Capítulo 9 #3
—Cuéntame, John, ¿cómo están tu hermana, Victoria y los niños?
—Bien —contestó él.
Al otro lado de la línea, Felicia le hizo una advertencia:
—Sabes que me pone de los nervios que me contestes así, ¿verdad? Haz el favor de contarme algo o iré yo misma a Nueva York con cualquier excusa a sonsacarte información.
—No creo que a Albert le haga gracia que me la sonsaques como solías hacerlo —le dijo él, divertido.
—¡Ni en tus mejores sueños lo haría así, Lowell! Lo nuestro se acabó, aunque siga queriéndote con locura. Porque te quiero y porque te conozco, no me vale con un escueto «bien». ¿Qué más no me estás contando?
John se levantó de su cómoda silla y, con el auricular del teléfono en una mano, se quedó mirando la pared.
—Yo también celebré la inauguración de los almacenes… con Victoria.
—¿Y pensabas despacharme con una palabra? ¡Serás…!
—Eres una cotilla.
—No, John, te quiero, y ahora sí te creo, ahora sé que estás bien.
Por fin. Te llamaré en una semana para enviarte nuestros adornos de la pasada Navidad, allí no han visto esa decoración.
Compraré una nueva para Boston y tú reutilizarás todo lo que tenemos.
Como verás, también pienso en ahorrarle dinero a la empresa —le dijo.
—¿No me vas a preguntar detalles de lo que ha pasado con Victoria? —se sorprendió John—. Ahora la que me preocupa eres tú.
—No te los voy a preguntar porque voy a convencer a Albert para que pasemos las Navidades en Nueva York y me lo va a contar Violet —contestó ella.
—Victoria.
—Eso, Victoria, a veces confundo su nombre con el de su hija. Da igual, me lo contará ella —dijo Felicia.
—¡Pero si no la conoces!
—Acabo de declararla mi mejor amiga, así que estoy segura de que me lo contará. Hablamos la semana que viene. Te quiero, John.
—Yo también te quiero.
Después de las últimas palabras, él colgó el auricular sonriendo. Se dio la vuelta y, frente a sus ojos, encontró a Clarissa. Tenía el rostro mucho más serio que en los días anteriores.
—¿Sucede algo? —le preguntó John, preocupado.
—Ya está listo todo lo que tenía que hacer. ¿Podría hoy irme a casa ya?
—¿Te encuentras mal?
—Creo que algo no me ha sentado bien, eso es todo —se excusó ella.
—No hay problema, vuelve a casa.
Cuando la muchacha salió del despacho, lo hizo furiosa. Solo había logrado alcanzar a escuchar unas palabras: «Victoria» y «te quiero». Tenía que serenarse y pensar un plan para separar a John de esa mujer.
Para ser sincera, de cualquier mujer.
Había decidido que sería suyo.
Jueves, 8 de diciembre de 1921
Nueva York
Tan pronto como alcanzó la redacción, Ian se encerró en el cuarto de revel ado. Antes de apagar la luz para sacar el negativo, ordenó las botellas de los químicos y localizó lo que necesitaba: el embudo, el termómetro, las tijeras y unas pinzas.
Cuando introdujo el negativo en el tanque opaco, revisó la temperatura del revelador diluido con agua y lo vertió sobre él.
Mientras agitaba el recipiente en intervalos de un minuto hasta cubrir el tiempo necesario para alcanzar toda la superficie de la película, no dejaba de pensar en la mirada de la muchacha, que le había provocado un estremecimiento.
Por un instante, sintió que estaban conectados, que ella lo miraba con una súplica enredada en sus ojos muertos, pidiéndole algo.
Golpeó el tanque tres veces contra la mesa para eliminar las posibles burbujas en el negativo y con ello se obligó a regresar a la realidad y a espantar las lúgubres ideas que lo perseguían.
El tiempo corría y las fotografías debían estar listas para entrar en las rotativas y salir en la edición de la mañana siguiente.
Eso era lo único en lo que debía pensar.
Cuando transcurrió el tiempo necesario, devolvió el líquido revelador desde el tanque a su botella y se dispuso a detener su acción añadiendo el baño de paro.
Distribuyó el ácido por el tanque y lo movió con cuidado una docena de veces, sin perder de vista el reloj.
Unos segundos antes de que el tiempo expirase, golpeó de nuevo el tanque sobre la mesa y lo dejó actuar un par de minutos extra.
Su mente volvió a ella, a esos ojos que parecían querer decirle algo, a la incomodidad que se había instalado en su alma a partir de los escasos tres segundos que fue capaz de sostener su mirada hueca.
Cerró los suyos, como si aquel gesto pudiera servirle de algo, pero ahí seguía.
En la penumbra del cuarto oscuro no lograba librarse de la angustia, así que decidió empujarla fuera de su cabeza contando el tiempo que quedaba, al compás del tictac monótono del reloj.
Al pasar los dos minutos que restaban, introdujo el negativo en el fijador, volcándolo a menudo y obligándose a pensar en que había prometido a Beatrice que la llevaría a los almacenes Lowell a comprarle alguna fruslería con el dinero obtenido por las fotos de Elisabeth.
El pensamiento logró tranquilizarlo y, cuando estaba colgando los negativos con una pinza para que se secaran, unos toques repetidos en la puerta del cuarto oscuro llamaron su atención.
—¿Vas a tardar mucho?
La voz del redactor jefe llegaba amortiguada, pero firme.
—Media hora al menos —contestó, todavía quedaba llevar aquellas fotografías al papel.
—¡Espabila, Brennan, Smith ya tiene el artículo!
—Escribir cuatro palabras no necesita tanto tiempo como esto, así que si quieres fotos, tendrás que tener paciencia —le espetó con desdén a su superior.
No sabía la cantidad de veces que les había explicado que la fotografía tenía sus plazos, que no era disparar y obtener un resultado inmediato. Quizá llegase un día en el que así fuera, pero, de momento, era un trabajo laborioso que requería seguir los pasos con meticulosidad.
Normalmente, Ian hacía una plancha de contactos para no desperdiciar papel en fotos imprecisas, pero las prisas de ese día lo obligaron a fiarse de su instinto y su experiencia, y elegir desde el negativo la mejor toma. En cuanto estuvo seco, lo examinó al trasluz.
Apagó la luz blanca del laboratorio y colocó la tira sobre el portanegativos de la ampliadora hasta que llegó a la imagen que había seleccionado.
Ajustó el tamaño y la enfocó sobre la superficie de la mesa.
Después, la encendió con el filtro rojo y colocó bajo ella una hoja de papel fotográfico.
Cuando estuvo seguro de que su superficie quedaba cubierta con la imagen, cerró la luz y retiró el filtro.
Volvió a encender la ampliadora y contuvo el aliento.
Nunca, desde que había aprendido aquel oficio, le había costado tanto revelar unas imágenes.
Llevó el papel a la emulsión reveladora y agitó la cubeta.
Unos ojos aterradoramente abiertos lo miraron como si volviera a tenerlos enfrente.
Antes de coger el papel con las pinzas para introducirlo en el ácido, antes de sacar la fotografía de él y dejarla escurrir, mucho antes de abrir de nuevo la luz blanca del laboratorio, Ian se dio cuenta de que estaba llorando.
La mujer era Molly, la limpiadora del Ice.
No le parecía el tipo de muchacha que pudiera permitirse estar enganchada a la heroína, una droga con la que en ese tiempo coqueteaba la gente de clase media y alta, o algunas prostitutas.
Quizá ese día en el que hablaron le mintió y no se trataba de una limpiadora, sino de una de las mujeres que acompañaban a los hombres a las habitaciones de la planta superior, entonces sí era factible que aquel veneno que le había dado a la gente por usar para escapar de la realidad se la hubiera llevado por delante.
Cogió la fotografía, borró los rastros de lágrimas con la manga y se dirigió a la redacción. Después de tirarla en la mesa del redactor jefe, salió a la calle para tomar aliento.
Había empezado a anochecer en Manhattan.
Viernes, 9 de diciembre de 1921
Nueva York
El recuerdo del cuerpo de Molly bajo la manta, con una jeringuilla pinchada en su brazo, mantuvo a Ian dando vueltas en la cama.
Por más que intentaba pensar en algo agradable que lo ayudara a tranquilizarse y a conciliar el sueño, n o era capaz.
Una y otra vez, volvía a su mente la imagen de esos ojos mirándolo desde el vacío de la muerte.
Pasadas las cuatro, el cansancio venció y el sueño lo alcanzó; pero no logró dormir ni media hora.
Después de unos minutos, en los que su respiración se relajó y consiguió entrar en el territorio de Morfeo, algo se descolocó en su interior.
Tuvo que incorporarse en la cama para recuperar el aliento.
El corazón le latía tan fuerte como si se hubiera obligado a correr rodeando tres veces el lago de Central Park.
Encendió la luz de la mesita de noche, buscando dispersar las sombras.
En la inconsciencia del sueño, le habían sobresaltado los ojos de Molly, aquella mirada hueca incapaz de enlazarse con la suya.
Mientras permaneció despierto no lo vio, pero en cuanto se relajó, fue como descorrer un velo.
La gente que moría por una sobredosis de heroína primero se quedaba dormida.
Poco a poco, iba cayendo en ese sueño profundo que provocaba que su cuerpo se olvidase de respirar.
Lenta y suavemente, se iban de este mundo mecidos por la relajación que provocaba la droga.