otras zonas de Manhattan y hasta el más despistado del barrio podría cartografiar dónde se situaban los de Lower East Side.
¿Por qué entonces nunca se intervenía en ellos?
¿Nadie denunciaba? En sus incursiones en el Ice, Ian había constatado que había gente importante sosteniendo aquel oscuro negocio y ahora se daba cuenta de que eso solo podía funcionar con tanta tranquilidad con la colaboración activa de la policía.
Cuando su compañero y él aparcaron a la puerta de la comisaría al final del turno, esos pensamientos lo habían sumido en un ánimo taciturno.
Decidió fumarse un cigarro antes de cambiarse y regresar a casa.
Al apostarse en una de las columnas de la entrada y encender el cigarro, vio aparcar un coche enorme, del que se bajó un hombre trajeado.
No le costó reconocerlo: era Dalton Fisher, el concejal que Ian había visto en el Ice.
Cuando el hombre atravesó la puerta de la comisaría, Connor tiró el cigarro y lo siguió con disimulo hasta el despacho del nuevo sargento, Thomas Kane.
En ese instante recordó que no era la primera vez que lo veía allí.
Fisher había hecho la misma ruta en otras ocasiones para visitar a Carver, y esos dos nombres, junto con Reeds, llevaban sus pensamientos al Ice.
Tenía que enterarse de qué tenía que ver el bar con el concejal, pero no podía seguir allí sin llamar la atención del agente que ocupaba la mesa más cercana a la puerta del sargento.
Compuso una sonrisa a la vez que se le ocurría una idea.
—Henderson —le dijo al hombre—, ¿sabes si Kane va a tardar mucho en estar libre? Necesito pedirle que me cambie un turno.
Henderson, un tipo regordete y con bigote, que se ocupaba de tareas administrativas, dejó de lado los papeles y se quedó mirando a Connor.
—Yo que tú se lo pediría en cualquier otro momento.
—¿Por qué?
—Porque está reunido.
—¿Una reunión en domingo?
—Y al terminar, acabará muy cabreado —le aseguró Henderson.
—¿Cómo lo sabes? ¿Ahora eres adivino?
—No, llevo mucho tiempo con el culo en esta silla, observando.
Connor se agachó y se aproximó a Henderson. Murmuró casi en su oído para que nadie los pudiera escuchar, aunque había muy poca gente en la comisaría y parecían ocupados en sus asuntos.
—¿Qué está pasando, Henderson?
—Cosas, Boyle, no preguntes —contestó este, apartándolo para seguir con su tarea, incómodo por la proximidad de su compañero.
—Joder, ¿a qué te refieres?
Henderson se recostó contra el respaldo de su silla, pensándose si contestar.
—¿De qué estás hablando? —insistió Connor.
—Te apuesto lo que quieras —dijo Henderson, bajando la voz él también— a que habrá que presentarse en cualquier acto un día de esta semana, algo que no estaba previsto y que de pronto necesita mucha policía. Y ese tipo que acaba de entrar en el despacho de Kane estará por medio.
—Eso es algo normal, es un concejal de Nueva York, ¿no? Necesitará protección —dijo Connor.
—No lo es si cuando llegas allí te das cuenta de que es una simple comida, no era necesario ni un solo agente y se ha movilizado a media comisaría —contestó Henderson, casi al oído de Boyle.
—¿No era así con Carver? —preguntó Connor, tirando unos dados imaginarios y esperando a ver qué puntuación salía en ellos tras la respuesta de Henderson.
—Sí, Carver tenía la costumbre de prestarse a sus deseos, pero Kane no es Carver y no traga con facilidad según qué cosas. Por eso sé que va a terminar cabreado.
—¿De qué cojones estás hablando? Deja de hablar de «cosas» y concreta.
—Esta ciudad está podrida, Boyle. Si te bañas en su mierda, no hay agua ni jabón capaz de quitártela de encima y, si intentas limpiarte, no lo contarás. Siempre es así.
En esos momentos, ambos observaron cómo Fisher salió del despacho de Kane dando un portazo.
—¿Lo ves? Ya empieza el baile…
—¿Qué sabes, Henderson? —preguntó Connor.
—Poco. Que Reeds hizo preguntas, como estás haciendo tú, y un día no volvió, así que más te vale que valores si te tiras de cabeza al fango o prefieres hacer como muchos aquí y mirar para otro lado. No eres un novato, Boyle, deberías haberte dado cuenta ya de lo que pasa.
Pero no había sido así, Connor había tardado en atar cabos.
A veces no vemos lo que nos rodea como es, sino como queremos que sea, y él creía en la justicia, en un mundo de buenos y malos sin tonos grises que lo ensuciaran.
Quizá esa era la razón por la que no había logrado ascender, necesitaba estar más atento a lo que le rodeaba.
—Bueno, yo necesito ese día libre, así que…
Antes de que le diera tiempo a terminar la frase, Kane salió del despacho hecho una furia, rezongando palabras que llegaron claras a los oídos de Henderson y Boyle.
—Maldito hijo de puta, creerá que todos somos iguales.
El sargento se dirigió al baño del final del pasillo y al poco volvió a su despacho, con la misma cara de enfado con la que había salido minutos antes. Estaba tan rabioso que ni siquiera reparó en cómo lo observaban los dos agentes.
—Voy a hablar con él —le dijo Connor a Henderson.
Quizá lo que le había dicho su compañero, que Kane no tragaba con determinadas circunstancias, lo situara en ese bando de justicia donde él militaba. Boyle abrió la puerta del despacho del sargento sin llamar.
Henderson negó con la cabeza y no lo detuvo; él ya le había advertido.
—¡Qué quiere! —bramó furibundo el sargento, cuando levantó la cabeza y vio a Connor.
Este no se arredró.
—Señor, ¿me concede unos minutos?
Kane lo miró, suspiró y le señaló con la cabeza la silla que tenía delante de él. El joven patrullero cerró la puerta tras de sí y cumplió la orden silenciosa.
—¡Hable de una vez!
—He visto salir al concejal Fisher de su despacho, parecía bastante irritado.
—Eso no es asunto suyo, Boyle.
Connor se removió inquieto en la silla. Era verdad, no era asunto suyo, Beatrice lo mataría si se enterase de lo que estaba haciendo, pero tenía que intentarlo.
—No es la primera vez que viene a la comisaría. Cuando el sargento Carver ocupaba esa silla lo veía a menudo, aunque nunca lo vi salir tan furioso como hoy.
—¿A qué ha entrado, Boyle? ¡No estoy de humor! —bramó Kane.
—Yo… quería…
—¡Arranque, por Dios! —gritó el sargento, perdiendo la escasa paciencia que le quedaba para el resto del turno.
—Señor, tengo que contarle que sé lo que pasó con el agente Reeds.
Lo soltó de carrerilla y la mirada de Kane se ensombreció al escucharlo; este se enderezó en su silla. Llevaban meses buscando al policía, al que parecía que se había tragado la tierra. Eso sí quería escucharlo.
—¿Qué sabe y desde cuándo?
—Sé que está muerto y lo sé desde hace meses —contestó Connor, a quien los nervios lo empujaban a batir una de sus piernas en un molesto tic que Kane cortó con una mirada severa.
—¿Y qué tiene que ver Fisher con Reeds para que haya entrado a decirme esto justo cuando él ha salido? —preguntó el sargento—. ¿¡A dónde quiere llegar, Connor, maldita sea!? Me está poniendo nervioso con sus titubeos.
Connor tomó aliento. Se la había jugado haciendo esa confesión y ya no podía dar marcha atrás.
—Señor, a Reeds lo mataron en septiembre en la puerta del Ice, un bar clandestino que está muy cerca de aquí, y después lo tiraron al Hudson. Lo sé porque un testigo me lo contó. Llevo tiempo enterándome de algunos asuntos turbios relacionados con ese local y ese concejal…
—¿Qué es lo que sabe de Fisher? —preguntó el sargento, apoyando los antebrazos en la mesa e inclinándose hacia el agente.
Connor casi no podía respirar, la dureza con la que Kane lo miraba estaba consiguiendo que se arrepintiera de haber entrado en el despacho y haber abierto la boca. Se secó las manos sudorosas en el pantalón.
—Sé que ese concejal, Fisher, es asiduo del Ice, igual que lo eran Reeds y Carver.
—Mucha gente entra en esos bares, eso no indica nada.
—Ya, pero esos dos agentes acabaron muertos y no son los únicos.