Los cerezos de Central Capítulo 8 #6
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Capítulo 8 #6

Elisabeth sonrió a la vez que se agachaba para desabrochar las hebillas de sus zapatos.

Nunca se le ocurriría lanzarlos con descuido, como acababa de hacer su amiga, pero tampoco nunca se había permitido ese simple gesto que acompañó sacando los pies de ellos y colocándolos a un lado en medio de la sala.

—John está enamorado de ti, Victoria, no deberías preocuparte por esa muchacha.

—No digas tonterías.

—No son tonterías, lo vi en la boda de Mary y lo veo cada vez que te mira desde que llegamos. Esa joven no es un problema.

—Me preocupa porque es muy joven y yo ya no. Los hombres prefieren a las mujeres jóvenes. A poco que se le insinúe, caerá en sus brazos.

—¿Tú crees que John es tan simple? Seguro que solo estaba siendo educado con ella.

Victoria se levantó y sus pies, cubiertos solo por las livianas medias, se hundieron en la mullida alfombra.

La calmada voz de Elisabeth estaba consiguiendo que su ánimo también se apaciguara.

No había podido evitar sentirse muy insegura frente a Clarissa Stone y le dolía, porque no era la primera vez que John y ella estaban muy cerca y algo o alguien los había separado.

Giró con desgana un pequeño globo terráqueo que estaba al lado de la chimenea y, sin mirar el lugar donde se había parado, se volvió hacia la hermana de John.

—No quiero pasar sola el resto de mi vida.

Quiero pasarla con John. Nunca me hubiera atrevido a venir si Evan no lo hubiera sugerido, pero, ahora que estoy aquí, sé lo que siento.

Sé que quiero a tu hermano y no quiero volver a estar lejos de él.

Y mi hijo tampoco. Me da miedo que aparezca alguien que explote esta burbuja de felicidad que empieza a inflarse después de tiempos muy oscuros.

—Pues no le permitas ni que piense en ella.

—¿Qué hay de ti? —preguntó Victoria.

—¿De mí?

—Phoenix Owen extiende alfombras por donde tú pisas y, ahora, intenta apartar a cuanto hombre se acerque a ti.

—No estoy interesada en él, ya lo sabes, pero no sé a qué te refieres cuando dices…

—Me refiero al fotógrafo —Victoria sonrió, al verla enrojecer—, yo también me he dado cuenta de lo que te pasa cuando está cerca.

Elisabeth se humedeció los labios y después suspiró.

Si había alguien con quien se podía sincerar en esos momentos, era con Victoria, aunque no tenía muy claro qué era lo que le podía contar.

Ella nunca había estado enamorada. Le pareció que así era con Charles, antes de casarse, pero no estaba segura ni siquiera de acordarse de aquellos sentimientos infantiles que la inclinaron hacia él.

—¿Qué me pasa con Ian?

—Escúchate. Se te escapa su nombre y no su apellido, y te lo comes con la mirada. No te culpo, es guapísimo y ese descaro que tiene multiplica su atractivo, pero…

—¿Pero?

Victoria se acercó a ella y tras agacharse a su lado le agarró las manos.

—No pierdas de vista esto: nos iremos pronto, quizá en dos o tres meses debamos volver a Londres, solo estamos de vacaciones. Decidas lo que decidas, no te dejes el corazón aquí. Lo necesitas para seguir viva.

Ella sabía que por eso no había que temer; el suyo estaba en Almond Hill, se había quedado al lado de Richard.

—Y algo más, Ian Brennan no pertenece a tu mundo ni tú al suyo.

—Es amable conmigo y me gusta cómo trata a mi hija, eso es todo lo que sucede. No estoy pensando en nada con él.

—Te atrae, reconócelo.

Elisabeth se miró las manos y después miró a Victoria. Una leve sonrisa le dio la razón a su amiga.

—¡Qué importa si me atrae!

—Importa. Solo intento decirte que actúes con cautela, que hagas lo que hagas, pienses sobre todo en ti misma, en las consecuencias que tu decisión puede tener en tu ánimo.

Yo no pude olvidar a John ni siquiera cuando estaba segura de que había muerto.

Pero hay un tercer punto que puedes considerar.

—¿Cuál es? —preguntó Elisabeth.

—La guerra nos ha enseñado que la vida es muy corta y que a veces no hay tiempo de decirle a alguien que lo quieres.

Un día se va y el adiós que pronunciaste pensando que era un hasta luego se convierte en definitivo.

Pero, si con la guerra no aprendimos suficiente, la gripe nos recordó todo esto de la manera más cruel.

—Hizo una pausa para deshacer el nudo de la garganta que le produjo recordar a los suyos, sobre todo a su pequeña—.

Yo he tomado la decisión de vivir todo lo que la vida me ponga por delante y, si no me parece bien lo que me ofrece, iré a buscar más.

Voy a apostarlo todo. Ya no tengo a nadie a quien rendir cuentas. Y tú tampoco, recuérdalo.

—¿Me estás insinuando que le dé una oportunidad a Ian?

Se encogió de hombros.

—Cuando la vida te deja con las manos vacías, solo te quedan los buenos recuerdos. Mi opción es llenarme de ellos. Pero no hay que olvidar la cautela, ni perder de vista que no estaremos para siempre en Nueva York.

—Mi padre diría que eres una mala influencia.

—Mi padre también lo diría.

Las dos se echaron a reír.

—¿Vas a esperar a John? —preguntó Elisabeth, a la vez que se levantaba y recogía sus zapatos.

—Sí, lo voy a esperar.

Elisabeth caminó hacia la puerta. Se agarró en el marco con la mano izquierda y se giró para mirar a su amiga.

—Esa cría no debería tener nada que hacer al lado de alguien tan especial como tú.