Los cerezos de Central Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Entonces, solo nos queda el otro negocio; ya sabía que al final sería lo que elegiría. Vaya diciéndole a Wilson que lo prepare todo. Antes de Navidad seremos socios.

Cuando se despidieron, Phoenix Owen cogió la botella de whisky y se la llevó a su habitación.

Sábado, 10 de diciembre de 1921

Nueva York

Adele y Clarissa volvieron a casa en taxi, sin abrir la boca. Una vez dentro de la elegante casa de la señora Stone, su nieta le preguntó:

—Abuela, ¿qué te pasa?

—Nada, querida.

—Tienes mala cara.

—Cariño, es la edad, estoy muy cansada.

Se acercó a su nieta, le dio un beso en la mejilla y le dijo que se retiraba a dormir.

Una vez a solas en la habitación, Adele agarró un marco de fotos.

En la imagen, sonrientes, su hijo y su esposa, los padres de Clarissa, posaban para la cámara.

Unas pocas fotos y muchos recuerdos era lo que le quedaba de su pequeño.

Miró a su nuera y constató que Clarissa era su viva imagen. Después, cerró los ojos y suspiró. Le había costado mucho no perder la compostura con Owen, pero ahora estaba sola y nadie podría juzgarla.

Unas lágrimas se escaparon de sus ojos y se juró que sería fuerte y haría lo que debía hacer.

Sábado, 10 de diciembre de 1921

Nueva York

El taxi se detuvo en la puerta del edificio de apartamentos de John y él fue el primero en descender del vehículo.

Rodeó el coche para abrirle la puerta a Victoria y, para cuando el conductor inició de nuevo la marcha, ambos seguían parados en la acera.

John no aguantó más las ganas, la atrajo con suavidad hacia su cuerpo y la besó.

Fue un beso lento y suave, y se hubiera prolongado de no ser por una inoportuna ráfaga de viento helado, que les recordó que eran más de las diez de la noche y estaban en diciembre en medio de una calle de Nueva York.

—Subamos —susurró él, en el oído de Victoria.

El sonido de su voz áspera y ronca despertó un deseo inmediato en ella, un escalofrío de anticipación por lo que prometían aquellas tres sílabas, que se le clavaron en la piel transformadas en diminutos alfileres invisibles.

Un repentino calor y una explosión de sensaciones la invadieron y solo fue capaz de afirmar con la cabeza, mientras seguía atrapada en sus ojos.

Entraron en el edificio, donde los recibió un somnoliento portero, que apenas acertó a darles las buenas noches.

—No hace falta que nos acompañe —le dijo John.

El hombre asintió agradecido. Ellos eran los únicos inquilinos que quedaban por regresar, podría irse a dormir ya.

Una vez dentro del ascensor, cuando este salvó la primera planta, John volvió a besarla, un beso húmedo que amenazaba con hacerlos sucumbir antes de que lograsen llegar a la decimosegunda planta.

—John —murmuró ella, cuando sus labios se separaron un instante—. No pienso irme a ninguna parte.

—Eso espero —contestó él, su frente pegada a la de ella, sus ojos sumergidos en los de Victoria—, porque me estoy volviendo un adicto a ti.

El resto del trayecto lo hicieron besándose, incapaces de refugiarse de la tormenta que se había desatado en sus cuerpos.

Las ropas eran insuficientes para contener el torrente de calor de cuatro manos ávidas de acariciar.

Cuando el ascensor paró, a John le costó abrir la puerta del apartamento sin soltarla y entraron con sus lenguas enredadas en un hambre voraz.

Ni siquiera notaron que no estaban solos hasta que escucharon un carraspeo a su espalda.

—Lo siento —dijo Elisabeth—, si llego a pensar que iba a ser tan inoportuna, no se me hubiera ocurrido abandonar la salita.

—¿Hemos hecho mucho ruido? ¿No habremos despertado a los niños? —preguntó Victoria, preocupada.

—No, tranquilos. He oído el ascensor y por eso he salido a recibiros.

La sonrisa que se formó en el rostro de Elisabeth Davenport tenía un claro tono aprobatorio. Ambos eran adultos sin compromiso que se amaban desde hacía mucho tiempo, así que lo único que había sentido al verlos besarse era una extraordinaria envidia.

—Te lo pensábamos contar —se excusó Victoria, que parecía algo azorada.

—Estoy muy ofendida por vuestro poco tacto al no mandarme una nota para comunicármelo —les dijo, intentando no reírse.

No lo consiguió y los tres acabaron soltando una carcajada y después regañándose en silencio por si, con ella, despertaban a los pequeños.

—Evan se va a volver loco de alegría cuando se lo contéis.

—¿Y tú? —preguntó John.

—¿De verdad necesitas que te lo diga?

Él negó con la cabeza. No, no lo necesitaba, lo estaba viendo, pero quedaba un rincón dentro de sí mismo que precisaba reafirmarlo.

La relación con Elisabeth siempre había sido mucho menos íntima que con su otra hermana, Mary, y aunque cada vez la sentía más cerca, todavía quedaban viejos recelos del pasado, dudas que necesitaba sacudirse, aunque fuera a base de preguntas.

—¿Te sentirías muy violenta si Victoria se trasladase a mi cuarto? —le preguntó.

—Pensaría que estáis desaprovechando una maravillosa oportunidad que la vida os está poniendo delante si no lo hiciera.

—¿Y por qué tengo que irme yo a tu cuarto? —protestó la aludida—. Me gusta mucho más el mío.

—Será mejor que no le lleves la contraria —apuntó Elisabeth.

—Será lo mejor, sí. Voy a recoger algunas cosas del mío, enseguida vuelvo.

Y la volvió a besar, un beso rápido y cómplice que Elisabeth observó con envidia.

Se alegraba por los dos. Lo que había sentido al verlos juntos se había parecido mucho a lo que suponía que tendría que ser un amor verdadero.

Como el que rebosaba las miradas de Mary y James cuando se entrelazaban, justo en el polo opuesto a lo que ella había vivido con Charles.

Victoria la agarró del brazo y la llevó hasta la salita, donde, después de confesarle que hacía unos días que John y ella dormían en la misma cama, empezó a contarle cómo había sido la cena en casa de Owen.

—Phoenix ha preguntado por ti —dijo Victoria—.

Creo que no le ha gustado nada que te quedaras en casa.

Lo he notado incómodo y estoy segura de que le ha supuesto una tortura la sobremesa, pero no ha sido el único, yo me he sentido así con Clarissa.

Te juro que ha habido varios momentos en los que le hubiese tirado el agua a la cara para que parase el coqueteo con John.

—Doy fe —dijo él, que había escuchado sus últimas palabras al entrar en la salita.

—¿Ha sido una cena muy animada, entonces? —preguntó Elisabeth.

—Interesante, pero ha habido algo que no me ha gustado —apuntó John.

—¿Clarissa?

—No, Victoria, algo más serio: el asunto de las modistas. No imaginaba que las pensaba seleccionar valiéndose de contactos de su abuela en Tammany Hall.

—¿Qué es eso? —preguntó su hermana, que no sabía nada de la política de Nueva York.

—Es una organización que apoya a los inmigrantes.

Detrás de ella está el Partido Demócrata.

Han creado un sistema de pre visión social que ayuda a los que se encuentran en extrema pobreza, a los que el Estado ha dejado a su suerte.

Tammany Hall les ofrece auxilio en lo más básico: carbón, alimentos, préstamos y trabajo.

—¿Y qué problema hay? —preguntó Victoria.

—Ayudar no es malo, es caridad —apuntó Elisabeth.

—No, no es caridad, es algo más: un intercambio de favores.

Tammany Hall es una organización muy poderosa.

Este apoyo no es gratuito en absoluto, lo hacen porque los inmigrantes son multitud y suponen votos a cosechar.

Y no quiero estar en medio de ese juego, porque cualquier día intentarían comprar también mi apoyo.

—Pero tampoco vendrá bien que te enemistes con ellos, ¿no? —dijo Victoria.

—En absoluto, y no voy a hacerlo, pero no quiero depender de nadie. Voy a conseguir por mi cuenta las modistas antes del lunes y en adelante no dejaré que nadie se ocupe de buscar a mis empleados.

—¿Y cómo lo vas a hacer durante el fin de semana? Aquí apenas conocemos gente —señaló Elisabeth.

—¿Podrías pedírselo a Wilson? —sugirió Victoria.

—No, es íntimo de Adele Stone y esta a su vez conoce a Emily White, la que fue suegra de mi socia; toda esta gente se mueve en círculos muy cerrados.

Creo que podría estar tan comprometido con esa organización como ella.

Tendré que averiguar, empleado por empleado, cuáles han sido contratados con el beneplácito de Tammany.

Él no me sirve, tendrá que ser de otro modo.

—Ya me dirás, John, como no le preguntemos al portero del edificio…

Los tres estuvieron de acuerdo en que al día siguiente se ocuparían de aquel asunto. Elisabeth se despidió y se dirigió a su habitación mientras que John agarraba de la mano a Victoria y se iban a la suya.

La hija mayor del conde de Barton aún tuvo tiempo de escuchar sus risas antes de entrar en el cuarto. Se sentó en el escritorio, sacó pluma y papel y se dispuso a escribir. Solo necesitaba media docena de palabras, pero tardó casi una hora en dar con las adecuadas.

Al día siguiente, se levantó al alba, tomó un té en la cocina y, cuando le pareció que era una hora prudente, bajó en el ascensor del edificio para hacerle un encargo al portero.

Domingo, 11 de diciembre de 1921

Nueva York

Ian se levantó aquel domingo con una incómoda sensación, un rumor sordo instalado en la boca del estómago que le gritaba que lo más sensato era olvidarse de lo que había visto en la puerta del Ice.

Las profundas ojeras que le devolvió el espejo del baño, fruto de las pesadillas que le mostraban la mirada vacía de Molly, se sumaban a aquella alarma de su cuerpo y de su mente, un discurso silencioso que sonaba con una intensidad inusitada, recordándole que se apartase o acabaría engullido por las normas no escritas del Lower East Side.