Los cerezos de Central Capítulo 9 #7
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Capítulo 9 #7

Adele giró la cabeza cuando la sombra del camarero se acercó a la mesa. Este sirvió el té, ella le dio las gracias y después se volvió al empresario. No le había dado opción a ver su rostro tras la pregunta.

—No vamos a andarnos con rodeos. Quiero participar en su negocio.

Owen la estudió durante algunos instantes. De todas las opciones que había barajado su mente cuando la vio entrar en el hotel, aquella no se le había ocurrido.

—No estoy buscando socios para el May Tea, señora Stone.

—Oh, vamos, no me diga que no se imagina que no le estoy hablando del May Tea. Le estoy hablando de su «otro» negocio.

Adele Stone levantó la taza de té y se la llevó a los labios con mucha más cautela que la que había empleado con sus palabras, sin apartar los ojos de los del hombre.

Parecía que quemarse con el agua hirviendo le preocupaba mucho más que el incendio que desató en el interior del empresario.

Owen miró a Wilson demandando una explicación muda.

Este levantó las manos en un gesto de defensa.

—Yo no le he dicho nada.

—En efecto, Wilson es demasiado discreto, pero tengo conocidos que no tienen la lengua tan quieta. Además del May Tea, un local precioso, por cierto, he sabido que tiene ciertos negocios… diferentes.

—Ah, ¿sí?

Ella hizo una pausa teatral en la que volvió a llevarse la taza a los labios, esta vez con la certeza de que no se iba a quemar.

—No trate de disimular, Owen, Adele lo sabe todo.

La anciana se había reunido con Wilson para ponerlo al corriente de una conversación que había mantenido con Emily White durante la inauguración de los almacenes Lowell.

Según le contó, Emily se dedicó a difundir rumores sobre Lowell, pero al ver a Owen rondando a su hermana, aprovechó la ocasión para contarle cuanto sabía sobre el empresario.

Durante aquella charla, Emily le recitó a la anciana una larga lista de locales como el Ice, que proliferaban por la ciudad y de los que Owen era propietario.

La precisión con la que hablaba resultaba sospechosa, como si el propio Owen le hubiera proporcionado la información.

En realidad, fue Wilson quien había dejado escapar detalles a Gilbert White durante una de sus visitas a Boston.

La razón por la que Wilson había viajado allí era convencer a White de invertir en un local clandestino.

Pero el hombre, arruinado como estaba, tuvo que rechazar la propuesta.

En aquella conversación se le escapó el nombre de Lowell, y Wilson vio en él un posible inversor.

Sin embargo, pronto comprendió que aquel empresario era honesto y tenía otros planes.

No se rindió, le propuso ser su asesor en Nueva York para abrir sus almacenes. De ese modo se aseguraba su proximidad y que tal vez cambiase de opinión en el futuro.

—¿Y por qué cree que necesito un socio? —le preguntó Owen a Adele.

—No, por Dios, no lo creo en absoluto. Sé que usted solo se las arregla muy bien; soy yo la que necesita dinero.

Digamos que mis cuentas no se están saldando en positivo en los últimos tiempos y no estoy dispuesta a perder mi estatus.

No es por mí, desde luego, es por mi nieta, quiero dejarla en una buena posición cuando muera.

Como comprenderá, aunque me conserve mucho mejor que las mujeres de mi edad, ya no tengo la vitalidad de la juventud para emprender nada, pero aún me queda algo de dinero que puedo invertir si el negocio es rentable y me ayuda en mis propósitos.

Y el suyo me consta que es muy lucrativo.

—¿Y si yo no estuviera de acuerdo? —adujo él.

—Lo estará, sabe que conozco a demasiada gente. Una reputación se gana con esfuerzo y se pierde por un traspié, no lo olvide.

El empresario se movió incómodo en la silla, ni en mil años se habría imaginado que Adele Stone le propondría formar parte de sus negocios, mucho menos de aquellos que no eran legales.

Mucho menos, que estaría chantajeándolo para que la aceptase.

Siempre había pensado que, si en algún momento se sentasen a hablar, la conversación discurriría por otros derroteros.

—¿Qué es lo que quiere exactamente? —le preguntó.

—Tengo dos locales vacíos en Manhattan que le podrían resultar muy útiles en estos momentos.

Se los ofrezco a cambio del sesenta por ciento de los beneficios que de ellos se obtengan.

—Se miró las uñas y después miró a Owen—.

La otra opción sería que declare a mi nieta Clarissa como su heredera absoluta.

¿No me diga que no la encuentra encantadora?

Un amargor de bilis le subió por la garganta a Phoenix. Ni en sueños aceptaría la segunda propuesta de Adele. Quería convertir a Elisabeth en su esposa y tener hijos con ella; no entenderían que le dejase todo su patrimonio a Clarissa Stone.

—No me tienta ninguna de sus dos opciones —respondió Owen, frío.

Adele miró a Wilson y elevó el mentón. La sonrisa de su rostro no auguraba buenas noticias para Owen.

—Sabía que no sería fácil de convencer, por eso tengo una información más que quizá podría hacerle cambiar de idea. Si no acepta ninguna de mis condiciones, toda la alta sociedad empezará a escuchar rumores sobre usted. Feos, muy feos.

Owen se enfureció, sabía del peso de Adele en la sociedad, pero le ocultó su disgusto.

—Déjeme pensarlo —dijo, después de una pausa demasiado larga para que no lo notase furioso.

—No se demore, necesito una respuesta rápida o no tendré más remedio que despistarme en alguna reunión social y hablar de sus negocios. Espero que no se me escape cuando esté presente alguien como Mabell.

La sola mención de ese nombre hizo que los dos hombres se pusieran en guardia.

Mabell Willebrandt era la ayudante del fiscal responsable de la Prohibición.

Tenía fama de implacable y de azote de los infractores.

Owen miró a Wilson con cara de disgusto, pero solo fue un instante. Al volver sus ojos a Adele, sonrió.

—Nos vemos mañana en mi casa a la hora de cenar. Lleve a su nieta.

Viernes, 9 de diciembre de 1921

Nueva York

Los almacenes, por la cercanía de la Navidad, se habían visto desbordados por los pedidos de ropa.

De todas las prendas que se exponían, lo que estaba causando sensación eran los vestidos de Camille Leduc, y John se encontró que, tan solo cuatro días después de la inauguración, necesitaba contratar refuerzos para el taller de confección.

Las tres modistas llegadas de Boston resultaron insuficientes.

—Clarissa, sé que es viernes por la tarde, pero necesito que localice ya a más modistas. Estamos desbordados con los pedidos.

—Lo sé, apenas he tenido tiempo sino de anotar más y más peticiones. Es cierto que con las personas que tenemos trabajando no llegaremos a los plazos. Tendrá que ser mañana ya.

—Sí, hoy ya se ha hecho tarde, pero no lo olvide, por favor. No querría empezar dejando una mala imagen en esta ciudad —dijo John.

—Señor, ha recibido una invitación para cenar, pero veo que no la ha abierto.

Clarissa señaló un sobre lacrado que le había dejado encima de la mesa por la mañana y al que John no había prestado ninguna atención. Seguía en el mismo lugar donde lo dejó.

—¿Cómo sabe lo que es? —preguntó él, mientras lo abría.

—Porque mi abuela y yo hemos recibido uno igual.

John extendió la carta, un elegante papel que, en unas breves líneas, informaba de la cena y señalaba el lugar de la cita, además de rogar encarecidamente que aceptasen la invitación.

—Es Phoenix Owen, que nos invita a una cena informal en su casa mañana por la noche: a mi hermana, a Victoria y a mí. Clarissa disimuló la poca gracia que le hacía que hubiera incluido a Victoria.

—¿Irán, entonces?

—No lo sé, tengo que preguntarles. Quizá tengan ya otros compromisos.

—¿Y usted?

—Sí, es hora de empezar a conocer gente de la ciudad. Uno no se labra un lugar en ninguna parte escondiéndose en casa.