Capítulo 9 #5
La joven le franqueó el paso y lo escoltó hasta la cocina.
En cuanto llegaron, el fotógrafo se dejó caer en una silla al lado de la mesa.
Beatrice cabeceó cuando lo miró a los ojos.
Al abrir la puerta, su primer pensamiento fue que Ian habría pasado la noche de fiesta.
Él era así, impulsivo, juerguista, a veces demasiado despreocupado.
Pero esas emociones tan habituales cuando lo miraba no estaban en su rostro.
Vio unos ojos que reflejaban cansancio extremo, inquietud y una evidente falta de entusiasmo.
Su respuesta ansiosa instándola a que buscase a su marido y su silencio posterior multiplicaron su preocupación.
Otra cualidad de Ian, que llegaba a ser irritante, era su excesiva locuacidad y esta parecía haberse esfumado esa madrugada.
—Voy a despertarlo. Ve preparando café —le dijo Beatrice—. Y ve pensando también una buena razón para haberme despertado tan pronto, Luke ha estado inquieto toda la noche y justo acababa de coger el sueño.
En la respuesta de Ian, apenas un gesto con la cabeza, Beatrice encontró una infinita tristeza y se preocupó todavía más. Lo vio levantarse y dirigirse a la cafetera abatido.
Para cuando Connor y ella regresaron a la cocina, la cafetera borboteaba y tres tazas esperaban dispuestas en la mesa.
Después de que Beatrice se hizo cargo de la tarea y las llenó del espeso y humeante líquido, Ian ancló sus manos al calor que desprendía su taza y miró a su hermana con gesto grave.
—¿Nos puedes dejar solos cuando te tomes el café? —le preguntó.
—Ni loca —contestó ella—. Me vais a contar los dos lo que os traéis entre manos, a ver si os pensáis que soy idiota. Tengo ojos en la cara y os conozco desde que éramos niños, sé cuándo me estáis ocultando algo. A veces, hasta he sabido lo que era, aunque me hiciera la tonta.
—Es por ti, Bea… —dijo Connor.
—¡A la mierda por mí, lo que os pase a vosotros también es asunto mío!
—Tienes que jurarnos que no se lo contarás a nadie —dijo Ian, que sabía que era inútil empeñarse en llevarle la contraria a su hermana.
—¡Mira este! —protestó ella—. ¿Cuándo ha hecho falta que me pidas algo así?
—Está bien.
Ian apartó las manos de la taza y se irguió en la silla.
Despacio, como si recordar le costase demasiado, le contó que en septiembre había presenciado el asesinato de Reeds, el compañero de Connor, en la parte trasera de un local clandestino, a muy pocas calles de donde se encontraban.
Beatrice se llevó las manos a la boca cuando lo escuchó, pero no interrumpió a su hermano.
Dejó que le contase que, después de esos primeros minutos en los que todo su cuerpo se revolvió con lo que había presenciado, valoró investigar qué era lo que estaba pasando y para ello le había pedido ayuda a Connor.
—¿Cómo que ayuda a Connor? ¿No se te ocurrió que lo sensato era denunciar el asesinato? —preguntó Beatrice, espantada.
—El problema fue que en ese momento no sabía quién era y, además, esos tipos dijeron que se desharían del cadáver en el río. ¿Qué iba a denunciar? Quise averiguar lo que estaba sucediendo, pero de manera discreta. Si no hubiera sido así, tal vez esa gente hubiera decidido quitarme de en medio a mí.
—¡No es tarde! —gritó Beatrice, olvidándose por un momento de Luke. Connor le puso la mano en el brazo para que se tranquilizase.
—La historia es que se nos ocurrió investigar por nuestra cuenta —siguió Ian— para que yo escribiera un artículo y Connor pudiera colgarse una medalla y ascender en la comisaría cuando lo resolviéramos.
—Lo pensaste tú solo, a mí me liaste —se defendió Connor.
—Anda que hace falta mucho para liarte a ti —protestó Beatrice—. ¿Os habéis vuelto locos? ¿No sabéis lo peligrosa que es esa gente? ¿No tenéis oídos?
—Claro que lo sabemos, pero alguien tiene que contar toda la mierda que ha traído la Prohibición.
—¿Te parece mal que se haya prohibido el alcohol?
—gruñó su hermana—. Era la ruina de muchas familias, parece mentira que lo hayas olvidado.
Hemos crecido en un barrio de inmigrantes donde los hombres apenas daban una parte de su paga a las mujeres.
Se la gastaban en beber, volvían borrachos a casa y las molían a palos.
A ellas y a sus hijos. Y eso sin contar con lo que se hacían a sí mismos.
A Beatrice se le humedecieron los ojos porque no estaba hablando de oído, su propio padre había sido uno de aquellos hombres consumidos por la adicción al alcohol y ellos, víctimas de las consecuencias.
Primero, de las voces, las palizas, el infierno que a intervalos les hurtaba a un hombre que en otro tiempo fue un padre bueno y generoso.
Después, cuando su cuerpo sucumbió a aquel veneno barato, también lo habían perdido a él.
Ian le sujetó la mano y ella la soltó, furiosa.
—Yo me alegro mucho de que lo prohibieran y no me hace ninguna gracia saber que visitas esos locales, Ian. ¿No aprendiste nada? ¿Quieres acabar algún día como él?
Beatrice era una ferviente defensora de la Prohibición.
Veía con buenos ojos las acciones que las mujeres habían ido llevando a cabo desde la Unión Cristiana de Mujeres por la Templanza, que había visto en la defensa del derecho al voto femenino un medio para lograr la prohibición del alcohol y así poder ofrecer cierta protección al hogar.
Su momento más épico se produjo cuando, en diciembre de 1913, cincuenta jóvenes vestidas de blanco, que apoyaban el sufragio femenino, encabezaron una columna de mujeres que se unió a otra de hombres que representaban a la Liga Anti Salón en las escaleras del Capitolio.
Pidieron una enmienda constitucional al impuesto de la renta, que en esos momentos dependía de los impuestos de las bebidas destiladas y fermentadas.
Miles de personas se unieron a ellos, pues el movimiento que buscaba que el país se librase de esa especie de esclavitud que suponía el alcohol estaba en plena efervescencia.
Beatrice les explicó, por enésima vez, que estaba convencida de que el éxito de la Prohibición había tenido mucho que agradecerle a ese día y a las sufragistas. Ian no estaba de acuerdo en que aquello fuera un éxito.
—Lo único que sé es que sigue habiendo alcohol y que este negocio mueve mucho más dinero que antes.
¿No te das cuenta? Antes había impuestos que debían pagar al Estado, ahora el margen de beneficios se ha multiplicado al haber desaparecido.
Quienes lo manejan se han convertido en delincuentes muy peligrosos.
El remedio, Beatrice, está siendo mucho peor que la enfermedad, ya lo verás.
—¿Preferirías que siguiéramos siendo un país de borrachos? —gruñó ella.
—Lo que creo es que la gente sigue y seguirá bebiendo porque el alcohol no va a desaparecer. Y eso sin contar con la mierda en la que se está convirtiendo, alcohol adulterado que es peor que el matarratas que bebía nuestro padre.
—Desde luego, si sigues buscando la manera de conseguir las contraseñas para entrar en esos locales, tú mismo estarás contribuyendo —dijo Beatrice.
—No nos desviemos, cariño, todavía tenemos que contarte algo —intervino Connor, tratando de serenar a su mujer.
—Claro que tenéis algo que contarme, ¿habéis pensado en la madre de Reeds?
—les preguntó espantada—. La pobre lleva meses desesperada con la desaparición de su hijo y vosotros sabéis la verdad.
¿No se os pasó por la cabeza que esa mujer merece el descanso de saber que su hijo murió?
¿Sois idiotas los dos? ¡Se va a volver loca!
—¿En quién crees que pensé primero? —protestó Ian.
—Los dos lo pensamos, pero, en medio de todo esto, Carver se suicidó —los interrumpió Connor, a quien el remordimiento por callar lo que sabía de Reeds también le estaba pasando factura.
—Ya lo sé, en la comisaría, pero ¿eso qué tiene que ver con lo que me estáis contando? —preguntó ella.
—Ian averiguó que era un asiduo del Ice. Lo vio alguna vez y también se lo contó una limpiadora. ¿Cómo se llama? —le preguntó Connor.
—Se llamaba —dijo Ian—. Por eso he venido. Molly está muerta. Saldrá en el periódico de hoy. Apareció con una jeringuilla clavada en un brazo. Alguien se ha tomado muchas molestias para disimularlo, pero yo estoy seguro de que la han asesinado.
Connor y Beatrice lo miraron en silencio, valorando la nueva información.
—Molly, Reeds, Carver… —enumeró Ian.
—¡Y vosotros, como no os mantengáis al margen! —se enfadó Beatrice.
—Hay más —dijo Ian—. Creo que ya sé quién mandó lanzar al río a Reeds y también sospecho que hay un concejal que está al tanto de todo.
—¿Qué sabes? —preguntó Connor.
—El otro día, en la inauguración de los almacenes Lowell, escuché hablar a tres personas. A dos de ellos los he visto en el Ice: Andrew Wilson y el concejal Fisher.
—¿Y el tercero?
—No puedo asegurar que pinte nada en todo esto, pero hablaban como si no quisieran ser escuchados. Los tres.
De su bolsillo extrajo una de las fotografías que había tomado en los almacenes Lowell el día de la inauguración y se la dio a su cuñado.
Viernes 9, de diciembre de 1921
Nueva York
El Hotel St. Regis, en el número 2 de la calle 55 Este en Manhattan, entre Madison Avenue y la Quinta Avenida, hacía gala del embrujo, el confort y la hospitalidad de Europa.
Desde el fallecimiento de su fundador, John Jacob Astor, en el hundimiento del Titanic, lo regentaba su hijo Vincent y en 1921 no había perdido ni un ápice de la elegancia con la que fue concebido.
Contaba con todas las comodidades del momento: teléfono, buzones de correo, elevadores rematados en bronce, mayordomos para cada habitación, biblioteca y porteros con elegantes uniformes coronados con sombreros de copa.
Owen había elegido su café para entrevistarse con Wilson porque en él se podía mantener una discreta conversación.