Los cerezos de Central Capítulo 8 #5
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Capítulo 8 #5

Ian miró a su modelo y tuvo el impulso de alabar su belleza, pero lo frenó. Hacerse notar frente al empresario, desvelando que Elisabeth también despertaba su interés, no le apetecía. Además, ella nunca se fijaría en un muerto de hambre como él.

Era mejor que lo dejase correr.

Y que buscase a alguna de sus amigas, en cuyos brazos pudiera olvidar ese encaprichamiento tonto por alguien que no estaba a su alcance.

—Muchas gracias. Si me disculpan.

El fotógrafo inclinó la cabeza, lo que hizo que se sintiera ridículo, decidió despedirse e inició la marcha.

—Quiero comprarle los negativos —dijo Owen.

Ian, de espaldas, cerró los ojos y se permitió un leve gesto de furia, que había desaparecido en cuanto se dio la vuelta y lo encaró. Ni loco le iba a vender a ese tipo los negativos de las fotos de Elisabeth.

—Lo siento, señor Owen, no le pertenecen ya al señor Brennan, son de mi hermano y no están a la venta —dijo ella, antes de que a él le diera tiempo ni a pensar una réplica educada.

Ian le hubiera dado un beso en la boca a Elisabeth en aquel momento si aquello no fuera del todo inapropiado.

La cortante respuesta había dejado mudo al empresario.

Eso no suponía que él tuviera alguna remota posibilidad ni siquiera de acercársele sin una excusa, pero al menos se había llevado de regalo una sonrisa llena de complicidad cuando Owen se excusó y se marchó.

Evan llegó corriendo y convenció a su madre para que lo acompañase a ver unos juguetes que acababan de llegar de Suiza.

Cath, al escuchar la palabra «juguetes», se fue con ellos, dejando solos a Elisabeth e Ian.

—Creo que ha enfadado a ese hombre, parecía muy interesado en que, al menos su imagen, sea de su propiedad —le dijo él, y se acercó al oído de Elisabeth—. Pero debo decirle que le ha mentido. —Bajó aún más la voz—. Los negativos no son de su hermano, son míos.

—No lo sabía, pero confío en usted.

—Pues no debería, Elisabeth. No me conoce —le dijo, guiñándole un ojo y poniéndose la gorra.

Esta vez, se ahorró la reverencia.

Lunes, 5 de diciembre de 1921

Nueva York

John llevaba toda la noche intentando hablar con Victoria, pero sus invitados lo reclamaban una y otra vez.

No había tenido tiempo nada más que de saludarla al llegar.

Por fin la localizó junto a los niños en la sección de juguetes, pero, por el rabillo del ojo, también vio al fotógrafo, que se encaminaba a la salida de los almacenes.

Se había olvidado por completo de que lo había citado para pagarle al final de aquella fiesta de apertura.

—¡Señor Brennan! —lo llamó—. No se vaya.

—No se preocupe, puedo volver mañana. Hoy está muy ocupado.

—De ningún modo, le dije que hoy solventaríamos su pago y está todo preparado. Acompáñeme a mi despacho, por favor, antes de que me vuelva a resultar imposible hacerlo.

Ian hizo un gesto de asentimiento y después se volvió a Elisabeth. Ella intentó no sonreírle, pero le fue imposible, a pesar de que sus palabras seguían dando vueltas por su cabeza. Le había dicho que no se fiara de él.

Clarissa Stone llevaba toda la noche pendiente de John.

Se había percatado de que, en cuanto se liberaba de sus invitados, trataba de acercarse a Victoria sin conseguirlo.

Había observado cómo se miraban y le resultaba obvio que entre ellos había algo más que una amistad.

Clarissa no se rendía. Se alisó el vestido y se acercó con su mejor sonrisa.

—Buenas noches, ¿lo están pasando bien?

—Sí, muchas gracias —contestó Victoria.

—John y yo hemos preparado esto con mucha ilusión y nos alegra mucho que haya resultado de su agrado. Ya saben, pueden pasarse por los almacenes cuando quieran y estaré dispuesta a atenderlas en persona.

—Pensaba que de eso se encargarían los dependientes que ha contratado el señor Lowell —le contestó Victoria.

—Oh, claro, pero, en su caso, al ser la señora Davenport su hermana y usted una amiga de la familia, estaré encantada de hacerlo yo misma.

—Tenía entendido que usted es su asistente, no sabía que era una dependienta —dijo Elisabeth.

—No, por favor —contestó Clarissa, simulando que no había captado la pulla—, soy la persona en la que tiene más confianza John desde que llegó a Nueva York. Me lo consulta todo.

—Pensaba que solo la había contratado como asistente de manera provisional —insistió Victoria, volviendo a bajarle la importancia a su cargo.

—Eso fue al principio —se rio Clarissa, haciendo un gesto despreocupado con la mano—, cuando todavía no nos conocíamos bien. Ahora que todo ha cambiado, en este tiempo que hemos estado tan próximos, ha entendido que soy imprescindible a su lado.

Sonrió con amplitud.

Las dos inglesas le devolvieron la sonrisa, de manera educada, sin saber qué decir ante sus palabras. A Victoria le entraron ganas de borrarle la sonrisa de un bofetón, pero Elisabeth, más serena, le tocó con ligereza el brazo para que se tranquilizase.

—Ah, ahí está John, voy a ver si me necesita. Encantada, señoras. Siéntanse como si estuvieran en su casa.

Se alejó de ambas.

—Contrólate, Victoria —le dijo Elisabeth.

—¿Tú has visto la confianza que se está tomando? ¡Parece que los almacenes fueran suyos y nosotras solo fuéramos simples conocidas de John!

—Es una cría, ya se caerá de la nube.

—¿Y has visto cómo habla de él? ¡Por Dios bendito, es su jefe!

—Ni te preocupes, a mi hermano le interesas tú —le contestó Elisabeth, poniéndole la mano en el brazo.

Victoria, que seguía con la mirada clavada en Clarissa, la vio pararse al lado de John.

Le conminó a inclinarse para decirle algo al oído.

Este sonrió y ella le posó la mano en la mejilla.

A ella no le dio tiempo a ver cómo él se la retiraba, porque agarró a Evan y le dijo que se marchaban ya de la fiesta. Elisabeth los siguió con Catherine.

Clarissa sabía que, después de lo que le había insinuado, la señora Reynolds estaría mirándolos y quería que se llevase la impresión de que entre ellos había algo.

Pero a él lo que le había transmitido era que su abuela quería conocerlo.

Adele Stone no tardó en pararse al lado del empresario.

Tras las presentaciones formales, la anciana lo retuvo.

—Me gustaría presentarle a una amiga de Boston —le dijo.

John no se había fijado en una mujer que estaba medio girada al lado de Adele Stone. Antes de que se diera la vuelta, reconoció sobre su cuerpo uno de los vestidos de Camille, que supuso que había comprado en sus almacenes, por lo que le acababa de decir la abuela de Clarissa.

—Buenas noches, señor Lowell —dijo la mujer, dándose la vuelta y tendiéndole la mano.

El joven hizo acopio de todo su aplomo para saludar a Emily White, la suegra de Felicia. No tenía ni idea de qué hacía aquella mujer en su fiesta y tampoco ganas de montar un espectáculo. Lo que más le apetecía era sacarla de allí, pero, a cambio, solo le dijo:

—Señora White, espero que esté disfrutando de la velada. Si me disculpan…

La noche acababa de dejar de ser perfecta.

Lunes, 5 de diciembre de 1921

Nueva York

Después de acostar a los niños, a petición de Victoria, Elisabeth y ella se reunieron en la salita de la casa de John.

Le dijo que sería solo un momento, así que ninguna de las dos se había cambiado la ropa que vistieron en la inauguración.

Llevaba unos minutos allí y la conversación no había empezado.

—No vas a arreglar nada paseando de lado a lado de la habitación, Victoria.

—¡Estoy furiosa! ¡Muy furiosa!

—Pero la alfombra no tiene la culpa y acabarás haciendo un camino en ella si sigues así. Siéntate.

Ella obedeció. Ocupó otro de los sillones y se desabrochó los Mary Jane azules que había estrenado ese día. Después, los lanzó de manera descuidada lejos de sus pies. Uno de ellos acabó debajo de la mesita y el otro al lado de la chimenea.

—¿No has visto el descaro de la mocosa esa? —le preguntó a Elisabeth, enfadada.

—Aunque no lo hubiera visto, que no es el caso, no podría habérseme pasado por alto; lo has repetido hasta la saciedad en el coche. Cath me ha preguntado cuando la estaba acostando qué significa «arpía».

—Se me olvidaron los niños, Evan también quería saber qué está pasando —dijo, un poco avergonzada por su comportamiento.

—¿Y qué le has dicho?

—Pues que había una señora que se ha comprado un vestido que quería para mí y me he enfadado. Creo que no se ha quedado muy conforme.