Los cerezos de Central Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Todo el sur de Manhattan representaba su infancia, eran las calles en las que había crecido, por eso no necesitaba que nadie le avisase del peligro que encerraban; lo llevaba marcado a fuego en una pierna y se lo señalaba una ligera cojera que se acentuaba en los cambios de estación, cuando su cicatriz le recordaba que una vez había estado en el lugar equivocado.

El Lower East Side había surgido después del drenaje de un estanque, de un pantano fétido e infecto, y algo de ese olor a podredumbre jamás se había despegado de sus calles.

En aquella lejana época de su fundación, solo se atrevieron a ocuparlo los cientos de inmigrantes llegados a mediados del XIX tras una hambruna en Irlanda.

Algunos de esos hombres encontraron trabajo; otros, sin nada en lo que ocupar sus días, empezaron a reunirse en tabernas ilegales, en el cruce que formaban las calles Orange, Cross y Anthony, en lo que se conoció como Five Points.

Allí nacieron las primeras bandas de Nueva York.

El barrio se llenó de otro olor distinto, el del miedo de unos y la ausencia de él de otros, que golpeaban, robaban y mataban si con ello lograban un beneficio.

Las autoridades no se esforzaron en erradicar las bandas; al contrario, los políticos encontraron en ellas una manera de materializar sus intereses sin mancharse las manos.

Cada vez que las necesitaban, utilizaban a sus líderes para agitar las calles o alterar elecciones con el destrozo de las urnas o la multiplicación de los votos.

Ian también sabía que se deshacían de quien resultaba incómodo con la misma despreocupación de alguien que saca la basura. Con la ausencia de remordimientos de quien se quita una molesta china del zapato.

Aquella situación llegó a su punto álgido en el verano de 1863.

El reclutamiento para la guerra contra el Sur en Nueva York provocó la ira del pueblo, que la enfocó en los negros, los ricos y la policía.

El caos que vivió Manhattan en julio incluyó la intervención del ejército, que regresó de la guerra y se enfrentó a las bandas incluso a cañonazos.

Tras cuatro días de disturbios, el balance fueron ocho mil heridos, más de dos mil muertos y una zona de la ciudad irreconocible.

El fotógrafo se lavó la cara y se volvió a mirar en el espejo.

Nueva York había hecho lo mismo que él, había lavado su imagen a finales del XIX , demoliendo las paupérrimas casas que aún se mantenían en pie después de aquella batalla campal en plena ciudad, reconduciendo el plano, intentando que Five Points desapareciera hasta de los recuerdos de los neoyorquinos.

Pero la semilla quedó ahí, latente, como una enfermedad bajo la tierra, y revivía en oleadas en nuevas bandas que nacían amparadas en un ambiente de marginación que se resistía a abandonar ese rincón de la isla.

El tiroteo en Rivington Street, el de la calle 42 o el que el año anterior había acabado con Monk Eastman, el líder de una de las bandas, demostraban que no había desaparecido este submundo.

Se escondía en cualquier callejón, tras la imagen de una ciudad cosmopolita y vital a la que la Primera Guerra Mundial había transformado en la capital del mundo.

El alcohol, oculto desde la Prohibición, pero tan presente como siempre, fue el combustible perfecto para avivar un fuego jamás extinto.

Ian se obligó a detener aquellos pensamientos, terminó de arreglarse y salió de casa para dirigirse al periódico.

Quería saber si tenían algún trabajo de última hora para él.

Si algo había aprendido era que las oportunidades no descansaban con una frecuencia sistemática de siete días y prefería asegurarse de que no se le escapaba ninguna.

Era cierto que con lo que había conseguido por las fotos de los almacenes Lowell había podido incluso comprarse un buen traje, el que estrenaba ese mismo día, pero el dinero no le duraría eternamente.

Pasadas las diez y media de la mañana, llegó al edificio que ocupaba la redacción de The New York Times . Nada más poner un pie en el amplio hall , lo detuvo la voz del recepcionista.

—Brennan, tengo algo para ti —le dijo, alargándole un sobre cerrado que tan solo contenía su nombre escrito con una pulcra caligrafía.

—¿Qué es esto? —preguntó Ian, mientras lo cogía.

—Ni idea, lo trajo un mensajero a primera hora de la mañana.

—Gracias.

Se encogió de hombros y se disponía a abrir el sobre cuando, frente al ascensor, se encontró con Smith. Lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta y subió charlando con él hasta la redacción. Allí, enseguida averiguó que ese día no había habido suerte, no había trabajo para él.

—Disfruta del domingo, Brennan —le dijo Smith—. A mí me toca quedarme aquí al menos hasta la hora de comer.

Antes de marcharse, Ian aprovechó para echar un rápido vistazo al periódico del día.

En él, seguían ocupando páginas las noticias sobre la Conferencia de Washington, en la que se intentaba que ninguna potencia se rearmara para evitar otra guerra como la que se acababa de vivir en el mundo.

En otro, se recogía la noticia de que un tal Paul Godley había sido capaz de recibir una señal de onda corta a través del Atlántico desde Gales.

De ser cierto aquello, pensó, el mundo de las comunicaciones estaba a punto de dar un salto brutal.

La última noticia que leyó le provocó una media sonrisa, más parecida a una mueca irónica: el presidente Harding predecía que los Estados Unidos serían una nación seca en solo una década.

—Antes veremos volar vacas —murmuró para sí mismo.

—¿Decías algo? —le preguntó su compañero.

—No, nada, hablaba solo. Ya me voy.

—Espera, antes de que se me olvide. La semana que viene te vas a encargar tú de la crónica del espectáculo en el teatro Lund-Fontaine, Miller está con gripe.

—¿Yo?

—No va a ser complicado. La revista se estrenó el 1 de noviembre, pero hay un cambio de actores porque también ellos están con gripe.

No tienes más que contar eso. ¿No me digas que no vas a ser capaz?

¡Es más fácil que hacer fotografías! Enviarán dos entradas; si quieres, puedes buscarte a alguien que te acompañe.

Cuando Ian salió del edificio de The New York Times , buscó una cafetería en la que sentarse y procesar la noticia que le acababa de dar su compañero.

Una reseña teatral no era un fantástico principio, solo un peldaño para alcanzar su sueño: escribir para el periódico.

Con la emoción que le produjo saberlo, casi se había olvidado del sobre que reposaba en su bolsillo.

Lo sacó y ni siquiera se molestó en abrirlo con cuidado.

Estimado señor Brennan:

¿Tendría un momento para visitar a mi familia? Si es así, lo esperamos en el apartamento de mi hermano, ya conoce la dirección, a partir de las once de la mañana.

Reciba un cordial saludo,

Elisabeth Davenport.

Releyó la nota en varias ocasiones intentando convencerse de que no estaba soñando.

Las letras trazadas con esmero seguían ahí, sobre el elegante papel perfumado, sin moverse un milímetro.

Elisabeth Davenport le había escrito para citarlo en el apartamento de su hermano.

No tenía ni idea de por qué lo había hecho, pero no iba a desaprovechar la ocasión de verla una vez más.

Miró el reloj que colgaba de la pared de la cafetería y la espera hasta las once se le antojó eterna.

Domingo, 11 de diciembre de 1921

Nueva York

Phoenix Owen recogió una pequeña maleta y, con ella en la mano, atravesó la puerta de su casa.

Aparcado al lado de la acera lo esperaba su Essex de 1919.

El viaje que pensaba emprender se le presentaba largo y pesado, por lo que contaba con hacer noche en Portland y retrasar la llegada hasta su destino en la bahía de Fundy a media mañana.

Aunque conducir no era algo que le apasionara, ese día lo necesitaba.

Quería alejarse de la ciudad, concentrarse en algo que no fuera la frustración que le había producido la cena del sábado.

Adele se había salido con la suya y se había visto obligado a aceptar su propuesta para asociarse, no le convenía en absoluto enemistarse con ella ni con sus contactos políticos.

La otra opción de la anciana, convertir a su nieta en su heredera, ni la contempló.

Intentó que la mujer no vislumbrara la irritación que le provocaba hasta la sugerencia por lo que su sola presencia removía.

Exhaló un suspiro de contrariedad y sus pensamientos volaron a Elisabeth Davenport. Se enojó al recordar que había preferido quedarse con los niños antes de aceptar su invitación. Su deseo de convertirla en su esposa amenazaba con convertirse en otra más de las frustraciones de su vida.

Cuando se acomodó en el asiento del conductor y arrancó el coche, no tenía el mejor humor del mundo.

Esperaba que al menos esta vez Wilson no le fallase y allanase el camino para cuando el «aceite» llegase a Nueva York.

Domingo, 11 de diciembre de 1921

Nueva York

Connor vivía intranquilo desde la visita de Ian y a su desasosiego se sumaba el de Beatrice.

Él no necesitaba que le recordase que era peligroso involucrarse en el asunto del Ice, que apestaba tanto como las estancadas aguas del puerto, pero ella, incapaz de contenerse, a cada rato le repetía que pensara en su hijo y también que convenciera a Ian para que se olvidara de ese artículo.

Ningún ascenso valía tanto como sus vidas, podía ser patrullero y vivir dignamente.

Cuando el ánimo de Beatrice bordeaba el llanto, él la atraía hacia su cuerpo para tranquilizarla con un abrazo y espantar aquellas nubes negras que amenazaban con una tormenta épica.