Los cerezos de Central Capítulo 7 #5
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Capítulo 7 #5

Cuanto más se acercaba Ian a la salita, más se sentía una nota disonante en aquel lugar.

El pasillo, pletórico de luz, decorado con cuadros que se cotizaban por encima del valor de su alquiler de varios meses, contrastaba con su gastado traje y sus zapatos, que llevaban años con él.

Aprovechando que el mayordomo no lo estaba mirando, se los frotó con la tela del pantalón.

Se arrepintió enseguida de aquel pueril gesto: no los iba a volver más nuevos y el polvo que habían acumulado en sus largos paseos por las calles de Nueva fue a parar a sus pantalones.

—El señor Ian Brennan está aquí —anunció Rogers, tras abrir la puerta del salón.

—Bienvenido, señor Brennan, pase y acompáñenos —lo invitó John, a la vez que se acercaba a él para recibirlo con un cálido apretón de manos—. ¿Le apetece un té? Estábamos a punto de ordenarlo para nosotros.

—Tenía entendido que solo debía dejar esto al portero —dijo, señalando el paquete que traía—. No quiero ser una molestia.

—No es una molestia en absoluto —intervino Victoria, desde el sillón que ocupaba—. John, el señor Brennan es americano, quizá no le apetezca un té. ¿Desea un café o tal vez…? ¿Qué se bebe aquí desde la Prohibición?

—¿Agua? —bromeó Ian, en un tono irónico que fue correspondido con una sonrisa de Victoria.

—No queda otro remedio —sonrió ella—. Agua o esos terribles cócteles que se empeñan en poner en todas partes. No sé si la señora Clarke sabrá hacer alguno o si son de su agrado.

—Prefiero que me corten una mano a beber eso. No se preocupe, señora, un té estará bien.

—Rogers, por favor, pídale a la señora Clarke que prepare té para todos y unas pastas —indicó el dueño de los almacenes.

El mayordomo salió de la habitación, cerrando a su espalda.

John señaló a Ian un sitio en el sofá que él ocupaba e Ian aceptó sentarse, aunque todavía envarado.

El breve intercambio de palabras con Victoria le había servido para relajarse, pero no terminaba de sentirse cómodo.

Sus ropas, el no saber tomar la taza de té entre las manos y que se le acabase cayendo y estropeando la impoluta alfombra o el decir algo in conveniente por no conocer el protocolo empezaron a preocuparlo y se tradujeron en un tic nervioso que le hizo mover con energía una pierna.

Él no se hacía esas preguntas estúpidas, era mucho más seguro, pero aquella tarde, silenciosa en el otro sofá, se sentaba Elisabeth Davenport.

Lo había saludado al entrar con una ligera sonrisa y un asentimiento de cabeza, y, aunque no había intervenido en la conversación, su presencia llenaba la habitación.

Le hubiera gustado que le hablara con la jovialidad de Victoria y volver a sentir la complicidad que notó con ella en la puerta del May Tea o mientras disparaba la cámara en el despacho de los almacenes.

Quiso pensar que en ambas ocasiones podía haber jugado a su favor que estaban solos.

Con público, no debía de ser lo más correcto para alguien como ella relacionarse con el hijo de unos inmigrantes que había crecido en uno de los barrios más pobres de Nueva York.

—Aquí están las fotos —dijo, tratando de centrarse en John, aunque no pudo evitar mirarla con admiración.

Elisabeth brillaba bajo el vestido de tarde en color crudo.

La falda rebasaba ligeramente la rodilla; por encima de su tela de seda se descolgaba una gasa transparente, rematada en la parte baja con bordados y detalles en pedrería, que continuaba hasta el tobillo, dejando entrever sus contorneadas piernas.

Quizá más por las fechas en las que estaban que porque en el apartamento hiciera frío, había elegido cubrir sus brazos con un liviano chal.

Ian se hubiera quedado admirándola horas, pero debía centrarse en lo que le había llevado hasta allí: entregar las fotografías a Lowell y acordar con él el momento del pago que restaba. A su pesar, desenvolvió con cuidado el paquete, apoyándolo en sus propias piernas.

—Espero que sean lo que estaba buscando —le dijo a John, a la vez que terminaba de desempaquetar la primera de las fotografías.

Los hermanos y Victoria se irguieron en sus asientos para tener mejor visión. Cuando Ian descubrió del todo la imagen, Victoria se llevó las manos a la boca y emitió un gemido de asombro.

—¡Dios mío, Elisabeth, estás impresionante! ¡Señor Brennan, es usted un artista!

—Creo que ella tiene más que ver que yo con el resultado —contestó Ian, que no perdía ojo de la reacción de Elisabeth.

Ella no dijo nada, pues sentía anudada la garganta.

Todas las fotografías que le habían hecho en Gran Bretaña eran muy formales, poses serias en las que se estuvo quieta como le indicaron, pero aquellas eran diferentes, igual que la primera que Ian le tomó en el May Tea.

Miraba sin pudor a quien contemplaba la foto y sonreía a la vez que sus ojos brillaban.

Eran perfectas para los planes de John, pero le mostraron algo con lo que no contaba y que esperaba que los demás no percibieran: no estaba sonriéndole al espectador, estaba sonriendo al fotógrafo.

Recordaba cada palabra de aquella sesión, la diversión que apareció después de los primeros momentos de nervios y lo cómoda que se sentía con Ian Brennan.

Debería estar orgullosa por haber ayudado a su hermano, pero lo que sentía era miedo.

—¿Le gustan? —preguntó Ian, preocupado por su expresión.

—Son… preciosas —alcanzó a decir.

—¡Pues claro que lo son! —añadió Victoria—. Cuando los clientes las vean, agotarán los vestidos de Camille, estoy segura.

La conversación se concentró en ese tema y Elisabeth apenas intervino en ella más que con algunos monosílabos.

Se sentía abrumada por lo que sentía. Le recordaba a la mujer ingenua que se casó con Charles Davenport, esa que, inmersa en la felicidad de su futuro matrimonio, no supo anticipar lo que se le venía encima.

Antes de que llegase el té, se disculpó alegando un dolor de cabeza y salió del salón, cruzando una fugaz mirada con Ian que la dejó sin aliento.

A él se le alteraron los latidos.