Capítulo 7 #4
Observó a cada uno de los clientes con el máximo disimulo y un detalle le llamó la atención.
El Ice se ubicaba en una zona de la ciudad que había frecuentado desde pequeño y era lógico pensar que la gente que vivía en los alrededores sería la que se reunía allí, pero la ropa los delataba como foráneos.
Una abrumadora mayoría vestía demasiado bien para proceder de la parte baja de Manhattan.
¿No habría speakeasies en el Upper East Side y debían acudir a esa zona de la ciudad para saciar su sed?
Desde la barra, la escasa luminosidad le impedía reconocer los rostros de nadie y estuvo valorando cómo acercarse a una mesa sin llamar demasiado la atención.
Una hora y dos copas —o tazas— después, se encontraba a punto de rendirse, cuando observó a Molly asomarse desde una puerta que había tras la barra.
Era la chica a la que vio preguntar a Carver si sabía algo de Reeds.
Parecía escrutar el local en busca de alguien con mucho menos disimulo que él.
Ian se fijó en el trapo que llevaba en las manos y en su mohín preocupado.
Con disimulo, el fotógrafo empujó su taza de la barra y esta se hizo añicos en el suelo con un estrépito que conjuró en él todas las miradas.
El camarero le lanzó un gruñido y con un gesto ordenó a Molly que recogiera los pedazos.
Cuando la chica se situó al lado de Ian, armada con una escoba y un recogedor, este le susurró al oído:
—¿Quieres una copa?
Ella dio un respingo.
—No —contestó con una voz tan tenue que casi le costó entenderla.
—Será solo un momento.
—Puedes pedírselo a ellas; para eso están. Yo solo limpio.
Molly señaló con la cabeza a un grupo de mujeres que remoloneaban en la otra esquina de la barra.
Ian se había percatado de las miradas que le lanzaban, pero ninguna se le había acercado en todo el tiempo que llevaba allí.
Observó a Molly mientras se afanaba en limpiar y la comparó con las otras mujeres.
Era muy joven y muy rubia, con unos ojos verdes que destacaban incluso en la semioscuridad de ese sótano escasamente iluminado.
—¿Trabajas desde hace mucho aquí? —le preguntó en un susurro.
Ella se encogió de hombros y se acercó con disimulo a él.
—Te he visto alguna vez —le dijo al oído, evitando responderle con claridad.
—Es posible, no es la primera vez que vengo —contestó él—. Me habló de este sitio un amigo. Se llama Reeds.
A la chica, al escuchar el nombre, se le escapó una pregunta, con un temblor en la voz que no pudo de ocultar.
—¿Reeds? ¿Leonard Reeds?
—¿Lo conoces?
—Bueno, conozco a alguien que se llama así, pero hace tiempo que no lo veo. Tal vez no sea la misma persona.
Ian se aseguró primero de que el camarero no lo estaba mirando y después le describió entre susurros al policía al que vio morir, aunque esa última información se la guardó. La ansiedad de ella le había inducido a pensar que no conocía su final.
—¿Podría ser él el hombre que conoces?
—Sí, podría ser —contestó ella, sin dejar de mirar al suelo.
—Yo también hace tiempo que no lo veo. Es un buen tipo.
—Sí que lo es —murmuró ella—. No como…
El camarero se volvió hacia Molly y esta, al ver su cara seria, terminó de recoger y se apresuró a marcharse antes de que la regañase por hablar con un cliente.
No le estaba permitido, como tampoco salir del local, algo que no había hecho desde que la contrataron meses antes, salvo para asistir al oficio religioso de los domingos.
Para prolongar su estancia en el sótano, Ian le pidió al camarero el tercer trago de la noche.
Después del tiempo que llevaba sin beber, le estaba afectando el alcohol, pero no se le ocurría otro modo de quedarse en el Ice para seguir indagando.
Sin Molly cerca, no hubo nada más que rascarle a la noche, así que terminó la copa y decidió marcharse.
Cuando se encaminó a la salida, llevaba dos sensaciones en el cuerpo.
La primera, que no había averiguado demasiado, salvo que había una muchacha, a la que no se le permitía hablar con los clientes, que estaba ansiosa por saber algo del policía que vio morir.
La segunda, que tres copas estaban a punto de tumbarlo.
Procuró que sus pasos no parecieran tambaleantes al acercarse a la puerta, aunque no lo consiguió.
Casi estaba a punto de terminar de recorrer el pasillo que conducía a la salida, cuando escuchó hablar a alguien a su espalda y se giró.
La penumbra, más acusada en su posición, lo mantuvo a salvo de los ojos del hombre; agarrado a la cintura de una de aquellas muchachas de la esquina de la barra caminaba Dalton Fisher, uno de los concejales de la ciudad de Nueva York.
Después de tocar sus pechos por encima de la ligera ropa que la cubría, desapareció por unas escaleras que conducían a la planta superior.
Cuando Ian salió a la fría noche, se llevaba la idea de que en el Ice se vendía algo más que alcohol.
Sábado, 3 de diciembre de 1921
Nueva York
Ese sábado por la mañana, siguiendo su costumbre de no madrugar los sábados, Phoenix Owen aún no se había levantado.
Remoloneaba aprovechando los últimos minutos de descanso, arrebujado entre el calor de las sábanas.
Cuando consideró que ya había tenido suficientes minutos de relax, agarró el reloj de la mesilla de noche para comprobar la hora.
Sin embargo, su primera intención se quedó suspendida en el aire porque rozó un papel que no recordaba que estuviera allí la noche anterior.
Lo tomó entre sus manos y vio que se trataba de un sobre con un matasellos y un remitente que provocó una mueca interrogante en su rostro.
Lo abrió con impaciencia y desplegó la hoja que contenía, una cuartilla con la apretada caligrafía de Ted Pribby.
Sus ojos recorrieron con avidez la tinta, analizando el motivo por el que se había puesto en contacto con él. No entendía nada.
Dando demasiados rodeos, el inglés le contaba que le había dado su recado a Brandon Fleet.
El segundo asunto que aparecía en la carta provocó que Phoenix arrugase más el entrecejo.
Pribby le aseguraba que su sobrina Louise Newell estaba de visita en Canadá y que quería pasar unos días en Nueva York.
Se alojaba en un encantador pueblecito en la frontera con Maine, cerca de la bahía de Fundy, y le pedía que enviase a alguien a buscarla para que la acompañase hasta Nueva York, donde le encargaba que la cuidase.
Para agradecerle las molestias, Louise le llevaba un presente para su restaurante: aceite de oliva del sur de España.
La extraña carta mencionaba un papel que encontró en el sobre.
Al parecer, Louise llevaría uno similar para que estuviera seguro de que era ella, ya que no se conocían.
Podría haberle mandado una fotografía, pero, por desgracia, Louise había tenido que partir en el único barco en el que encontraron billete y no habían tenido tiempo de encargarla.
Owen releyó la misiva, intentando comprender lo que quería decirle Pribby. Era como una especie de clave que le costó varios minutos encajar en su mente. Cuando lo hizo, se vistió con rapidez y bajó a la cocina donde se oía el borbotear del guiso de Giulia.
—Buenos días —le dijo la empleada al percatarse de su presencia.
—Buenos días. Eso huele delicioso.
La mujer sonrió, orgullosa de su pollo a la cazadora, un plato toscano que había heredado de su madre. Iba a agradecerle el halago cuando se acordó de algo:
—Señor, ha llegado un mensajero con un sobre para usted.
Owen sirvió el agua en un vaso y la bebió de un trago, mientras la mujer se secaba las manos y salía de la cocina. Al momento regresó y le tendió una tarjeta escrita a mano en una cuidada cursiva. Owen la recogió y leyó:
Tengo el placer de invitarlo a la inauguración de los almacenes Lowell en la calle 50 esquina con la Quinta Avenida. Será el lunes 5 de diciembre a las 5 de la tarde. Se ruega confirme su asistencia.
John Lowell.
Parte del malhumor con el que había empezado el día se esfumó. En cuarenta y ocho horas, volvería a ver a Elisabeth Davenport.
Domingo, 4 de diciembre de 1921
Nueva York
John había preferido citar esa tarde a Ian Brennan en su apartamento de la calle 72 en lugar de en los almacenes Lowell, pues no deseaba que un fotógrafo de The New York Times arruinase la sorpresa de cómo había quedado la sala de ventas, cuyos últimos detalles se habían acabado de perfilar esa misma mañana.
Por eso, a las cinco en punto, puntual, en el descansillo de la planta 12, con la gorra en una mano y un enorme paquete envuelto en papel marrón bajo el otro brazo, Ian esperaba a que le abrieran la puerta del apartamento.
Rogers, que había sido avisado por el portero, lo recibió.
—Buenas tardes, señor Brennan —lo saludó este, con la formalidad de un mayordomo inglés, aunque fuera de Connecticut.
—Buenas tardes. Vengo a entregar unas fotografías…
—Lo estábamos esperando, señor, ¿me permite su gorra?
—Sí, claro —contestó Ian, descolocado; nunca le habían pedido la gorra al entrar en ninguna de las casas que frecuentaba y tampoco era usual que un mayordomo lo llamase «señor».
—Sígame, por favor.
Ian caminó por el largo pasillo siguiendo a Rogers, echando vistazos nada discretos a la decoración que olía a dinero y a nuevo por todas las esquinas.
Cada detalle, por pequeño que fuera, hablaba de buen gusto y de lujo; incluso tuvo que contener un silbido apreciativo cuando sus ojos tropezaron con un cuadro firmado por Georgia O'Keeffe y otro a su lado de Edward Hopper, dos pintores a los que había fotografiado para el periódico y que se contaban entre los más cotizados de la ciudad.