Capítulo 9
Nueva York
Victoria comenzó a impacientarse cuando el reloj de la salita del apartamento de John señaló la medianoche y él seguía sin aparecer.
Tras la conversación con Elisabeth, decidió esperarlo, pero ya no estaba tan segura de que aquello fuese buena idea.
Empezó a acecharle el miedo de que su tardanza tuviera que ver con planes para celebrar su éxito de ese día con Clarissa.
El pensamiento se burló de ella y la empujó a agarrar sus zapatos y marcharse a dormir.
Con ellos colgados de los dedos de la mano izquierda, se encaminó descalza a su cuarto.
Allí, primero, sustituyó el vestido de fiesta por un elegante camisón de seda blanco, que cubrió con una bata con encajes en las mangas; después, se sentó frente a un espejo para deshacerse del suave maquillaje.
Despacio, prolongando de aquel modo la espera, fue descubriendo su rostro, dejándolo libre del disfraz de aquella noche.
Cuando estaba a punto de acostarse, escuchó el pestillo de la puerta de entrada y el leve tintineo de las llaves al chocar con la madera del recibidor, seguido por el sonido de unos pasos avanzando por el pasillo.
Victoria se acercó hasta la puerta de su habitación y tomó el pomo, dispuesta a abrirlo.
Se detuvo, apoyando la cabeza en la madera y regañándose por el latir descontrolado de su corazón, que parecía haber regresado a los quince.
Ya era una mujer, viuda, libre, no una niña a punto de ser presentada en su primera temporada.
Tenía el alma repleta de las cicatrices que habían dejado los últimos años.
Fue ese dolor, los asuntos pendientes que todavía le quedaban a la agenda de su vida, el que empujó a su mano a girar el pomo y abrir la puerta de la habitación sin la más mínima duda.
Al otro lado, con la mano en alto, en un gesto inequívoco que indicaba que se disponía a tocar, encontró a John.
Su sonrisa tuvo el efecto de volver aún más erráticos los latidos de ella.
—¿Me estabas esperando? —le preguntó John.
—No seas engreído, iba a buscar un vaso de agua.
Él la conocía lo suficiente como para saber que aquellas palabras no eran sino un juego y se lo demostró la sonrisa que le regaló, junto con su relajada postura apoyada con una mano en el marco de la puerta.
—No te he visto apenas en la inauguración —le dijo John, en un susurro.
Pretendía no despertar al resto de ocupantes de la casa, pero tuvo el efecto de despertar la piel de ella, que se erizó.
—No quise molestar. Era tu noche, John —le contestó ella, apoyando la cabeza en la madera de la puerta.
Él elevó la mano y acarició uno de los suaves mechones de su pelo, que le colocó tras la oreja. Las yemas de sus dedos alcanzaron a notar el estremecimiento de Victoria.
—Necesito que hablemos.
—¿Ahora?
—Sí, ahora, mañana volveré a estar muy ocupado. Lo de hoy solo ha sido un ensayo de lo que serán los próximos días.
Victoria recordó los gestos de intimidad que había presenciado entre él y su asistente.
No hubiera sentido tanto frío si de pronto alguien le hubiera lanzado un balde de agua helada sobre la cabeza, como después de las insinuaciones de Clarissa.
Se obligó a reponerse de aquella desagradable sensación, se enderezó y le contestó.
—Espérame en la salita mientras me visto.
Hizo el gesto de ir a cerrar la puerta, pero él se lo impidió con suavidad sujetando la madera con la palma de la mano.
—Preferiría hablar contigo ahí dentro.
—No creo que sea adecuado a estas horas de la noche.
—Lo sé —murmuró—. Pero también sé que quiero que dejemos de aplazarnos de una vez. No necesito que te vistas, al contrario, me muero por desnudarte.
Sus palabras susurradas la dejaron sin aliento y apenas siguió respirando cuando él le acarició la barbilla con el dorso de un dedo y la condujo a que lo mirase a los ojos.
—Por favor, no me rechaces, hace mucho que te estoy esperando —le dijo.
«No me rechaces». Las tres palabras cosquillearon en sus oídos y en su sexo, ávido de atenciones desde hacía mucho, y trasladaron sus pensamientos hasta su casa de Londres, a aquel día en el que se encontraron tras el hundimiento del Lusitania.
Pensó en lo que sucedió después: su desaparición, la decisión de casarse con Edward para que Evan tuviera una familia.
Cerró los ojos y, al abrirlos, todas aquellas emociones brillaban en ellos.
John y ella tenían una historia. Incompleta, vivida a saltos, pero tan real que solo le hacía falta tenerlo cerca para que su cuerpo respondiera con un ímpetu que no había sentido con nadie.
Sería una estúpida si un gesto posesivo de otra mujer la frenaba.
John le estaba pidiendo que no lo hiciera y esa noche era a él a quien debía escuchar.
Abrió del todo la puerta y tiró de su chaqueta.
El primer beso comenzó antes de que cerrase del todo y empujó a su sangre a una carrera alocada por las venas.
Quiso saber que pasaría con un segundo y un tercero, qué sucedería en su piel y en su cuerpo si cedía al deseo que la consumía y dejaba de contarlos.
Ya la habían besado, pero lo que sentía en esos momentos lo notó nuevo, una promesa de sensaciones que se multiplicaron cuando John deslizó los dedos bajo la seda de la bata y esta cayó al suelo.
Siguió sus ojos, que recorrían su cuerpo; primero se detuvieron en los labios, después, en el cuello y, cuando la tela del camisón se interpuso, fue ella misma quien se deshizo de él.
«No me rechaces».
Las palabras de John resonaban en su mente, mezclándose con los besos con los que seguían devorándose, y la ropa de John pronto acabó dispersa por la habitación.
«No me rechaces».
Y fue lo que hizo, no rechazarlo, beberse cada una de sus caricias, disfrutar de ese cuerpo que tantas veces había anhelado.
Se rindió a él y a ese juego de dos, en el que él se hundió en ella hasta que los dos estallaron casi a la vez.
Fue después, cuando la calma que siempre sigue a la tormenta los encontró exhaustos y abrazados en la cama, cuando John se atrevió a dar un paso más.
—Quédate —le susurró al oído.
—Estoy en mi cama —contestó ella.
—Sabes de lo que te estoy hablando, Victoria. Quédate.
Ella quiso contestarle lo que su corazón le gritaba de manera atronadora, que lo haría, que se quedaría donde hiciera falta, pero se limitó a acurrucarse a su lado y a abrazarlo.
—No me has contestado —le dijo él, cuando se cansó de esperar su respuesta.
Victoria se incorporó, separándose a su pesar de ese cuerpo que encajaba a la perfección con el suyo.
—¿Y qué pasará con Clarissa?
—¿Qué sucede con ella? —preguntó John.
—Creía que teníais algo.
Él tiró de su brazo para que volviera a tumbarse a su lado.
—Es mi asistente, nada más.
—Nunca me mentirías sobre esto, ¿verdad?
—No tiene ninguna importancia en mi corazón. Quiero conservarla en su puesto porque está haciendo bien su trabajo, eso es todo.
Victoria hizo un gesto casi imperceptible de fastidio. Eran celos, quizá injustificados, pero estaban ahí. John no lo vio, pero notó a través de la piel que permanecía pegada a la suya que ella se tensaba.
—No tienes nada que temer. Ninguna mujer brilla como tú para mí.
Jueves, 8 de diciembre de 1921
Nueva York
Ian llevaba tres días ensimismado con el recuerdo de Elisabeth. No podía dejar de pensar en la gracilidad de sus movimientos, la suavidad de su voz, su cálida sonrisa o la elegancia con la que lucía cada vestido con el que la fotografió.
Nunca le había fascinado una mujer tanto.
Él era de citas fugaces, amores de una noche a los que reclamaba lo mismo que ofrecía: un intercambio de sexo, poco más que una transacción comercial con la fecha de caducidad sellada para el día siguiente.
Un día, a lo sumo dos, si el primero había merecido la pena, porque siempre le habían producido estupefacción esas viejas historias de caballeros que no hacía tanto se batían en duelo al amanecer por el amor de una dama.
Una manera absurda de morir, incomprensible para un espíritu libre como el suyo, que había decidido que jamás iba a atar su corazón al de nadie.
Pero él no era un romántico. Sentía que le quemaba el no poder sacarse de la cabeza el azul de los ojos de ella y aquellos labios llenos que lo tentaban; el deseo de besar el diminuto lunar que le asomaba a Elisabeth debajo de la oreja derecha; el anhelo de las yemas de sus dedos recorriendo la cicatriz antigua, que le atravesaba el brazo izquierdo…
Todas aquellas emociones solo tenían que ver con un deseo no satisfecho y del todo imposible.
Ella era como lo que exponían los almacenes Lowell: una mercancía de lujo que solo podía permitirse mirar.
—¡Brennan!
El fotógrafo, que se columpiaba distraído en su silla de la redacción de The New York Times , dio un respingo y se puso de pie cuando el redactor jefe le gritó casi al oído. La silla cayó al suelo armando un estrépito que concentró todas las miradas en él.
—¡No hace falta que me grite! No estoy sordo.
—Baja de las nubes y espabila, chico, tienes trabajo.
El hombre tiró un papel en su mesa que tenía escrita una dirección de Chinatown. Ian lo recogió y alzó las cejas esperando instrucciones.
—Ha aparecido muerta una mujer. Ve antes de que la policía se lleve el cadáver y regresa a tiempo con las fotografías para el artículo. ¡Vamos, Smith ya está allí!
Ian colocó la silla y recogió la chaqueta que se había caído del respaldo.
Rápido, agarró la cámara, la gorra de la mesa y su abrigo del perchero y se los fue poniendo mientras corría escaleras abajo hasta la calle.
Una vez allí, lo recibió un viento gélido que lo obligó a levantarse las solapas del abrigo y estuvo a punto de hacer que se volase su gorra.
Sin entretenerse, enfiló hacia el metro.
En veinte minutos se plantó en la escena del crimen y allí registró la presencia de media docena de policías, tres o cuatro periodistas y un gran número de curiosos.