Capítulo 9 #6
Pasadas las once de la mañana, el empresario se asomó a la sala donde habían quedado y buscó a su cita entre los clientes sentados a las mesas. En el mismo instante en el que lo localizaba, un empleado del hotel se acercó a él solícito.
—Gracias, me espera ese caballero —le dijo Owen, señalando al hombre que vestía un elegante traje marrón de tres piezas.
El camarero asintió con la cabeza, se retiró y le franqueó el paso. Phoenix llegó a la mesa redonda decorada con un pequeño y elegante florero, apartó la silla y se sentó al lado de Wilson.
—Creía que estaba siendo puntual —dijo.
—Así es, yo he llegado antes de la hora.
Andrew Wilson hizo un gesto con la mano al camarero y este se acercó a tomarles la comanda. Ordenó unos cafés con leche y una porción de la deliciosa tarta que servía el hotel.
—¿Cuál era la urgencia, Owen? —preguntó, una vez se encontraron a solas.
—Necesito que te ocupes unos días de la dirección del May Tea, tengo que viajar.
—No hay problema. Pero, si eso es todo, no sé por qué hemos quedado aquí, podría haberme llamado.
—Querido amigo, nunca se sabe quién podría estar escuchando al otro lado de un teléfono —contestó Phoenix, mientras acercaba un cenicero a su lado de la mesa. Le ofreció un cigarrillo a Wilson, pero este lo rechazó con un leve movimiento de cabeza.
El camarero llegó al poco con los dos cafés y las porciones de tarta. Los dos hombres le dieron las gracias y solo reanudaron la conversación cuando estuvieron seguros de que no podría escucharlos.
—Viajo para recoger una partida de aceite para el restaurante que viene de Europa —le dijo Owen—. Saldré este lunes y volveré el viernes.
—¿Tanto tiempo por… el aceite? ¿Algo ha ido mal?
—Ha habido problemas con el transporte —susurró el empresario, mientras sacudía el cigarro con unos leves toques en el borde del cenicero—.
Se han… «perdido» los tres veleros que estaban preparados para descargar la mercancía.
La operación está parada mientras localizan botes de remos y lanchas para salvar las tres millas desde la cos ta a donde está anclado el barco.
Voy a asegurarme de que no hay más incidentes. ¿Tú ya has hecho tu parte?
—Casi. El Ice me sigue dando problemas.
Ambos hombres guardaron silencio cuando una pareja entró en el café y se pararon para saludar a Owen.
Eran Emory Roy Buckner, uno de los mejores abogados de Nueva York, y su esposa, Katherine.
El empresario se levantó y departió unos momentos con ellos antes de que se marcharan a ocupar una mesa junto a la ventana.
Después de la interrupción, volvió a la conversación como si nada hubiera sucedido.
—¿Qué pasa con el Ice? —preguntó.
—¿Se acuerda de esa chica que me encargó, la inglesa?
—Louise, sí, la recuerdo. ¿Qué sucede con ella?
—Intentó escaparse. No lo ha conseguido, ahora la tengo encerrada para que no se le ocurra repetirlo —dijo Wilson.
—¿Crees que alguien de dentro podría ayudarla?
—No, ya me he encargado de eso. Se había hecho muy amiga de otra empleada de la limpieza, que además estaba haciendo demasiadas preguntas incómodas, y esta ha muerto accidentalmente.
Le he dicho a la señorita Newell que ella correrá su misma suerte si sigue dando problemas.
Su cara de pánico al ver esto me ha confirmado que al menos se lo pensará mucho.
Wilson deslizó el periódico que había llevado con él sobre la mesa y le enseñó la noticia de la muerte de Molly.
La nota de The New York Times era vaga y no contaba lo que de verdad había sucedido, pero el fotógrafo había tenido los huevos de entregar una imagen en la que se veía el rostro de la muchacha y la habían publicado.
—¿No había otra manera de callar a la limpiadora? ¡Por Dios, Wilson, desde cuándo somos asesinos de mujeres!
—El problema es que aún no le hemos encontrado sustituto a Carver.
Ese imbécil se hizo pis en los pantalones y se suicidó.
Y el director general para la Prohibición se nos ha adelantado; ha comprado al Comisionado de Policía de la ciudad para que distribuya todo el licor confiscado entre su círculo, valiéndose de la comisaría a dos manzanas del Ice.
—Habla con Fisher, que se ocupe de comprar a ese director general y que invente algo para tener entretenidos a los agentes el viernes, no quiero problemas para cuando llegue el aceite.
—Deberíamos tirar de destilerías caseras, a la gente le da igual lo que les demos —susurró Wilson.
—A algunos de mis clientes no —sentenció Owen.
—¿Qué hago con la chica?
—De momento, nada.
Owen miró su reloj. Apagó el cigarro y agarró la taza de café para terminarla.
—Si no hay nada más de lo que hablar… —dijo, y empezó a levantarse.
—Espere, he quedado con alguien más, tiene que estar a punto de llegar.
Como si sus palabras la hubieran convocado, la silueta de una mujer se recortó en la entrada del café del St. Regis.
Llevaba un abrigo entallado largo, abrochado al costado y rematado por piel de zorro en el cuello, las mangas y el bajo, que revelaba una figura espléndida.
La cabeza, cubierta por una pamela de ala ancha en el mismo tono de la tela del abrigo.
Caminaba con la desenvoltura de alguien muy seguro de sí mismo.
Viernes, 9 de diciembre de 1921
Nueva York
Louise temblaba, acurrucada en el suelo de la habitación en la que Wilson la había mandado encerrar. Al lado de sus pies descalzos, el periódico, bocabajo, ocultaba con su manto de papel y tinta la imagen que le colapsó la respiración en cuanto sus ojos toparon con ella.
Molly.
No hacía falta ser muy lista para entender que había muerto por su estupidez.
El plan de robar el dinero de la recaudación y marcharse al sacar la basura era tan burdo que ahora se preguntaba cómo no se le había ocurrido que estaba condenado a un fracaso inapelable.
Aunque ella no se hubiera fijado hasta que ya era tarde, había siempre ojos vigilando ese cajón, ojos en el callejón de forma perpetua, más ojos dispuestos a informar a Wilson de cada paso que se daba en ese bar silencioso.
Había caído en la trampa con la misma facilidad que un roedor acaba en una ratonera, pataleando mientras uno de aquellos matones que trabajaban en el local la subía de los pelos a uno de los cuartos y la confinaba.
Ni sus gritos histéricos ni los golpes consiguieron librarla del alambre ficticio que la asfixiaba, una puerta cerrada que, cuando se abrió, le hizo pensar que recibiría un severo castigo por su rebeldía; heridas que magullarían su cuerpo, tal vez uno de esos hombres decidiera tomarla por la fuerza solo para divertirse.
Estaba preparada para seguir revolviéndose y luchar, aunque en el camino se le fuera una vida que desde que había llegado a esa maldita ciudad valoraba poco.
Después de lo que le había pasado en las últimas semanas, creía estar preparada para soportar el dolor físico, pero ni siquiera aventuró el que de verdad llegaría, la oleada de ese otro que la engulló cuando Wilson le tiró el periódico.
—Esto es obra tuya —le dijo—. Espero que hayas aprendido la lección.
Al ver la imagen de Molly, tembló y se rompió en mil fragmentos, millones de pedacitos de culpa que se le clavaron en cada terminación nerviosa y la paralizaron.
Durante un tiempo, solo pudo sujetar en las manos esas hojas malditas sin acertar a reaccionar.
Después, cuando la arrasó la conciencia de lo que no había hecho, pero de lo que acababa de tener la certeza absoluta de que era responsable, las compuertas de su alma se abrieron y lloró.
Lloró hasta quedarse seca, hasta sentir que no quedaba ni una gota más de líquido en su cuerpo.
Lloró y se rompió más, como si aquello fuera posible.
Era una asesina y Molly había sido su víctima. Ni siquiera lo había pensado, ni mucho menos deseado, pero la había matado.
Y entonces Louise quiso morir también.
Viernes, 9 de diciembre de 1921
Nueva York
Adele Stone era una mujer elegante. A pesar de su edad, seguía convocando las miradas de cuantos se cruzaban en su camino, tal vez porque poseía la cualidad de los árboles de hoja perenne, la de no perder la vitalidad ni en lo más crudo del invierno.
Segura, se acercó a la mesa que ocupaban los dos hombres en el St. Regis, que se levantaron para esperarla.
Dejó el bolso de mano sobre la mesa y levantó un brazo, en el que tintinearon varias pulseras, para llamar la atención del camarero.
Este enseguida recogió su abrigo y ni siquiera le preguntó qué deseaba tomar, pues en el hotel todos sabían que Adele Stone solo bebía té inglés.
El hombre hizo un gesto de asentimiento y desapareció para depositar el abrigo en el guardarropa y buscar su té.
A Owen no le agradó verla allí, pero echó mano de toda su educación para disimular su incomodidad. Después de saludarla con un beso en la mano, le apartó la silla y Adele se dejó caer en ella de manera tan liviana que durante un instante pareció que flotaba.
—Mis disculpas, caballeros. Espero que no me hayan tenido que esperar demasiado. Están cayendo unos copos y el tráfico se ha puesto imposible.
—No se preocupe, señora Stone, ni siquiera he tenido tiempo de poner en antecedentes al señor Owen —dijo Wilson.
—Oh, bien, entonces lo haré yo, ya que soy la interesada.
Se giró en la silla para mirar de frente al empresario que tenía sentado a su lado. Su cara dibujó una sonrisa estudiada mientras él la miraba con genuina preocupación.
—Me tiene intrigado —señaló este, fingiendo una calma que no sentía.
—Se trata de un asunto muy sencillo, señor Owen —comenzó a decir Adele—. ¿Puedo llamarlo Phoenix? Lo conozco desde hace años y me resulta extraña tanta formalidad.
—Si es lo que desea, no tiene nada más que hacerlo.
—Créame que, a mi edad, lo que deseo lo acabo haciendo, no me queda tanto tiempo como para entretenerme en tonterías.
—¿Y qué es lo que desea de mí?