Capítulo 8
Nueva York
Pocos minutos después de despedir al fotógrafo, Victoria hablaba con John de la salida de Elisabeth de la salita. Se había quedado preocupada.
—Voy a ver qué le pasa, no me ha gustado su palidez.
—Estaba pensand o en hacerlo yo mismo —contestó él—, pero quizá se sienta más cómoda contigo y te diga la verdad, ese dolor de cabeza parecía un pretexto.
—¿También te ha parecido que se ha alterado al ver las fotografías?
—Sí.
—Pues no lo entiendo, son increíbles.
—Lo son, pero dile que, si no se siente cómoda con que las mostremos en los almacenes, puedo dejarlo estar. Que no se preocupe por lo que he gastado en ellas, no tiene importancia; me preocupa mucho más su bienestar.
Victoria se quedó mirándolo unos instantes. La sonrisa no se quedaba en sus labios, se extendía a los ojos y contagiaba a todo el rostro.
—¿Sabes que eres demasiado bueno, John? —le dijo.
—¿Porque no quiero que mi hermana sufra? Lleva unos años muy duros y no deseo provocarle más dolor. Vino a recuperarse, ¿recuerdas?
—Eres demasiado bueno en general.
—La guerra me enseñó lo peor del ser humano, pero también que, muchas veces, hacer feliz a alguien solo es cuestión de gestos sencillos. Podemos idear algo para vender esos vestidos. Ya se nos ocurrirá.
—Nunca me has contado qué pasó en ese tiempo en el que no supimos nada de ti —dijo Victoria.
John cerró los ojos un instante; evitaba hablar de su paso por las trincheras, de ese tiempo tan oscuro. Apartó la mirada y exhaló un suspiro.
—Tus oídos se pueden ahorrar esa historia, te lo aseguro. No es agradable.
Ella volvió a mirarlo con aquella sonrisa que lo desarmaba.
—¿Qué? —preguntó él, bajando la voz.
—Lo estás haciendo otra vez. Antes protegías a tu hermana y ahora quieres hacerlo conmigo. Me acabaré enamorando de ti si sigues así —contestó ella, plantándole un beso en la mejilla que se detuvo más de lo necesario para ser un simple gesto de cortesía.
John la agarró de la mano, dispuesto a ampliar el territorio de ese beso, que le había sabido insuficiente.
Quizá si se desplazase unos centímetros hasta su boca podría considerarlo más acorde con lo que hacía años que sentía por ella.
No pudo, porque por el pasillo aparecieron corriendo Evan y Cath.
La soltó con lentitud, sin separar sus ojos de los de Victoria, y, después, se volvió a los niños.
—¿Ya se ha ido Ian? —preguntó la niña.
—¿Y tú cómo sabes que ha estado aquí? —inquirió Victoria.
—Porque dijisteis en la cena de ayer que vendría esta tarde —contestó Evan.
—¿Cuántas veces te he dicho que los niños no deben estar pendientes de las conversaciones de los adultos? —lo riñó con suavidad su madre.
—Es que no sé cómo se hace no oír —señaló el niño, a lo que siguió una sonora carcajada de John.
—No le rías las bromas, se pondrá imposible —protestó ella.
—La que está imposible es esta niña —dijo Evan—. Me ha costado la vida mantenerla encerrada en la habitación.
—¡Es que quería ver a Ian! —se quejó Cath.
—¿Y tú por qué quieres verlo? Ya le dimos las gracias por encontrarte —dijo su tío.
—Por esto. Se lo tengo que devolver.
La niña mostró un humilde pañuelo. Era el que le había dado el fotógrafo cuando la encontró llorando en el puerto. No se había separado de él en ningún instante desde ese momento, incluso dormía con él en la mano.
—Mañana podrás hacerlo, vendrá a la inauguración de los almacenes —le dijo John.
—¿Podremos ir nosotros?
—Pues claro, Evan —le contestó el empresario—. En las celebraciones siempre tiene que estar la familia y vosotros sois mi familia. Y ahora, ¿quién se apunta a un paseo?
Los dos niños saltaron alborozados, necesitaban salir y jugar un rato al aire libre. Victoria declinó la oferta, quería saber cómo se encontraba Elisabeth. Cuando se marcharon, se dirigió a su habitación. Con dos suaves toques en la puerta, anunció su presencia.
—¿Sí? —contestó la voz de Elisabeth, amortiguada por la madera.
—Soy yo, Victoria. ¿Puedo pasar?
—Sí, claro.
Al entrar, Victoria se fijó en que tenía sobre la mesita unos útiles de escritura y supuso que estaría escribiendo a su hermana Mary para contarle cómo les iba en Nueva York, aunque le pareció aún más extraño que se pusiera a escribir si le dolía la cabeza.
Buscó sus ojos para preguntarle por aquello y en una ligera rojez en ellos descubrió que había estado llorando.
—¿Qué te sucede?
—Es solo un leve dolor de cabeza. Pasará.
—Elisabeth… —La tomó de la mano y la invitó de manera silenciosa a que se sentase con ella en el borde de la cama—. Dime la verdad. ¿No te han gustado las fotografías?
—¡No, no es eso! Son maravillosas.
—¿Y entonces? ¿No quieres que John las exponga en los almacenes? Me acaba de decir que no lo hará si ese es tu deseo.
—¡Claro que quiero! Quiero ayudar a mi hermano.
—Te has puesto muy nerviosa cuando las veíamos. Sé que lo has tratado de disimular, pero a mí no me engañas.
Elisabeth se mordió el labio inferior, cerró los ojos y tomó aliento, a la vez que erguía la espalda.
—Es por el señor Brennan.
—¿Qué te pasa con él? ¿Hizo algo el otro día mientras te hacía las fotografías que te molestase? —se preocupó Victoria.
—No, siempre ha sido correcto. A su manera, claro, no estoy acostumbrada a tratar con personas tan francas como él, pero lo fue.
Se quedó callada, sin saber cómo continuar esa conversación. Victoria lo hizo por ella.
—Si no quieres contarme lo que te pasa, no lo hagas. Pero tranquiliza a John, también está preocupado.
—Me pone muy nerviosa —dijo, después de un breve silencio—. Ese hombre…
Victoria sabía que Ian no había dicho nada inconveniente, no se había mostrado descortés en ningún momento.
—¿Por qué?
—No sé qué me pasa cuando me lo encuentro, es como si perdiera el control de mí misma. Es como si me convirtiera en una niña que no sabe comportarse —gimió.
—No has hecho ni dicho nada inconveniente.
—No, pero lo he sentido —le contestó ella, dejando salir sus emociones—.
Desde que conocí al fotógrafo, algo ha cambiado en mí.
Me desespera el temblor de mis manos cuando se acerca y el latido errático de mi corazón cuando clava su mirada en mis ojos.
¿No me había jurado no volver a mirar a ningún hombre?
¿Por qué me resulta imposible detener las emociones que enloquecen en presencia de Ian Brennan?
Victoria sonrió con los labios cerrados; sabía del deseo de su amiga de mantenerse al margen de cualquier historia que pudiera comprometer sus sentimientos.
Entendía sus razones, la necesidad de protegerse con una coraza, pero a la vez sabía que al corazón no se le podían poner límites.
Victoria suponía que, aunque ella creyera que en algún momento estuvo enamorada, el amor era algo que no había vivido aún con sus casi treinta años.
En su mundo, aunque la opción de enamorarse existía, no era la más frecuente.
Los matrimonios llevaban siglos siendo negocios con los que ampliar o mantener fortunas y los sentimientos de una mujer rara vez se tenían en cuenta a la hora de pactarlos.
En esos momentos, el bregar con unas emociones desbordadas e inesperadas la mantenía perdida.
Victoria sintió pena por ella, aunque también se alegró, porque, aunque la confusión la estuviera ahogando, aunque ni ella fuera consciente del paso, Elisabeth estaba avanzando en su curación.
Empezaba a voltear la página de un libro triste que jamás debería haber abierto.
Le cogió una mano y la puso entre las suyas, antes de hablarle.
—Mañana, el señor Brennan vendrá a la inauguración de los almacenes, John lo ha citado allí para pagarle.
Elisabeth la miró y en sus ojos Victoria detectó un brillo, una especie de miedo mezclado con expectación.
—También ha invitado a Phoenix —añadió.
Esta vez, la mirada de Elisabeth se transmutó, dejando ver incomodidad.
—Te diría que mañana te tomases un trago para pasar más relajada el momento, pero como no te tomes el alcohol para las heridas… —bromeó.
Elisabeth sonrió. Victoria y ella se conocían desde hacía poco, pero le gustaba mucho. Ella, Mary y la señora Smith se podría decir que eran lo más parecido a unas amigas que había tenido en toda su vida.
Echó mucho de menos una conversación con la cocinera de Almond Hill.
—Sácame de allí en cuanto no sea descortés —le pidió.
—Por supuesto.
Victoria le dio un beso en la mejilla y se levantó de la cama.
—¿Quieres que diga que te traigan la cena a la habitación? —le preguntó, antes de irse.
—Por favor, sí, no quiero preocupar más a John, mañana es su día. Dile que solo estoy cansada.
Domingo, 4 de diciembre de 1921
Nueva York
Ian se dirigió en metro al Lower East Side tras abandonar el apartamento de Lowell, pues quería poner al corriente a Connor de sus pesquisas en el Ice. Llegó justo a la cena y después hubo de esperar hasta que Beatrice se retiró a dormir al pequeño Luke para poder hablar a solas con su cuñado.
—¿Qué averiguaste? —le preguntó Connor, mientras recogían la mesa de la cocina.
—Volví a ver a Molly, la chica que te dije que limpiaba en el Ice.
—¿Usaste tu encanto para que soltase la lengua? —preguntó el policía.
—No, usé una taza.
Connor miró a Ian con un gesto interrogante y este continuó:
—Tiré la taza que tenía en las manos para que se acercarse a recogerla y así poder hablarle.
—Bien pensado. ¿Y qué te dijo?
—Poco. Por lo que pude deducir de nuestra breve conversación y de lo que vi, en el Ice no solo se trafica con alcohol. Creo que también hay prostitutas.
—¿Esa chica es una de ellas? —preguntó Connor, que había empezado a fregar los platos.
—Me da la sensación de que ella solo limpia, aunque no te lo podría asegurar. Solo sé que estaba muy nerviosa y no quería que nadie se fijase en que estaba hablando conmigo.
—Pero ¿averiguaste algo de Reeds y Carver?
Ian recogió de las manos de su cuñado el plato que acababa de aclarar y se dispuso a secarlo, mientras seguían hablando.