Los cerezos de Central Capítulo 9 #2
57%

Capítulo 9 #2

—¿Se sabe qué ha pasado? —le preguntó a Ronald Smith, el redactor de The New York Times que había llegado antes que él.

—Espera.

Smith echó un vistazo a los agentes, que en ese momento trataban de que los curiosos se dispersaran.

Con un movimiento de cabeza simuló despedirse de los otros periodistas, a la vez que con el pie separaba la manta que cubría el cuerpo a la altura del brazo derecho, dejándolo al descubierto.

Ian observó que llevaba una jeringuilla clavada en la sangradura.

—¿Morfina? —le preguntó a Smith.

—Solo se me ocurre eso o heroína.

—¿Dónde ha aparecido?

—Estaba sentada en ese portal. Cuando han salido los vecinos y le han llamado la atención, el cuerpo ha caído desmadejado. La policía dice que, por su ropa, podría ser una mendiga.

—¿Una mendiga consumiendo heroína o morfina? —preguntó Ian.

—Demasiado lujo para una mendiga, ¿verdad? Haz la foto de ese brazo antes de que alguien se dé cuenta y nos eche de aquí. No es a nosotros a quienes les corresponde averiguar qué ha pasado, sino a esos —contestó Smith, señalando a los policías.

—Ve a preguntarles algo.

Ian disparó varias veces la cámara, mientras Ronald ofrecía tabaco a los agentes e intentaba sonsacarles algo de información extra.

A él también le intrigaba por qué una muchacha joven —la mano gritaba su juventud— había muerto en un portal con una jeringuilla clavada en el brazo.

¿Por qué no se había pinchado en un lugar más privado?

Nueva York tenía escondites para quienes quisieran evadirse de la realidad y cualquiera que indagase un poco era capaz de localizarlos, los fumaderos de opio.

Era cierto que habían entrado en decadencia en 1909 con la prohibición de la importación para uso recreativo de la droga, pero no desaparecieron.

Su negocio se resintió de nuevo en el 14, cuando se aprobó la Tax Act que afectó a la producción, importación y distribución de opio y coca, pero hombres y mujeres de todas las clases sociales habían descubierto que existía un medio de evasión que los alejaba de sus miserias diarias y no renunciaron a ello.

Los fumaderos resistieron, como aguanta la mala hierba, y quienes encontraron un camino para hacer negocio se aprovecharon de la debilidad de los que se habían convertido en adictos: al opio, a la morfina, a la heroína o al sexo desinhibido que el consumo traía como extra y que abrió otra vía de negocio para quienes las buscaban aprovechándose de lo más oscuro del ser humano, la trata de blancas.

Quizá esa chica, pensó Ian, era una de esas pobres desgraciadas que habían acabado rendidas a la evasión efímera que proporcionaban las drogas y se había visto obligada a prostituirse.

Se aseguró de que nadie lo veía para agacharse y retirar la manta del rostro de la muchacha.

Quería hacer una fotografía de ella, ponerle cara al horror de ese submundo que convivía en Nueva York con el lujo de los almacenes Lowell.

Cuando su mirada se encontró con los ojos abiertos de la mujer, a Ian se le heló la sangre.

Jueves, 8 de diciembre de 1921

Nueva York

John no había hablado con Felicia desde la inauguración de los almacenes.

Cada vez que se acercaba al teléfono, Clarissa lo reclamaba para un asunto urgente que necesitaba su supervisión, un papel que debía firmar o un pequeño problema en la sala de ventas que debía subsanarse de inmediato.

Ese jueves, aprovechando que su asistente había salido a un recado y que era poco probable que apareciera con alguna tarea inaplazable bajo el brazo, telefoneó a Boston.

—¡Ya era hora! —dijo Felicia, cuando escuchó la voz de su socio al otro lado de la línea—. ¿Va todo tan mal con los almacenes que te da miedo contármelo?

—Al contrario, pero hay tanto trabajo que ha sido difícil encontrar un momento.

—Lo sé todo, aunque no hayas tenido la decencia de llamarme —bromeó Felicia—. Sé que los almacenes son un éxito.

—¿Quién te lo ha contado?

—¡Lo sabe todo el mundo en Boston! El Globe le ha dedicado una columna.

Escucha: «El empresario inglés John Lowell, dueño de los almacenes Lowell de Boston, ha inaugurado su nueva tienda en la ciudad de Nueva York.

Siguiendo la línea de la que lleva años deleitando a los bostonianos, la sala de ventas expone cientos de productos importados desde Europa junto a las más delicadas novedades nacionales.

Destacan por encima de todos los vestidos, en los que la calidad y el diseño van de la mano de la comodidad y la elegancia.

Una novedad que incorporan son sus propios diseños de moda femenina, firmados por la modista francesa Camille Leduc, que cada clienta podrá personalizar de acuerdo con su gusto.

A la fiesta de inauguración acudió lo más selecto de la sociedad neoyorquina, que los ha recibido con los brazos abiertos».

Sigue diciendo dónde están localizados e incorpora una imagen de los escaparates.

¡Tu hermana está preciosa en las fotografías!

He mandado un ejemplar a París para Camille y tienes en camino otro para ti.

A John le gustaba el entusiasmo contagioso de su socia, la alegría con la que le leía la noticia del periódico.

—He estado tan ocupado que de la crónica del New York Times solo sé que obtuvimos halagos.

Tampoco la he leído. Estamos desbordados de pedidos, te felicito, no pudiste tener mejor idea con eso de darle a cada mujer el vestido que quería: al final son tan increíbles los cambios que apenas se nota que todos han salido del mismo patrón.

—Por supuesto que tuve una buena idea, querido, cuando te sugiero algo es porque estoy muy segura de que va a funcionar.

Y tengo otra. Deberías organizar un desfile privado en Manhattan, la prensa volvería a hablar de ti, las neoyorquinas se volverán locas por llevar sus modelos y tus almacenes seguirían acumulando prestigio. Y dinero, que es lo más interesante.

—¿De dónde has sacado ese talento para los negocios? —le preguntó John, recostado en la silla de su despacho.

—Es natural en mí, por supuesto —le contestó ella, y antes de terminar la frase se estaba riendo—.

Supongo que el hambre aguza el ingenio, pero, además, tuve la suerte de tener a mi lado a alguien que apoyó cada paso que daba, cada idea que se me ocurría, por descabellada que fuera, y perdí el miedo a ponerlas en voz alta.

John sabía que se refería a él, pero pensó que el mérito no era suyo. Las ideas de Felicia se convertían en dinero, habría sido un patán si las ignorase.

—¿Qué tal todo por ahí? —le preguntó.

—Muy bien, muy… relajado —dijo ella, con un tono un tanto misterioso.

—¿Qué has querido decir con «relajado»?

—A ver —sonrió ella, y aunque John no la viera, pudo imaginar su rostro por el tono empleado—. Tengo algo más que contarte.

—¿Alguna buena idea que ha puesto otra vez a nuestros almacenes a la cabeza de ventas de Boston? ¿Qué se te ha ocurrido ahora? ¡Sorpréndeme!

—No es nada de los almacenes, es algo… personal.

La pausa intencionada de Felicia colocó un nombre en la punta de la lengua de John y no pudo evitar que se le escapara en cuanto decidió hablar.

—¿Albert?

—Veo que yo soy la creativa y tú, el intuitivo en el negocio. Nos irá siempre bien juntos, hacemos muy buen equipo. No deberíamos deshacerlo nunca.

—¿Habéis logrado llevaros bien por fin? —le preguntó.

—Más que bien. El martes, cuando leímos la crónica de los almacenes Lowell de Nueva York, me propuso salir a cenar para celebrar el éxito. Y lo celebramos. ¡Vaya si lo celebramos!

El empresario sonrió; no hacía falta que le contase más, en el pasado él mismo había ocupado el lugar que ahora empezaba a tomar Albert en la vida de Felicia y podía imaginarlo a la perfección. Se alegraba de que su socia, al fin, hubiera encontrado una persona con la que compartir sus días.

—¿Eres feliz? —le preguntó.

—Mucho, como ya no recordaba que se puede ser feliz. De hecho, había descartado para mí ese tipo de felicidad. Pensaba que lo más emocionante que haría en adelante en la vida sería disfrutar del balance positivo de nuestras cuentas —se rio—. Aunque…

—¿Qué sucede? —inquirió John, preocupado por el tono de su última palabra.

—Temo que Emily White vuelva esta relación en mi contra y eso afecte a los almacenes. Le he pedido a Albert que, de momento, seamos discretos.

—No puede hacerte nada, Felicia —le aseguró John—, eres una mujer libre y él también. ¿Cuál es el problema de que se os vea juntos?

—Boston es el problema, la gente como Emily y Gilbert, que no me perdonan que jamás me convirtiera en una viuda doliente, y más de su clase a la que no le ha gustado nunca que yo esté al frente de un negocio como los almacenes y contribuya a su éxito.

John recordó los años en los que Felicia sacó adelante sola el negocio, sin perder el aliento un solo día. Estaba seguro de que lo que decía era cierto, que había mucha gente que no le perdonaba, no tanto el éxito, sino que lo hubiera conseguido siendo una mujer.

—Albert es más joven que yo, John, estamos dando munición con la que atacarnos a esta sociedad tan conservadora.

Creo que en Nueva York se vería de modo diferente, allí todo parece más libre.

Y, sobre todo, allí no está Emily. Está mucho más furiosa que antes conmigo, porque despedí a su maravilloso hijo, no descarto que se vengue.

—No me gustaría preocuparte más de lo que estás, pero…

—¿Han hecho algo los White? —preguntó Felicia, con algo de ansiedad.

—No, que yo sepa, salvo que Emily se presentó en la fiesta de inauguración de los almacenes.

—¡Dios santo! ¿En Nueva York? Por favor, John, abre los ojos bien, esa mujer es una víbora.

—No te alteres, los tengo bien abiertos.

Felicia hizo una pausa para tomar aliento. La presencia de uno de los White en Nueva York no era una noticia para celebrar y enturbiaba algo el buen ambiente que había creado la inauguración y que presidía la conversación que estaban manteniendo. Quiso retomarla para no irse con mal sabor de boca.