Capítulo 8 #2
—En algún momento, Reeds se ofreció para sacarla de allí. También me di cuenta de que no sabe que está muerto, sigue esperando que aparezca. Me iba a hablar de alguien más, pero le ordenaron que se fuera y no pude seguir sonsacándole información.
—O sea, no sabemos nada.
—¿Te parece poco que se salten la ley?
—¿Quién no lo hace? Sé realista, Ian. Sabemos que hay muchos más locales como este por toda la ciudad. ¡Qué digo por toda la ciudad, por todo el país!
—Sí, y si lo sabemos nosotros, lo sabrán tus compañeros policías.
Si siguen en funcionamiento, es porque alguien no está haciendo bien su trabajo.
Pero no solo eso, creo que tiene que haber alguien muy importante ocupándose de que no hablen, un pez gordo.
Me pregunto si Carver o Reeds lo averiguaron, intentaron denunciarlo y por eso los dos están muertos.
—Mira, Ian, solo sabemos con certeza que a Reeds lo mataron; tú estabas allí y me dijiste que lo único que viste fue que armó escándalo y a esos matones se les fue la mano —dijo Connor, dejando los platos por un momento—.
Y Carver se suicidó en la comisaría, yo estaba allí esa mañana.
No tenemos nada en lo que apoyar tu teoría.
Ian suspiró. Era cierto que nada llevaba a pensar que el suicidio de Carver tuviera algo que ver con la muerte de Reeds.
Podrían ser dos hechos aislados a los que estaban buscando una conexión que quizá fuera inexistente.
Pero él tenía la corazonada de que todo aquel asunto era mucho más grande que dos policías muertos en un breve lapso de tiempo.
—¿Qué más viste? —preguntó Connor, preocupado por la cara de su cuñado.
—Al salir, vi a Dalton Fisher, el concejal, subir por unas escaleras con una de las chicas que te digo que parecían prostitutas.
Connor se tocó el cabello. No solo la policía estaba al tanto de las actividades del Ice y miraban hacia otro lado, sino que además las autoridades políticas se dejaban ver en el negocio. No le gustó la dimensión que adquiría todo aquello.
—Deja esto, Ian, no creo que merezca la pena…
—¿No quieres saber qué está pasando? ¿No quieres un ascenso para salir de este barrio y llevarte a mi hermana y a Luke a uno mejor?
—Claro que quiero, pero no a costa de arriesgar la vida. Ya habrá otra oportunidad, la vida es muy larga.
Ian lanzó el trapo y se sentó, apoyando los codos en la mesa y las palmas de las manos sobre la frente; Connor tenía razón, una exclusiva que, además, no estaba seguro de que quisieran publicarle en The New York Times , no valía ponerlos en peligro a todos.
Quizá debería dejar al margen a Connor de lo que averiguase en adelante. Trató de serenarse y miró a su cuñado.
—Sí, llevas razón, voy a dejar correr esto —le dijo.
—¿Lo estás diciendo en serio?
—Totalmente.
Cuando Ian abandonó la casa de su hermana, dejó a su cuñado preocupado. Si no lo conociera desde niño, quizá podría haber creído su última palabra, pero Ian no era de los que abandonaban cuando algo se le metía entre ceja y ceja.
Lunes, 5 de diciembre de 1921
Nueva York
Una llovizna interminable, que recorría las calles limpiando el aire de sus penetrantes olores urbanos, recibió a John al poner un pie fuera de su edificio esa madrugada.
Al mirar al cielo, la tenue cortina de agua le recordó el inestable clima de Londres y eso, lejos de molestarlo, le pareció un buen augurio.
También ese lejano día de la inauguración de los almacenes Lowell en Boston había amanecido bajo la lluvia y no pudo irle mejor.
Dudó si desplazarse andando, como había pensado al levantarse.
A pesar de los cuatro grados, no sentía frío, pero llevaba el preciado paquete con las fotografías en las manos y corría el riesgo de que el agua las estropease.
El refugio del paraguas le pareció insuficiente para protegerlas.
Caminó con el bulto pegado al cuerpo en dirección a la Quinta Avenida y allí localizó un taxi que lo acercó hasta la calle 50, bordeando por la derecha Central Park.
Quedaban aún muchas horas antes de que recibiera a los invitados que esperaba que en adelante se convirtieran en sus clientes, pero le venía bien un tiempo a solas para repasar el guion del día.
Quería asegurarse de que no se olvidaba de ningún detalle.
Poco antes de las ocho, abrió la puerta y encendió las luces de la sala de ventas. No había dado dos pasos, cuando escuchó una voz a su espalda.
—Buenos días, señor Lowell.
Se giró y sus ojos tropezaron con los de su joven asistente.
—Buenos días, Clarissa. ¿Qué haces aquí tan temprano?
—Supuse que vendría y quise hacerlo yo también, tal vez me necesite.
—He citado a los operarios que destaparán los escaparates a las once y la inauguración no es hasta las cinco de la tarde…
—Lo sé, lo sé —lo interrumpió ella, haciendo vehemente un gesto con la mano—, pero también sé que faltan por colocar las fotografías.
—Es lo que pretendía hacer ahora, colocarlas en los marcos.
—¿Puedo verlas antes?
John asintió y le indicó que lo acompañase hasta su despacho, después de cerrar la puerta de la entrada con llave. Juntos se encaminaron a la habitación del fondo.
—Aquí están —dijo él, deshaciéndose del papel y la tela que las cubría y extendiéndolas sobre el escritorio de caoba.
Clarissa las miró extasiada. La hermana de John era una beldad y el fotógrafo había sabido encontrar un brillo hipnótico en su mirada. El espectador no podía despegar los ojos de la imagen, de su armónico rostro y de la sonrisa que lo presidía.
—Son espectaculares, pero… —dijo Clarissa.
—¿Sucede algo?
—No… Sí… No sé…
John sonrió ante sus titubeos.
—¿En qué quedamos?
—Ni me he fijado en el vestido. Su hermana tiene tanto encanto que solo la he visto a ella.
A John, aquel halago lo preocupó. Al volver a mirar las fotografías con ojos más críticos, vio que llevaba razón, Elisabeth desprendía tanta fuerza que daba igual lo que llevase puesto; era difícil fijarse en algo que no fueran sus enormes ojos y ese atrevido corte de pelo que había estrenado en Nueva York y que le sentaba tan bien.
Tenía que hacer algo para que sus futuras clientas se fijasen en los vestidos tanto como en ella.
—Pondremos un maniquí con el vestido correspondiente bajo cada fotografía, no solo la tela, como habíamos pensado —decidió.
—Es buena idea —asintió Clarissa—. Además, así se verá el color, en blanco y negro no se puede apreciar.
—Hay un problema. Ayer se colocaron todos los vestidos en los escaparates. Si los quitamos de allí, habrá que empezar a pensar en una nueva disposición para estos y apenas hay tiempo.
—Traslademos, entonces, los marcos al escaparate.
A John le gustó la sugerencia y ambos se pusieron manos a la obra.
Antes de dos horas, lo tuvieron listo. Clarissa se marchó a buscar unas flores para adornar la sala de ventas y John se encerró en su despacho a preparar un discurso de bienvenida para los invitados, las personas más influyentes de la ciudad con las que Wilson se había ocupado de contactar.
De su éxito en Nueva York y de los ingresos que le aportasen los nuevos almacenes, dependían también los de Boston y, por supuesto, el destino de Almond Hill.
Aunque la puesta en marcha del negocio había tenido ocupado su tiempo casi por completo, no se había olvidado de la mansión familiar.
Se había devanado la cabeza buscando negocios que resultasen rentables en los que invertir en las islas, pero no se le ocurría nada.
Europa estaba endeudada con Estados Unidos, y las industrias, después de años enfocadas en fabricar armamento, aún no habían terminado su reconversión.
Debía pensar en alguna inversión sin demorarse mucho, puesto que la situación de la propiedad se volvería más insostenible cuanto más tiempo pasara. No podía olvidarse de ello.
Las cinco de la tarde llegaron sin que se diera cuenta y empezaron a detenerse en la puerta los coches que traían a sus invitados, que poco a poco ocuparon la zona donde se servirían unos aperitivos.
—¿Está nervioso? —le preguntó Clarissa a John, que no se había separado de él mientras saludaba a lo más selecto de la sociedad neoyorquina.
—Quiero que todo salga bien.
—Mi abuela tiene que estar al llegar —dijo ella—. No le gusta hacerse esperar demasiado en estos eventos, opina que es de mala educación.
—Tengo ganas de conocerla, después de lo que me has hablado de ella.
—Seguro que le encantará y usted a ella también. Le fascinan los hombres emprendedores —dijo Clarissa.
Con naturalidad, la chica agarró las solapas de la chaqueta de John y las recolocó, y después lo hizo con el nudo de su corbata.
Él se extrañó por las confianzas que se estaba tomando y, a su pregunta muda con un leve alzado de cejas, la única respuesta que recibió de ella fue una sonrisa seductora que le hizo perderse la llegada de un Maxwell de 1913, del que bajaron Elisabeth y Victoria con los niños.
Esta, nada más poner un pie en los almacenes, lo buscó con la mirada y la sonrisa que traía desapareció de su rostro al ver la complicidad con su asistente.
En ese momento, John se giró y tropezó con sus ojos.
—Si me disculpas —le dijo John a Clarissa, apartándose con suavidad de ella.
—No me habías dicho que planeabas abrir un hotel de lujo —comentó Victoria, disimulando su desencanto y, a la vez, adulando la imponente entrada de los almacenes, que en efecto recordaba a las de algunos hoteles.
—¿Te gusta cómo ha quedado?
—Este sitio es magnífico, no dudo que la gente estará encantada de hacer que su dinero acabe en tus bolsillos.
Lowell sonrió tras el comentario: esa era justo la impresión que quería causar a sus clientes.
—Tío John —dijo Catherine—, ¿ha venido Ian?
Él echó un vistazo al interior, por si se le hubiera pasado la presencia del fotógrafo, pero no lo vio.
—Todavía no, pero seguro que vendrá, no te preocupes.
En ese momento, Wilson requirió su presencia para presentarle a unos invitados.
—Me reclaman, será mejor que entremos.