Capítulo 8 #3
Con suavidad, casi sin darse cuenta, John posó la mano sobre la espalda de Victoria. No recibió de ella la sonrisa que esperaba y su rostro se contrajo en un gesto de desagrado, pero debía regresar a su labor de anfitrión.
—Os veo en un ratito —se disculpó.
Elisabeth y Victoria pasearon la mirada por la sala de ventas, que empezaba a llenarse. La suave melodía que un músico extraía de un piano de cola ponía un toque extra de elegancia al ambiente. Un camarero pasó por su lado ofreciéndoles unos cócteles y cada una eligió uno.
—Nunca había echado de menos el alcohol —dijo Elisabeth, a quien aquella bomba de azúcar le desagradaba.
Buscó con la mirada otro camarero para devolver la copa a una bandeja y Victoria hizo lo mismo; aquellas bebidas solo servían para mantener las manos ocupadas.
—Mamá —interrumpió Evan—, ¿podemos dar una vuelta Catherine y yo?
—Siempre que no toquéis nada, sí. Pero volved enseguida. En cuanto John dé su discurso, nos marcharemos.
—¿Piensan abandonarnos tan pronto?
La voz de un hombre a su espalda hizo que las dos mujeres se girasen a la vez. Los niños aprovecharon para escabullirse.
—Buenos días, señor Owen —lo saludó Elisabeth.
—Por favor, creía que ya podíamos llamarnos por nuestros nombres.
Agarró la mano de la señora Davenport y depositó un suave beso en su dorso.
—Buenos días, es un placer volver a saludarlo —añadió Victoria, ofreciéndole la suya y rechazando con sus palabras el trato más cercano.
—El otro día se marcharon tan pronto que no tuve ocasión de preguntarle si la cena había sido de su agrado.
—Sí, claro —dijo Elisabeth—, todo estuvo perfecto.
—Me alegro, porque me gustaría repetirlo.
Al grupo se acercó una mujer envuelta en pieles. Alcanzaron a escuchar que se trataba de una Vanderbilt, pero no les dio tiempo a mucho más, porque John reclamó su atención desde el pequeño entarimado donde habían instalado un atril, tras el que procedió a hablar a la concurrencia.
—Buenas tardes a todos. Quiero darles las gracias por acudir a la inauguración de los almacenes Lowell de Nueva York.
Espero que lo que encuentren en ellos sea de su agrado.
Mi intención es traer desde Europa las más novedosas tendencias de moda; para ello, cuento con los diseños de la afamada modista francesa Camille Leduc que han podido ver en los escaparates.
Señoras, anímense a encargarlos porque se los personalizaremos como deseen.
Uno de los empleados le llevó un sombrero Homburg, fabricado en fieltro, y John se lo puso, aunque estuvieran en un interior.
—Voy a contarles algo. Mi padre, John Lowell, fabricaba los mejores sombreros de Londres y yo, aunque no tuve la suerte de heredar su talento, siempre he puesto un especial interés en estos complementos.
Sería todo un deshonor para mi apellido que los míos no fueran los mejores de Nueva York.
Permítanme que les presente a quien se encargará de confeccionarlos a su medida.
Una mujer bajita, de mediana edad, se acercó a la tarima y se subió al lado de John, que se quitó el sombrero y lo llevó a su pecho a la vez que inclinaba la cabeza. La mujer saludó con timidez antes de que él pronunciara su nombre.
—La señorita Elieth Johnson. Como sabrán, es la mejor sombrerera de la ciudad y he conseguido que trabaje para nosotros en exclusiva. A ustedes, mis queridas damas, debo decirles que no encontrarán sombreros cloche como los que diseña la señorita Johnson. No pierdan la oportunidad de ir a la moda.
Se escuchó un aplauso que fue seguido por una inclinación de cabeza de Elieth, que enseguida abandonó la tarima.
—También contaremos con un amplio catálogo de muebles antiguos que traeremos de la vieja Europa y, por supuesto, perfumes, cinturones, bastones…
Den una vuelta y podrán encontrar nuestra amplia oferta de productos que, en breve, se multiplicará.
Les doy las gracias por acompañarnos esta tarde y espero verlos por aquí muy pronto.
¡Bienvenidos a los almacenes Lowell de Nueva York!
Se bajó del improvisado escenario y fue saludando a los invitados. Estos enseguida empezaron a concederse los primeros caprichos, atendidos por los diligentes dependientes. En menos de cinco minutos, el dinero de sus honorables invitados empezaba a llenar las cajas registradoras de John.
Este miró a Victoria y le guiñó un ojo con complicidad.
Mientras tanto, Elisabeth no prestaba atención a su hermano. La suya al completo se la quedó el hombre que acababa de atravesar la puerta.
Lunes, 5 de diciembre de 1921
Nueva York
Molly se había llevado una regañina ese día.
La mañana anterior, cuando la nueva y ella salieron del Ice para asistir al oficio del domingo, tardaron en regresar.
Louise la había convencido de que ese sería el único momento de fingida libertad que tendrían en toda la semana.
Le pareció imprescindible remolonear por el barrio antes de volver a la oscuridad del speakeasy .
Era cierto que habían incumplido las normas no escritas de su cautiverio, pero tampoco entendía tanto celo, si dos de los matones del bar las habían seguido sin ni siquiera disimular su presencia.
A la salida de la iglesia, los dos tipos se apartaron para encenderse un cigarro y Louise, sintiéndose a salvo de sus oídos, le hizo una pregunta a Molly:
—¿Te has dado cuenta de qué son las mujeres que viven en la planta de arriba?
—Yo…, bueno, sí…
—Putas, Molly, dilo.
—¡Habla más bajo!
—¿Cómo he acabado aquí? —se preguntó Louise en voz alta.
—Tú no lo sé, pero yo, por imbécil. Un conocido de mi pueblo me dijo que sabía de un trabajo en Nueva York donde pagaban bien y en el que apenas tendría que romperme el lomo y lo creí. Si llego a saber que era a cambio de vivir encerrada, no hubiera dejado Ohio. Tú eres extranjera, ¿verdad?
Louise no quería contarle su historia, así que improvisó una explicación que no fuera mentira, aunque tampoco reflejara la realidad.
No quería contarle que, a veces, en la soledad de la noche, pensaba que se había ganado con creces aquel castigo por haber creído en un hombre que solo quería aprovecharse de su joven cuerpo, porque sentía que la igualaba con las mujeres de la planta superior.
—Llegué a Nueva York desde Londres sin nada y no me ha quedado más remedio que confiar en quienes me iba encontrando.
—Esto es horrible, Louise —dijo Molly—, es peor que una prisión.
Y tengo miedo de que un día me digan que tengo que subir al piso de arriba con uno de esos hombres que vienen cada noche buscando saciarse de algo más que de alcohol.
Ninguna de las chicas se queja, no tienen a quien, algunas ni siquiera hablan inglés.
Son unas pobres desgraciadas que vinieron de Europa buscando una oportunidad, y mira dónde han acabado.
Louise rezaba para espantar esa posibilidad, pero cada día tenía más claro que aquel sería su destino.
Se había convertido en una esclava en un trabajo ilegal, hasta ella sabía que la venta de alcohol era algo proscrito en los Estados Unidos, las noticias como esa habían llegado hasta Europa.
De la limpieza a la cama de algún cliente solo había una orden que no podría desobedecer sin que tuviera consecuencias, aunque bien sabía ese Dios que parecía estar castigándola por sus pecados que ella iba a oponerse con todas sus fuerzas.
—Me voy a escapar —dijo, mientras, en un gesto inconsciente, se acariciaba su huérfana barriga.
Molly la miró con los ojos muy abiertos, sorprendida por la convicción con la que su compañera había hablado.
—¿Cómo piensas hacerlo? —se alarmó.
—No lo sé, pero no pienso quedarme aquí para siempre.
Molly giró la mirada hacia los tipos que seguían fumando y vio que no las perdían de vista. Agarró a Louise del brazo y comenzó a caminar, mientras le hablaba en un tono tan bajo que apenas era un susurro.
—Hubo un tiempo en el que yo creí posible huir. Conocí a un tipo, un policía que venía por aquí cuando no estaba de servicio y me dijo varias veces que me llevaría con él, pero no lo he visto desde hace tiempo.
—Lo último que necesitamos es confiar en un hombre, tenemos que salir de aquí por nuestros propios medios —le contestó la inglesa.
—¿Con qué dinero? —preguntó Molly—. No sé a ti, pero a mí solo me han pagado unos dólares que no me alcanzarían ni para llegar al otro lado de la ciudad.
—Lo robaré cuando se descuiden, he visto dónde guardan la recaudación de cada día. Desde que la dejan hasta que viene alguien a recogerla, pasan unas horas en las que no tiene vigilancia. Cogeré lo suficiente para que no se note y me largaré al sacar la basura.
—Pero, Louise, ¿y si te pillan? —susurró aún más bajo Molly, aterrada por el plan.
—Esto es peor que estar muerta. Mucho peor.
Molly resopló, a pesar de que todavía ni alcanzaba a imaginar la importancia de las palabras de Louise.
Lunes, 5 de diciembre de 1921
Nueva York
Cuando llegó a los almacenes Lowell, Ian Brennan quedó embelesado por el lujo de los escaparates.
Corroboró la primera impresión que tuvo de ellos cuando aún estaban en obras y volvió a pensar en lo mucho que le gustaría aquella tienda a su hermana Beatrice.
Sonrió por la ironía de que ellos nunca podrían permitirse nada de lo que allí se exponía.
A pesar de todo, decidió que la llevaría, aunque solo fuera para que admirase sus fotografías y reconociera que algo se le daba bien.
Sus fotografías expuestas lo cautivaron.
Eran buenas, pero lo que las hacía espectaculares era la modelo.
Al innegable atractivo de Elisabeth Davenport había que sumar que la cámara la quería y resaltaba su belleza.
Cuando en la sesión de fotos se relajó delante del objetivo y el nerviosismo inicial se esfumó y empezó a disfrutar, el brillo de su mirada lo inundó todo.
Un brillo inmortalizado en el papel fotográfico.