Epílogo
Almond Hill
Los días anteriores, Elisabeth disfrutó de la diversión que le proporcionaron los intentos de Victoria por conseguir que Mary le revelase los pormenores del vestido que había confeccionado para ella.
—¡Pero dame alguna pista!
—Crepé de seda con elegantes encajes en las mangas. Y el escote en forma de uve no demasiado pronunciado —le había contestado Mary, misteriosa, en uno de ellos.
—¿Eso es todo lo que puedes decirme?
—Bordados, pequeñas perlas… Ah, y esto es importante: el ramo debería ser de flores blancas.
No logró sonsacarle más. Victoria hubo de esperar a la mañana de la boda para descubrirlo, cuando las dos hermanas y la modista francesa, asistidas por la señora Durrell, se encerraron con ella en una de las habitaciones de la primera planta.
Cuando terminaron de abrocharle el vestido, se miró al espejo, fascinada por lo que las manos y el talento de Mary y Camille habían creado para ella.
—Yo tengo algo para que luzca aún más bonita —dijo el ama de llaves, y sacó de su bolsillo un pañuelo que, al desdoblarlo, descubrió una valiosa joya: la diadema que la condesa de Barton había llevado en su boda.
—¡Señora Durrell! —dijo Elisabeth, quien pensaba que la joya era una de las que Charles había vendido durante la guerra—. ¿De dónde la ha sacado?
—Les ruego que me perdonen, señoras. Cuando Martin y yo nos dimos cuenta de lo que estaba haciendo su difunto marido con los objetos de valor de la casa, la cogí del joyero y él la guardó en uno de los sacos de garbanzos de la despensa.
Nunca me dijo dónde la había puesto y no la encontré hasta hace unos días, cuando hicimos limpieza.
Casi la tiro, los garbanzos estaban llenos de gusanos.
—¡Póntela, Victoria! —la apresuró Mary, contenta por haberla recuperado.
—No puedo aceptarlo, era de vuestra madre.
—Es de los Davenport y John es uno de nosotros, acepta el préstamo —la instó Elisabeth.
—Pero…
— Mais voyons, c'est impensable de ne pas le porter! — la interrumpió Camille —. Ce diadème vous va à merveille, et il est fait pour une journée comme celle-ci. Ce n'est pas seulement un bijou, c'est un honneur. Acceptez-le.
Camille descargó su alegato en francés en favor de que la usara, que las tres amigas escucharon impertérritas, mientras la señora Durrell miraba a la modista con ojos críticos.
—Jesús, espero que lo que haya dicho sea bueno, no he entendido una palabra.
Cuando una hora después Victoria apareció en la capilla con un vestido de cola discreta y corte recto, John, que la esperaba en el altar, perdió el aliento. La miró con la misma devoción que la había mirado hacía dos días, cuando llegó a Almond Hill en coche con James.
Elisabeth, sentada en primera fila, recordó que tras ellos había entrado en la propiedad otro vehículo conducido por Felicia, acompañada por Albert Moore.
Fue tal el alboroto cuando llegaron que apenas se dieron cuenta de que en la parte trasera del vehículo había otro pasajero, que esperó con paciencia a que terminasen los efusivos saludos.
Ella, al escuchar pisadas en la grava, desvió un momento la mirada y entonces su cara se iluminó al encontrarse a Ian con las manos en los bolsillos y una sonrisa.
—Hola —le había dicho.
Las sílabas de la voz que más había añorado en los tres últimos meses provocaron que enmudeciera.
—¿No piensas decirme nada? —le preguntó él.
—Has venido… —acertó a contestar.
—He estado dándole vueltas a una oferta de empleo. En una revista, no sé si la conoces.
Elisabeth no necesitó más para lanzarse a sus brazos; olvidándose de que no estaban solos, lo besó.
—Te he echado mucho de menos —dijo Ian.
—Yo también a ti. ¿Vas a aceptar la oferta? ¿Te vas a quedar?
—Si la oferta sigue en pie… —Se encogió él de hombros.
Sentada en el banco, recordando, sonrió y miró a su izquierda.
Allí estaba Ian, con su pelo alborotado y su sonrisa canalla, que no se había desvanecido desde que llegó.
Cuando el párroco le preguntó a John si quería a Victoria por esposa, agarró la mano de Elisabeth y pareció que era él quien estaba sellando el sagrado pacto con ella.
Cuando le repitió las palabras a Victoria, fue Elisabeth quien asintió y le apretó la mano con afecto.
Mientras los votos de una pareja se pronunciaban en voz alta, otra los sellaba en una promesa silenciosa.
A media tarde, justo cuando el sol empezaba a descender en el cielo y la casa retornó a su calma dulce, pues los invitados empezaron a retirarse a sus habitaciones, los dos se permitieron un paseo por los caminos aledaños, disfrutando de la naturaleza que se entregaba sin reservas en la campiña inglesa.
Olía a lavanda y a rosas, a campo verde y limpio.
Ninguna nube amenazaba con cubrir el atardecer.