Capítulo 8 #4
Ian no podía quedarse en la puerta eternamente, por más que le pareciera que él no encajaba en aquella inauguración, pero había acudido para cobrar su trabajo y para ilustrar la crónica que le habían encargado a Miller en el periódico.
Miró la hora. Llegaba tarde, por lo que su compañero ya debía de estar dentro.
Disparó la primera fotografía desde el exterior y después se quitó la gorra, empujó la puerta acristalada y entró en los almacenes.
En el interior, lo recibieron más lujo, una suave música y el murmullo de las voces de las personas allí reunidas.
Un camarero pasó por su lado con una bandeja repleta de copas de cóctel y le ofreció una.
Ian la tomó sin pensar y se la llevó a los labios, mientras por encima del fino cristal no dejaba de admirar las mercancías y a la gente adinerada que se reunía en corrillos.
En cuanto aquel brebaje contactó con sus papilas gustativas le entraron ganas de escupirlo, pero allí no había dónde deshacerse de él.
Miró a su alrededor, por si pudiera devolverlo a la copa sin que nadie se percatase, y fue entonces cuando sus ojos se toparon con los de Elisabeth Davenport.
Lo estaba mirando. En un instante se le olvidó lo mal que sabía el cóctel, lo tragó y le sonrió.
Ella le devolvió la sonrisa. Ian abandonó la copa en un mostrador, enderezó los hombros y se dirigió hacia ella.
—Señora Davenport —la saludó.
Elisabeth le ofreció la mano y este la besó, como había hecho en su casa.
Aquel gesto, que no pertenecía a su mundo, lo hacía sentir incómodo, pero rozar la suave piel de Elisabeth, aunque fuera un instante, compensaba el fastidio.
Ella no dejó de sonreírle y prolongó el contacto, hasta que se escuchó un leve carraspeo por parte de uno de sus acompañantes, al que Ian ni siquiera había visto.
Para él había desaparecido todo el mundo en cuanto sus ojos toparon con los de Elisabeth.
—Disculpe la interrupción, caballero —dijo el fotógrafo al hombre que lo miraba como si él fuera una cucaracha en medio de un pastel. Después, decidió ignorarlo—. Señora Davenport, me alegro de verla, estoy buscando a su hermano.
—Está por aquí, pero me temo que hoy es un día ajetreado y no está teniendo un minuto libre.
—Espero que no se olvide de que me había citado.
—No lo hará, estoy segura —dijo ella.
El acompañante de Elisabeth intervino:
—¿Usted es…? —le preguntó Phoenix Owen, con un tono más bien seco.
—Perdone, ¡qué descortés! —Ian le ofreció la mano y este la apretó con desgana—. Soy el autor de las fotografías de los escaparates.
Se ahorró sus credenciales del periódico, por más que la cámara que llevaba lo delatase como reportero gráfico.
Victoria, cuya presencia también le había resultado invisible a Ian, notó que el aire podía cortarse con cuchillo entre los dos hombres.
Owen había mirado mal al fotógrafo y este le había contestado con una altanería que no auguraba que fueran a salir de allí como amigos íntimos.
Decidió salvar a su amiga de una situación incómoda.
—Elisabeth, ¿puedes acompañarme al tocador? —le preguntó.
Cuando las dos mujeres se retiraron, Ian dio un paso para apartarse de Phoenix, pero este cortó sus intenciones con una apreciación.
—No creo que alguien como usted esté invitado a esta fiesta —le dijo, mirando de arriba abajo su atuendo desgastado y sus zapatos limpísimos, pero pasados de moda—. Debería esperar fuera a que termine para lo que sea que haya venido a hablar con el señor Lowell.
—El caso es que sí estoy invitado.
Ian extrajo del bolsillo una tarjeta idéntica a la que había recibido el empresario y se la mostró, retándole con la mirada. Cuando se aseguró de que la había visto, volvió a guardarla en la chaqueta.
—Disculpe, entonces —dijo Owen.
—No se preocupe, aunque estoy invitado, también estoy trabajando. —Levantó la cámara para que la viera—. Ya ve, soy capaz de hacer dos cosas a la vez.
Owen se dio la vuelta y no captó el bufido de Ian, que, a pesar de la arrogancia que había empleado para dirigirse al empresario, estaba de acuerdo en que no pintaba nada allí como invitado.
Lowell debería haberlo citado en el despacho en otro momento para pagarle; a pesar de la cámara, su presencia resultaba discordante entre toda aquella gente de la alta sociedad.
Al pasar otra bandeja, agarró un aperitivo y se lo llevó a la boca.
Aprovecharía que estaba allí para comer, haría tres o cuatro fotografías y después buscaría a Miller.
Intentaba localizar con la mirada a su compañero, cuando observó de nuevo a Owen.
Se había desplazado con otros dos hombres a charlar en un rincón apartado de los almacenes.
Ese imbécil no disimulaba que intentaba pescar a Elisabeth y seguro que lo acabaría consiguiendo haciendo uso de sus buenos modales y del dinero que parecía caérsele de los bolsillos.
No había más que observar su traje, a todas luces estrenado para la ocasión, y sus impolutos y novísimos zapatos.
Cogió otro canapé y tomó la decisión de marcharse de inmediato, ya volvería en otro momento.
Estaba a punto de hacerlo cuando uno de los interlocutores de Owen, al que no veía más que el cogote, se movió para prestar atención a un camarero que se le acercó con una bandeja.
Esto dejó al descubierto la cara del tercero, al que tapaba hasta ese momento.
Era Fisher, el concejal que había visto con una prostituta en el Ice.
Su sorpresa se multiplicó cuando el que estaba de espaldas se giró y lo reconoció como Wilson, el tipo que regentaba el speakeasy donde se habían deshecho de Reeds.
¿Qué tenía que ver el dueño del May Tea con aquellos dos?
¿Por qué habían elegido para hablar un lugar semiescondido de los almacenes?
Disimuló su interés haciendo algunas fotografías en apariencia casuales.
Dos de ellas tuvieron a esos tres hombres como protagonistas.
No eran las mejores tomas de la noche, pero le iban a servir para mostrarle a Connor a Wilson y al concejal juntos.
Rodeó a los invitados para ocultarse de su vista y se situó a tres pasos, disimulando su presencia tras una de las columnas del local.
Fingió estar muy interesado en fotografiar unas sombrillas.
—En la frontera con Maine —escuchó decir a Owen.
¿Qué hacía frontera con Maine?, se preguntó Ian. Mierda, sus conocimientos de geografía no eran tan buenos como para recordar algo más que el hecho de que Maine quedaba al norte de Nueva York. Tendría que preguntarle a Beatrice, que era la estudiosa de la familia.
—Llegará a mediados de la semana que viene.
A Ian la investigación se le acabó en aquellos momentos, pues notó que un cuerpo impactaba con el suyo y unos brazos lo rodeaban. Bajó la mirada a sus piernas, que eran las que habían recibido el abrazo, y se encontró con unos pícaros ojos que lo miraban desde allí.
—¡Has venido! —dijo alegre Catherine.
Ian se quedó mirando a la pequeña y, cuando reaccionó, le brindó una enorme sonrisa.
—¿Usted no debería estar con su madre, señorita? —preguntó.
—Estos son los almacenes de mi tío. Puedo estar por donde quiera, he pedido permiso.
—¿Segura? Mire que un pajarito me ha dicho que tiene cierta tendencia a perderse.
—Segura. Y me alegro mucho de que haya venido, porque tengo esto…
Catherine se levantó la falda y extrajo algo de debajo de ella que le tendió a Ian, su pañuelo.
—Está lavado, pero a lo mejor hay que volver a lavarlo porque no tengo bolsillos en este vestido y lo he tenido que guardar…
En ese momento, Cath calló y se puso colorada. Ian, entendiendo dónde lo había guardado, rompió a reír. Se agachó para quedarse a su altura.
—En adelante, señorita, no se le ocurra guardar ahí nada para dárselo a un hombre. Prométame que lo recordará.
—Bueno —dijo la niña.
—Me estaba preparando para marcharme, pero antes voy a devolverla a su madre.
—Está ahí —señaló Cath.
Elisabeth y Victoria habían regresado y ambas mantenían una conversación distendida mientras sujetaban sendas copas. Ian se levantó y le ofreció la mano a la pequeña, que se la agarró con firmeza.
—Si me disculpan, creo que esta señorita se ha vuelto a perder.
Elisabeth se dio la vuelta y se mordió el labio al ver a su hija de la mano de Ian Brennan.
No pudo evitar pensar en su marido. Él debería haber sido quien asiera la mano de Catherine en la vida, quien se la devolviera cuando la niña, traviesa como era, se perdiera.
El recuerdo y la perfección de la imagen que tenía frente a sí misma, la felicidad que a la niña se le escapaba en la mirada y lo bien que encajaba su pequeña mano con la de aquel fotógrafo la conmovieron.
Se obligó a reponerse y a hacer gala de su exquisita educación.
—Esta vez no estaba perdida, había pedido permiso para explorar los almacenes, pero vuelvo a darle las gracias por preocuparse por ella.
—Tengo cierto imán para las mujeres guapas, no es extraño que haya encontrado a quien estoy seguro de que en el futuro será preciosa —dijo él, volviéndose hacia la niña.
—¡Ya soy preciosa! —protestó Cath.
—Claro que sí, pero aún no eres una mujer.
—¿Ha hablado ya con John, señor Brennan? —le preguntó Victoria.
—Ni siquiera lo he visto. Me voy a marchar a casa y volveré mañana a cobrar las fotografías. ¿Podrían decírselo de mi parte?
—¡Yo quiero que te quedes! —le pidió Cath, que no le había soltado la mano.
—Cariño, el señor Brennan quizá tenga que volver a su trabajo —le dijo Elisabeth.
—Me gustaría tener una sesión con una modelo, pero hoy no ha habido suerte de encontrar a una tan buena como la del otro día.
Ian quiso ver la reacción que sus palabras provocaban en Elisabeth, pero no le dio tiempo. Mientras hablaban, Phoenix Owen se había acercado al grupito, a tiempo de escuchar las últimas palabras.
—¿Es usted el autor de las fotografías de la señora Davenport? —le preguntó.
—Sí, señor, soy yo.
—Quiero felicitarle, son muy buenas.