Los cerezos de Central Capítulo 10
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Capítulo 10

Nueva York

—Buenas noches —saludó el empresario, mientras se acercaba a ellos para ofrecerle a Victoria un beso en la mano y a John un apretón—. Les doy las gracias por haber aceptado mi invitación. Yo…

El timbre de la puerta sonó en ese momento y, amortiguada por la distancia, se escuchó la voz de Giulia dando la bienvenida a más invitados a aquella cena. Phoenix interrumpió sus palabras y no retomó su discurso, sin disimular demasiado que estaba tratando de averiguar quién había llegado.

—Tiene usted una casa muy bonita, me han sorprendido sus dimensiones y el exquisito gusto en la decoración. Desde fuera parecía más pequeña —señaló Victoria, rompiendo el incómodo silencio provocado por la actitud distraída del anfitrión.

—Me alegro de que se lo parezca. Hice traer de Londres algunos de los muebles —contestó él, reparando en ese instante en su descortesía.

—Phoenix, querido —lo interrumpió la voz de la mujer que entraba en el comedor, desplegando todo su encanto—, me alegro de que nos volvamos a ver tan pronto.

Todos se volvieron hacia ella. Adele Stone se dirigió a saludar a Phoenix y, después, a John. Este miró con desconfianza la puerta, por si Adele se presentaba con Emily White, como había hecho en la fiesta de inauguración de los almacenes. No fue así; quien la acompañaba era su nieta Clarissa.

—Un placer encontrarnos de nuevo, señor Lowell —dijo Adele—. Debo decirle que sus almacenes son una tentación; tiene tantos productos extraordinarios que mi fortuna entera acabará en sus bolsillos si sigo visitándolos tan a menudo.

—Me alegro de que le gusten, señora Stone.

—¡Me tienen fascinada! ¡Qué maravilla de vestidos! Estoy segura de que serán un éxito. Ya hablaremos de eso, primero presénteme a esta joven.

Adele se volvió hacia Victoria, que apenas estaba prestando atención a la charla de John con la distinguida mujer. Se había distraído con la mirada de odio que le dedicó Clarissa. Enseguida se repuso y contestó a la anciana con elegancia.

—Es Victoria Reynolds. Ha venido desde Londres con mi hermana para visitarme.

—Encantada, señora Stone.

—Veo que ya sabe quién soy.

—Sí, la abuela de la señorita Stone. John me ha dicho que nos acompañarían esta noche.

Victoria sabía que no debía caer en el exasperante juego de provocaciones de Clarissa, pero le resultaba imposible no ponerse en guardia cada vez que la joven actuaba como si su vínculo con John fuera más que el de una simple empleada.

Con sus palabras, quiso dejar claro que ella había acudido a la cena como pareja de Lowell, pero, por si no había sido suficiente, lo agarró del brazo con familiaridad.

Él posó su mano sobre la de ella y la miró sonriente.

—¿Tardará mucho en llegar la señora Davenport? —preguntó Owen, que ni siquiera se estaba percatando de la tensión entre las dos mujeres.

—Mi hermana no vendrá —se disculpó John.

—¿Alguna indisposición de última hora? ¿Está bien? —dijo Phoenix, preocupado.

—No, nada de eso, no se preocupe. La última vez que salimos los tres tuvimos un desagradable incidente con la niñera y esta noche ha querido quedarse con los niños.

Owen escondió su profunda decepción tras una sonrisa fingida; había aprovechado el compromiso de la cena con Adele para provocar otro encuentro con Elisabeth Davenport.

Enseguida los condujo al salón, donde esperaba la mesa dispuesta con exquisito esmero.

La elegante vajilla de Trenton, flanqueada por cubiertos de plata alineados con precisión y unas copas de cristal tallado, sin duda podría competir en elegancia con las que presidían las mesas de los mejores restaurantes neoyorquinos.

Dos camareros del May Tea retiraron las sillas para que las damas se sentasen.

En cuanto todos estuvieron acomodados, les preguntaron qué querían tomar.

—Agua, por favor —pidió Victoria, antes de que a alguien se le ocurriera sugerirle uno de aquellos empalagosos cócteles que servían los estadounidenses.

—Yo también quiero agua —dijo John.

—¿Usted no bebe, señor Lowell? —le preguntó Adele.

—Me temo que estamos en un lugar en el que eso es ilegal desde hace tiempo, señora Stone.

—Oh, ya lo sé, pero seguro que el señor Owen guarda todavía en alguna parte alcohol para sus invitados, ¿no es cierto?

A un gesto mínimo de este, uno de los camareros se acercó a un mueble del que sacó una botella de brandi y otra de whisky escocés, que llevó a la mesa.

—Todavía dispongo de unas pequeñas reservas para mi consumo personal, espero que me guarden el secreto —dijo, con medida despreocupación—. ¿Brandi, señor Lowell?

—No, yo no bebo, gracias. Prefiero agua.

—¿Un seco convencido? —inquirió Adele, curiosa.

—Me convenció la guerra. No he necesitado los sermones de la Liga Anti Salón ni la Decimoctava Enmienda para dejarlo. Me adelanté a la Prohibición y no bebo desde hace al menos cuatro años.

—¿Luchó en Europa, señor Lowell? —preguntó Owen.

John no quería recordar aquella época y menos ante un auditorio, por pequeño que fuera, pero ya era tarde para arrepentirse de haber sacado el tema.

Ante la gente que sentía curiosidad por cómo lo pasaron los hombres que estuvieron en el frente, había excombatientes que se ofrecían a narrar aquellos días; él detestaba recordar su experiencia.

Victoria rozó con su pierna la de John para que se tranquilizase y fue ella la que tomó la palabra.

—No hablemos del pasado, en la vida siempre hay que enfocarse hacia delante.

Una mirada de John le agradeció en silencio que lo hubiera salvado de aquel mal rato.

—Estoy de acuerdo —señaló Clarissa—. Será mejor que nos concentremos en el futuro. Nueva York es el mejor lugar para ello. Se puede dejar todo lo viejo atrás y darle una oportunidad a lo nuevo.

Mientras hablaba, miró a Victoria con intención y esta ni siquiera tuvo dudas de que cuando se refería a lo viejo estaba refiriéndose a su edad.

Aquella muchachita le resultaba irritante.

Tenía la desvergüenza de la juventud y carácter suficiente como para disputarle el reciente lugar que había estrenado en la vida de John, pero si pensaba que se iba a quedar de brazos cruzados, es que no la conocía.

Hinchó los pulmones para contestarle, pero esta vez fue John el que presionó con disimulo su brazo.

Ella lo miró y vio en su sonrisa, apenas insinuada en los labios, un atisbo de diversión.

—Señor Lowell —dijo Adele—, mi nieta me ha contado que esta misma mañana ha estado buscando más modistas para sus almacenes. ¿Tantos pedidos están teniendo?

—Sí, y si no buscamos más empleadas, empezaremos a retrasarnos.

—Mi abuela tiene conocidos en Tammany Hall —dijo Clarissa—. Como sabrán, esta organización auxilia a inmigrantes. Podría encontrar media docena de mujeres dispuestas a trabajar el mismo lunes por la mañana.

—Eres muy eficiente, Clarissa —dijo John.

—Muchas gracias, es un verdadero placer trabajar para usted —contestó la chica, sonriéndole con candor.

Tras escuchar el coqueteo descarado de Clarissa, Victoria cogió la servilleta para ponerla en sus rodillas con tanta violencia que se llevó por delante un tenedor.

Uno de los camareros de Owen lo recogió solícito y lo cambió por otro.

El anfitrión aprovechó para ordenar que empezaran a servir la cena, un menú compuesto por suflé de ostras, codorniz asada con uvas y pastel de queso.

En la comida se habló de los almacenes, del May Tea y de algunos asuntos banales que estuvieron salpicados por las pullas que se fueron lanzando Victoria y Clarissa, para diversión de John.

Owen, que extrañaba a Elisabeth, apenas abrió la boca.

Quería verla antes de emprender su viaje a Canadá y ya no le quedaba tiempo.

Antes de los postres, Giulia lo avisó de que tenía una llamada telefónica.

—Les ruego que me disculpen, será un momento.

Se dirigió a la habitación que tenía habilitada en la planta baja para el teléfono. Instantes después, Adele dejó la servilleta que reposaba en sus piernas encima de la mesa y se levantó.

—Me temo que debo ausentarme un momento. Inconvenientes de hacerse mayor.

Los tres jóvenes asintieron y ella le pidió a uno de los camareros que le señalase dónde estaba el aseo.

Mientras se dirigía hacia allí, oyó la voz de Owen al otro lado de una puerta y se detuvo a contemplar un cuadro que, por supuesto, le interesaba bastante menos que las palabras que su anfitrión compartía con alguien por teléfono.

—Sí, tengo el coche preparado. Regresaré el jueves por la tarde; a las cinco estaré en la puerta del Ice con el cargamento… Claro que voy a ocuparme en persona.

Con el rabillo del ojo, Adele detectó movimiento en la cocina y disimuló dirigiéndose hasta el pequeño aseo.

Al regresar al comedor, Phoenix ya estaba sentado en su silla.

Cuando dieron por terminada la cena y pudo acercarse al empresario a solas, lo hizo para lanzarle la pregunta que tenían pendiente.

—¿Ha pensado en el asunto que hablamos, querido?

—Sí.

—¿Y su respuesta es…?

—Que no acepto chantajes, señora Stone.

—Me temo que no es un chantaje, es una oportunidad.

Este, mucho más serio de lo que había estado toda la noche, volvió a negar. Adele, entonces, le enseñó otra carta que había guardado bajo la manga.

—Es una pena, sabe la influencia que tiene el Tammany Hall en esta ciudad y ya ha escuchado que tengo allí grandes amigos.

Sinceramente, creo que no le conviene enfrentarse con ellos.

Total, lo que le ofrezco es estupendo: dos locales magníficos en los que podrá ampliar sus negocios. Nuestros negocios, perdón.

—O que su nieta herede mi patrimonio… —señaló él, recordando lo que le había dicho en el hotel.

—Respecto a eso, tal vez debamos reenfocarlo. Quizá usted tarde en morir y no puedo dejarla a su suerte hasta entonces. Bastante a su suerte quedó la pobre a la muerte de sus padres. Mi nueva propuesta es que le ceda la mitad de su patrimonio ya y el resto a su muerte.

—¡No pienso hacer eso! —sentenció Owen.