Capítulo 9 #4
Molly no podía haber muerto con una jeringuilla en el brazo y con los ojos abiertos, era imposible.
Pudiera ser que alguien tratara de que su muerte pareciera un accidente y el nombre del Ice tronó en su cabeza con la misma fuerza que si hubiera sonado la ensordecedora bocina de un transatlántico en el puerto.
Le constaba que la limpiadora había estado haciendo preguntas a cualquiera que se acercase a ella sobre dónde se había metido Reeds, el tipo que le había prometido sacarla de allí.
No había sido muy discreta. Ian fue consciente de que, si no estaba equivocado y si seguía investigando, él correría la misma suerte.
Ese era el peligro. Todo el lucrativo entramado que se había montado en el país para seguir proporcionando alcohol a la gente desde la Prohibición no necesitaba curiosos husmeando, movía demasiado dinero como para no silenciar a quienes pudieran destaparlo.
Molly, que solo era un ratoncito asustado, había acabado muerta.
Policías como Reeds o Carver estaban muertos.
A él no le esperaría nada mejor si no se apartaba cuanto antes de esa historia.
Se levantó, se sirvió un vaso de agua y se sentó a la mesa de la cocina.
Sus pies descalzos tocaban el gélido suelo de su apartamento, pero su interior ardía tanto que ni siquiera fue consciente del frío.
Solo supo que abandonar la idea de descubrir lo que pasaba en el Ice era lo más sensato si no quería aparecer muerto en cualquier esquina.
Apuró el vaso de agua, lo dejó sobre la mesa y apoyó las dos manos en el borde de esta, con intención de levantarse y regresar a la cama.
Dio un golpe furioso en la tabla, que resonó en el silencio de la madrugada.
Debía olvidarse del artículo y del ascenso, él no tenía ninguna gana de que su última respiración cambiase el contaminado aire de Nueva York por una bocanada de agua helada del Hudson o del East River, y mucho menos quería que su familia corriera peligro, pero su interior bullía de furia.
Volvió a su habitación, se vistió y salió del apartamento en plena madrugada. Estaba echando la llave cuando un sonido procedente de la puerta de Akina Nakamura lo sobresaltó.
—Tú hacer mucho ruido cuando no dormir —le dijo su vecina, asomada por una leve rendija entre la puerta y la pared—. ¿Ir a alguna parte tan temprano?
—Necesito que me dé el aire.
—Invierno frío, no bueno el aire a esta hora. Pasa. Té está listo en cocina.
Ian ni siquiera dudó cuando ella le abrió la puerta para que pasara.
No quería que le diera el aire, necesitaba compañía para espantar a los fantasmas.
Se guardó la llave de su casa y entró en la de Akina siguiéndola por el pasillo.
En un pequeño aparador reposaba una fotografía del matrimonio Nakamura, poco antes de que Takuma muriera.
Los dos miraban sonrientes a la cámara bajo los cerezos en flor de Central Park.
No tenía que preguntar para datar la fotografía, se había tomado en la pasada primavera, solo un mes antes de que el señor Nakamura falleciera, y lo sabía porque la había hecho él.
La sonrisa de felicidad de los dos era genuina, sus manos entrelazadas hablaban del amor que se tenían y del lazo que los unía.
Habían ido los tres juntos para celebrar el hanami , el ritual japonés de ver los cerezos en flor.
Los árboles habían sido el regalo de Japón al parque de la ciudad hacía casi una década y los Nakamura esperaban siempre su floración para celebrar la llegada de la primavera tomando té bajo uno de aquellos ejemplares.
Ese día, habían invitado a Ian y le habían hablado largo y tendido del significado de esos árboles en su cultura.
Qué rabia que Takuma hubiera enfermado y de un día para otro ella se hubiera quedado tan sola.
Akina no tenía a nadie en aquel país, pero tampoco razones para regresar a Japón.
—Ven, sienta aquí y cuenta qué ocurre a ti —dijo ella, sirviéndole una taza de oloroso té de frutos rojos en la mesa de la cocina.
—Disculpe si la he despertado.
—Esta vieja ya no duerme —dijo ella, haciendo un gesto con la mano—. Noches muy largas desde que Takuma deja sola. Pero tú sí, tú roncar mucho y hoy no escuchar ronquidos, escuchar levantarte y dar vueltas. Y golpe fuerte.
Ian nunca se había escuchado roncar, pero si la señora Nakamura decía que roncaba debía de ser cierto. Él oía con claridad el eco de las conversaciones del piso de abajo y llorar al bebé que dormía una planta más arriba, con tanta nitidez como si los tuviera en su propia habitación.
—Además —siguió ella—, tú cantar últimas semanas cuando volver a casa. Y ayer no cantar.
—Tuve que cubrir una noticia. Le hice fotos a una chica muerta —le dijo Ian.
—Pero tú hacer antes fotos a muertos, ¿verdad? No ser primera vez.
—No, no era la primera vez.
—¿Por qué no poder dormir, entonces? —preguntó Akina.
Justo después, dio un sorbo a su taza, sin perder de vista a Ian, que parecía sumido en un profundo desconsuelo.
—Porque la conocía.
—¿Ser una de las chicas que dejan carmín en tus camisas?
—No —sonrió él, aunque le salió una mueca tristísima—. No era una de esas chicas.
Alguna vez, Akina lo había ayudado a deshacerse del rastro que habían dejado en el cuello de su camisa unos labios femeninos, Beatrice se ponía hecha una furia cuando le pedía ayuda a ella.
No dejaba de repetirle que debía sentar la cabeza de una buena vez, que ya no era un niño como para andar haciendo tantas tonterías.
—¿Tú querer contarme qué pasa de verdad?
—No, yo quiero olvidarlo, quiero olvidarlo ya —contestó él, y esta vez ningún rastro de sonrisa se asomó a su rostro.
—Trigo no crecer más deprisa por mirarlo. Dejar que pasen días y eso irá lejos.
—Señora Nakamura, no soy como usted. Nunca la he visto dejarse vencer por el desaliento, ni siquiera en el entierro del señor Nakamura. ¿Cómo lo hace? —preguntó Ian.
—Nosotros decimos: «Si un problema tener solución, ¿para qué preocuparse? Y si no tener, ¿para qué preocuparse?».
Él se ahorró decirle que lo que le preocupaba quizá estaba poniendo su vida en peligro y no le resultaba tan fácil mantenerlo al margen de sus pensamientos.
Lo había visto en los ojos de Molly, en ese terror que se quedó prendido en ellos y le asustaba pensar que quizá el siguiente, si seguía obcecado en resolver aquel rompecabezas que arrancó una noche de septiembre, sería él.
—¿Y por qué tú cantar otros días cuando llegar a casa?
La pregunta pilló a Ian perdido en ese pozo oscuro que llevaba atrapándolo unas horas y tardó en reaccionar. Cuando lo hizo, sonrió, la primera sonrisa verdadera desde el día anterior.
—No me he dado cuenta de que cantaba.
—Tú saber, tú sonreír ahora. ¿Eso tampoco poder contármelo?
Ian se recostó contra el respaldo de la silla. Durante unos instantes fingió que no se lo iba a contar, pero él y Akina sabían que lo haría.
—He conocido a una mujer —confesó, después de mirar al techo, morderse el labio inferior y volver a sonreír.
—Cuando amor llega, hasta cicatrices de viruela iguales a hoyuelos en mejillas. Tú no hacer tonterías, tú recordar lo que yo decirte. Evitar niños antes de que ser tarde —le dijo, muy seria.
Siempre le había maravillado la profunda serenidad de aquella mujer que parecía delicada por fuera, pero que había demos trado ser tan fuerte como una roca.
Desde que Takuma Nakamura murió, trabajaba con una clínica del Lower East Side que se ocupaba de mujeres.
Algunas de ellas habían acudido a lugares poco recomendables a abortar por cinco dólares o habían intentado hacerlo ellas mismas y llegaban allí gravemente enfermas.
Su misión era consolarlas, pues no tenía conocimientos de medicina.
A ella le hubiera gustado ser madre y le partía el corazón ver cómo muchas mujeres se deshacían de sus hijos, pero le dolía aún más que lo hicieran en aquellas condiciones tan lamentables.
Era una firme defensora de los métodos anticonceptivos, seguidora de los postulados de Margaret Sanger, y no perdía ocasión de aleccionar a Ian para que no hiciera pasar por ese calvario a ninguna mujer.
—No hay peligro, es una dama. No es para mí, señora Nakamura.
—Palabras mentirosas. Tu corazón no creer lo mismo. Ni ojos, ni garganta…
—Es una mujer que está demasiado alto para mí —le contestó él.
—Inventa escalera.
Ni empalmando todas las que consiguiera encontrar en Manhattan podría llegar a alcanzar a Elisabeth Davenport, se temía, pero le gustó escuchar aquel optimismo en Akina. Soñar no estaba prohibido y resultaba un alivio en aquella noche tan larga.
—Gracias por el té, señora Nakamura.
—¿Volver a casa?
—No, tengo que hacer algo antes.
Viernes, 9 de diciembre de 1921
Nueva York
Despuntaba el alba entre los edificios de Nueva York, cuando Ian llegó a la casa de su hermana.
Pensó que, en cuanto lo viera al otro lado de la puerta, Beatrice sospecharía que algo no iba bien, del mismo modo que sabía que no se conformaría con ninguna tibia excusa que él le diera para justificar su presencia tan temprano.
Golpeó la madera con los nudillos, con tanto cuidado que los ligeros toques se asemejaron a un leve susurro, y al poco se escuchó un rumor de pasos arrastrándose al otro lado de la puerta.
Esta se entreabrió y los somnolientos ojos de su hermana aparecieron por una estrecha rendija.
—¡Ian! ¿Qué demonios pasa? —susurró Beatrice.
—Necesito hablar con Connor —le respondió él en el mismo tono, pero con un atisbo de ansiedad.
—Entra.