Los cerezos de Central 9 de diciembre de 1921, viernes
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9 de diciembre de 1921, viernes

Nueva York

Querido Richard:

Hace días que no me he sentado a escribirte y tal vez es por el desconcierto que siento.

Desde que te fuiste, me dormía pensando en ti.

Al despertar, pensaba en ti. Tomando el té, vistiéndome, paseando, hablando con Catherine…

Tú, tú, tú. Mi mundo reducido a un recuerdo al que la realidad nunca podía superar, por más que la tuviera al alcance de mi piel, mis ojos y mis manos.

Pero algo es diferente desde que puse un pie en esta ciudad.

El encuentro con Ian Brennan me ha cambiado.

Su sola presencia me devuelve a esa jovencita que casi había olvidado, alguien capaz de ilusionarse con cualquier tontería.

Su compañía me altera de un modo que no sé explicar; me sorprendo sonriendo sin darme cuenta al recordarlo o imaginando conversaciones que nunca han tenido lugar, como si quisiera conocerlo más de lo que me atrevo a admitir.

Todas esas emociones me han atropellado en los últimos días y me han devuelto la conciencia de que no he olvidado sentir; solo he estado dormida, aletargada por la pena de perderte y por todo lo que me pasó.

Ian Brennan, sin proponérselo, me ha despertado.

Sé que no es una persona en la que hubiera reparado cuando mi vida se movía en un mundo de límites marcados, pero, en esta ciudad poderosa y diferente, parece que todo es posible.

Siento que él es aire fresco, y yo necesito respirar, volver a ponerme a prueba antes de regresar.

Sé que me iré pronto y no quiero marcharme con la duda de lo que hubiera sucedido de ser valiente.

Por eso he decidido que debo dejar de oponerme a lo que siento.

Espero no arrepentirme.

Tu madre,

Elisabeth Davenport