Los cerezos de Central Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Se odió por su mala cabeza, por haber sucumbido a la tentación de las promesas de Ted.

Había sido una niña boba y confiada, le había dejado hacer con ella lo que quisiera y, desde entonces, su vida había empezado a girar en una espiral que conducía cada vez a un sitio peor.

Maldito Tedd y maldito también Phoenix Owen y sus buenos modales; no debería haber creído en sus palabras ni que la pondría en mejores manos que las de la odiosa mujer que había matado a su hijo.

El local donde la había dejado era un negocio ilegal de venta de alcohol y prostitución.

Hasta pensar en la palabra le daba escalofríos.

Tomó la Biblia que llevaba en su maleta y la abrió, intentando leer hasta que empezase su turno. Cuando aún no había completado dos páginas, unos golpes en la puerta le indicaron que debía ponerse en marcha. Empezaba su trabajo de esa noche.

Salió del cuarto dispuesta a abrir bien los ojos y enterarse de todo lo que pudiera. Debía encontrar la manera de salir de allí cuanto antes.

Jueves, 1 de diciembre de 1921

Nueva York

Durante unos instantes, el aire se agitó como un vendaval repentino alrededor de Ian, perdió su ligereza y le costó respirar.

Unos hechizantes ojos azules, que sonreían a la par que su dueña, se enfrentaron a los suyos y se quedó tan absorto en ella que no notó que Clarissa había abandonado el despacho y que John seguía allí.

—Creo que ya se conocen —le dijo este.

—Sí, sí…, claro…, nos conocemos —tartamudeó Ian.

El fotógrafo sacudió con levedad la cabeza y se apresuró a extender la mano y ofrecérsela a Elisabeth Davenport.

Ella, antes de devolverle el saludo, deslizó un guante para liberar su mano.

Si verla había supuesto un pequeño cataclismo para Ian, cuando se rozaron se desató un incendio que empezó en la piel y lo inundó.

Pestañeó desconcertado, buscando un autocontrol que no recordaba haber perdido jamás con ninguna mujer, y la soltó de un modo más brusco de lo que indicaba la cortesía.

Entonces sus emociones se embarullaron de nuevo y lo que le invadió fue una desconocida sensación de pérdida. Carraspeó, enfadado consigo mismo.

—No sé si serviré para esto —afirmó ella, con una encantadora timidez—, pero quiero ayudar a John.

—Estoy seguro de que es la mujer perfecta —dijo Ian.

En cuanto se escuchó, su voz interior le recordó que llevaba un rato comportándose como un imbécil, mientras domaba unas tremendas ganas de darse un cabezazo contra la pared.

John intervino, salvándolo de decir más estupideces; redactó un contrato particular para que lo firmase y le preguntó dónde quería hacer las fotografías.

Ian se obligó a recuperar la calma y echó un vistazo a su alrededor.

El despacho, amueblado con exquisito gusto, le pareció un lugar adecuado.

Solo necesitaba permiso para mover algunos muebles de sitio para que pareciera un lugar distinto en cada fotografía, aunque estaba seguro de que nadie se fijaría en la decoración si la protagonista de la toma era Elisabeth.

En la que llevaba en el bolsillo, sus ojos mirando a la cámara cautivaban a quien los observaba, desdibujando el resto de elementos.

—Dispóngalo todo mientras acompaño a mi hermana a que se cambie —le sugirió John, rescatándolo.

—De acuerdo —contestó.

Cuando los dos hermanos abandonaron el despacho, Ian procedió a instalar la cámara en el trípode, preparó el flash y evaluó las posibilidades de la estancia.

Tenía que concentrarse en su trabajo y dejar de pensar lo que despertaba en él la proximidad de Elisabeth.

La prioridad era hacer bien el encargo e irse a casa con el buen montón de billetes que le había ofrecido John Lowell.

A los pocos minutos, al verla entrar ataviada con el primer vestido, volvió a quedarse sin respiración.

Tejido en satén granate, un intrincado diseño de lentejuelas nacaradas recorría la tela componiendo un dibujo de inspiración vegetal.

Un cinturón lo ajustaba a la altura de las caderas, disimulando las formas femeninas, algo que se compensaba con el atrevido escote en pico y la ausencia de mangas, que dejaban al descubierto la cremosa piel de Elisabeth.

Lo habían combinado con unos guantes largos blancos y una cinta rematada con una pluma granate como la tela del vestido, que destacaba sobre su pelo corto y rubio.

—Quiero que se acerque a la mesa y agarre el teléfono, como si estuviera atendiendo una llamada —le dijo Ian, adoptando su papel más profesional.

Ella siguió sus instrucciones. Se situó de pie delante de la mesa de John, dispuesta a cumplir el cometido, aunque su postura era demasiado rígida.

—Tiene que relajarse —le pidió el fotógrafo.

—No sé qué debo hacer.

—Apóyese en el escritorio.

—¿Cómo?

—Así.

Ian se acercó a la enorme mesa y le mostró cómo quería fotografiarla, sirviéndole él mismo de modelo. Descansando despreocupado sobre la madera, descolgó el auricular del teléfono y simuló que contestaba una llamada. John, que observaba desde la puerta, consultó su reloj de bolsillo.

—Yo los dejo solos —se disculpó—. Señor Brennan, cuando termine, búsqueme para que le pague.

—¿No te puedes quedar? —preguntó Elisabeth.

—Tengo mucho que solucionar aún. Estaré ahí mismo, en la zona de ventas; seguro que, si no te estoy mirando, posarás más tranquila. Confía en el señor Brennan, él sabrá lo que hace.

Elisabeth suspiró. No estaba segura de que John tuviera razón y pudiera relajarse a solas con el fotógrafo.

Sentía el rostro ardiendo y que Ian no dejase de mirarla, aunque fuera porque no le quedaba más remedio para hacerle las fotos, estaba alterando sus latidos.

No recordaba haberse sentido así desde que era una jovencita.

Había construido una coraza de indiferencia con los hombres, pero ese fotógrafo la traspasaba sin que pudiera evitarlo desde el instante en el que se cruzaron por primera vez.

Alentaba sus emociones en una dirección que se había prohibido hacía demasiado tiempo.

—Tranquila —dijo Ian, cuando regresó a su posición tras la cámara—. Olvídese de que estoy aquí, finja que está ocupada al teléfono.

Hacer las fotografías les tomó un par de horas.

Poco a poco, Elisabeth se fue relajando y hasta rio varias veces con los comentarios de Ian, que también encontró su serenidad.

Para cada uno de los vestidos se hicieron varias tomas.

Mientras ella se cambiaba en otra sala, él recolocaba el despacho, creaba un nuevo escenario para que, cuando regresara la siguiente foto, diera la impresión de que se había tomado en otro lugar.

Al lado de la ventana.

Sentada en una silla.

Apoyada en el respaldo de otra.

Sujetando un libro.

Oliendo un perfume.

En aquellas dos horas, Ian disparó su cámara incontables veces con dos intenciones: elegir las mejores imágenes para mostrárselas a John y quedarse otras para sí mismo. Quizá Elisabeth Davenport estaba muy lejos de la órbita en la que gravitaba su mundo, pero nadie podía prohibirle que fantaseara.

—Creo que ya está —dijo, cuando sintió que ya tenía suficientes.

—Espero haberlo hecho bien.

—No, quien espera haberlo hecho bien soy yo. Usted ha estado… muy bien.

Frenó otra palabra que se le había ocurrido y las otras tantas que bombardeaban su cerebro desde que la vio entrar por la puerta, todas mucho más amplias y mucho más delatoras de sus emociones que un simple «bien».

—Si no me necesita más, yo me marcho.

—Hay algo…

Elisabeth lo miró interrogante y, al ver que extraía un papel del bolsillo, sonrió, reconociendo la fotografía en la que ella se abrazaba para espantar el frío en la puerta del May Tea.

—Es suya, se lo prometí —dijo él, tendiéndosela.

Ella la tomó en sus manos y después volvió los ojos a Ian.

Los apartó al instante, dándole las gracias y constatando que luchar contra sus sentimientos era un completa pérdida de tiempo.

En esa imagen, en cómo lo había mirado mientras le hacía la fotografía, ella misma vio que Ian Brennan no le era en absoluto indiferente.

Aterrada por el descubrimiento, con la foto en la mano, se despidió de manera precipitada de él y abandonó el despacho.

Viernes, 2 de diciembre de 1921

Nueva York

Ese viernes, Ian llegó al Ice pasadas las diez de la noche.

En vez del alegre griterío que podría esperarse de un local de ocio, volvió a encontrarse con unos clientes que hablaban en la voz queda de un sombrío velatorio, obligados por la ley que le había declarado la guerra al alcohol.

En el aparente silencio, las palabras se trocaban por gestos sugerentes y miradas cómplices, risas ahogadas y susurros tibios al oído.

El fotógrafo se acercó a la barra y pidió un ron, que el camarero le sirvió al momento en una delicada taza.

Mientras sus ojos se perdían en el líquido ambarino, contorneó con los de dos el borde de la suave porcelana e imaginó que lo que acariciaban era la piel de Elisabeth Davenport.

La supuso aterciopelada y tersa, peligrosamente tentadora y tan prohibida como un trago del elixir proscrito que contenía la taza.

Este estaba al alcance de su mano, solo tenía que acercarlo a los labios y podría perderse en su sabor, mientras que ella, por muy irresistible que le pareciera, solo era una fantasía muy alejada de la realidad de su mundo.

Dejó la taza en el platillo y se dispuso a centrarse en lo que lo había llevado esa madrugada al Ice.

En una inspección disimulada de la sala, constató que todas las mesas estaban ocupadas.

Como otras veces, predominaban los hombres, pero tampoco faltaban las mujeres.

Aunque estas en su mayoría se habían opuesto con vehemencia al consumo de alcohol, había algunas que exprimían tanto como los hombres la diversión en aquellas reuniones clandestinas.