Capítulo 7 #2
Ian le devolvió su atención e incluso se permitió el lujo de guiñarle un ojo.
Ella se mostró aún más nerviosa y, después de anunciar su presencia a la persona que esperaba en el despacho e indicarle con un gesto que entrase, se marchó.
Cuando él puso un pie en la suave alfombra de la estancia, una sensación placentera le transportó a otro lugar.
Se imaginó pisando un trozo de césped mullido y bien cuidado.
Los pies se hundían con suavidad y regalaban una sensación increíble.
Esa gente sí que sabía rodearse de lo bueno; o, al menos, tenía el dinero que hacía falta para ello.
La momentánea distracción le hizo retrasar el levantar la vista para enfrentarla con el hombre que requería de sus servicios.
—Gracias por venir, señor Brennan. No sé si recuerda que hace unos cuantos días nos vimos en el puerto, cuando nos devolvió a Catherine. Soy John Lowell. Siéntese, por favor.
Ian, entonces, recordó a Elisabeth Davenport. Le había hablado de unos almacenes nuevos en la ciudad. Ahora sabía que eran aquellos.
—Fue un placer devolverle a su hija.
Dijo lo primero que se le pasó por la cabeza.
—Catherine no es mi hija, es mi sobrina —contestó John.
Al fotógrafo le costó un instante reaccionar a lo que escuchó.
—Ah, pensé que…
—Es la hija de mi hermana. Le reitero las gracias por devolverla sana y salva, pero déjeme contarle para qué lo necesito ahora. Verá, preciso hacer unas fotos a unos vestidos para exponerlas en los almacenes —dijo Lowell.
—¿Cómo las quiere? —preguntó el fotógrafo, recuperando la serenidad.
—No muy grandes, no le estoy pidiendo unos carteles.
—Hizo un gesto con las manos para que se hiciera una idea del tamaño que requería, unos ochenta por sesenta centímetros—.
Son cinco vestidos, pero necesito varias copias de cada una para exponerlas en cuadros en distintos lugares de la tienda. ¿Podría ser?
—Sí, claro. ¿Para cuándo sería?
—Como muy tarde, el día 4.
—¿Y cuántas copias de cada una?
—He pensado que con seis de cada fotografía tendría suficiente.
Ian se tomó unos instantes para hacer cuentas mentales y encontró un problema.
No tenía dinero en esos momentos para comprar tanto material y estaba seguro de que el viejo Evie, el dueño del almacén de suministros fotográficos, no le iba a fiar.
Siempre le había devuelto sus préstamos, pero no era muy bueno en eso de hacerlo de inmediato y habían chocado varias veces por aquel motivo.
Tendría que volver a recurrir a Connor y este no era idiota.
Se acabaría dando cuenta de sus serios problemas económicos.
—¿Cuánto y cuándo me pagará? —preguntó, mientras consideraba si su vecina Akina podría ayudarlo a evitar a la familia. Nunca le había pedido un favor de manera directa, pero podría intentarlo.
John le dio una cifra y le aseguró que, en cuanto tuviera las fotografías, recibiría el pago. Era mucho dinero y el trabajo sencillo, y no parecía algo turbio. Ian valoró durante unos instantes la manera de conseguir hacerlo sin tener que recurrir a nadie.
—Necesito un adelanto ahora, digamos una tercera parte. Y el resto, a la entrega —le dijo a Lowell.
—Si lo ponemos por escrito —contestó John—, no tendré ningún problema en darle ese adelanto, pero el pago final se lo haré el día 5, después de la apertura de los almacenes.
Ian calculó que con una tercera parte de lo que le había ofrecido no solo tendría suficiente para que Evie no se pusiera pesado, sino para darse por satisfecho con el dinero conseguido por el trabajo, así que extendió la mano para comenzar a cerrar el trato.
Las dos terceras partes extra que le ofrecía Lowell auguraban unas buenas Navidades con su familia.
Quizá podrían ser las mejores desde que no vivían sus padres.
—Si todo está claro, podemos hacer las fotos ahora mismo —le dijo Ian a John—. El día 4 está ahí.
—Lo sé, por eso pedí que trajera la cámara. Pero me gustaría hacer las fotos con una modelo. No solo a los vestidos.
—Me parece bien, un vestido siempre luce más en el cuerpo de una mujer bonita. Podría haber traído una modelo si me hubiera avisado.
—No es necesario; la que va a posar para usted está aquí.
Ian, de espaldas a la puerta, no se dio cuenta de que Clarissa había abierto con sigilo.
Se quedó mirando a la chica y le pareció que podía servir.
Era guapa y, mientras le tomaba el pelo, se había fijado en que tenía un cuerpo espectacular.
Se puso de pie, imitando a John, y, al hacerlo, descubrió que no estaba sola.
Había alguien detrás de ella a quien no había visto.
Jueves, 1 de diciembre de 1921
Nueva York
Tres días antes, después de que Owen desapareciera en su coche, Louise había seguido a Wilson hasta la puerta del sótano de una casa.
El hombre llamó tres veces con los nudillos y, al momento, se descorrió una mirilla tras la que se adivinaron un par de ojos escrutadores.
El dueño de ellos preguntó algo y Wilson susurró una palabra que Louise no entendió, mucho más pendiente de un enorme perro atado en la puerta que le enseñaba los dientes.
Agradeció en silencio que el hombre abriera pronto y entrasen a aquel lugar para perder al animal de vista.
Nada más poner un pie en el interior, la penumbra se adueñó de todo.
Ella y un denso silencio los acompañaron por un estrecho pasillo hasta unas escaleras situadas a la derecha.
Aunque el lugar le estaba provocando recelo, no dijo nada.
No estaba tan sucio como la casa de la horrible mujer donde la había dejado Owen, ni siquiera olía mal, pero le gustaba tan poco como aquella.
Louise, a falta de otro asidero, se agarró con fuerza a su maleta.
Cuando accedieron al pasillo de la planta superior, observó una fila de puertas cerradas.
El silencio allí era tan atronador que hasta podían escuchar sus propias pisadas en el suelo de madera.
Wilson llamó a una de ellas y, al instante, se asomó una mujer.
Llevaba un batín rojo que le llegaba a medio muslo y se lo estaba terminando de abrochar, razón por la que sus labios sujetaban un cigarro encendido en precario equilibrio.
—Aquí te la dejo.
Wilson no dijo más; se volvió por donde habían llegado y desapareció escaleras abajo. Louise se notaba cada vez más nerviosa, pero evitó hacer ningún comentario. Desde que había llegado hacía poco más de una semana, se sentía como un juguete que iba pasando de mano en mano.
—Bienvenida, cariño —dijo la mujer, aunque el apelativo que usó no sonó afectuoso, sino más bien una coletilla que debía de estar acostumbrada a emplear con cualquiera—. ¿Cómo te llamas?
—Louise Newell, señora —contestó ella.
La mujer soltó una carcajada que Louise no entendió.
—Yo soy Samantha. A secas —le dijo, mientras apagaba el cigarro en un cenicero atestado de colillas.
—Encantada —susurró la chica.
—Inglesa, ¿verdad?
—Sí.
—Espera aquí.
Entró en el cuarto y salió al momento de él con una llave en la mano. Con un gesto suave le indicó que la siguiera hasta una de las puertas cerradas. Una vez allí, abrió, la instó a que entrase y le dio unas escuetas instrucciones.
—Estarás tres días de prueba como limpiadora del local. Empezarás esta noche.
—¿Esta noche?
—Sí, aquí se limpia de noche. No te preocupes, tendrás después el día libre para dormir.
Louise no había trabajado en toda su vida, no tenía ni idea de por dónde empezar, pero después de lo que había vivido sabía que no estaba en condiciones de protestar: nadie iba a escuchar sus lamentos.
Sintió unas terribles ganas de llorar, pero las ahogó en una petición, el único consuelo que se le ocurría que podría encontrar en esa ciudad que para ella era como haber entrado en el in fierno.
—Me gustaría ir a la iglesia, ¿sería posible? —preguntó.
Samantha tuvo que hacer un enorme esfuerzo por contener una carcajada.
—Nadie te lo ha dicho, ¿verdad? Hasta que no pase un tiempo prudencial, no podrás salir del local. Descansa hasta que venga a buscarte.
Louise fue incapaz de responderle, aunque un montón de palabras se agolparon en su pecho, preguntas que pugnaron por salir, pero que se perdieron entre el pánico que le despertaba el lugar.
Entró en el cuarto y se sentó sobre la cama, mientras dejaba la maleta a su lado.
Una cama pequeña, la mesita de noche, la banqueta y un armario de dos cuerpos constituían la decoración escueta, pero fue consciente de que ella no era la única inquilina: una opresora sensación de soledad le respiraba al oído, erizándole la piel.
La misma noche de su llegada, empezó a trabajar.
Tres días después, Louise había averiguado que no sabía limpiar y que odiaba cada vez con más fuerza a Ted Pribby.
Y la tercera de sus averiguaciones, que en el sótano del edificio donde trabajaba había un local al que la gente acudía a beber alcohol, a pesar de la Prohibición.
Cuando de madrugada cerraban, ella era la encargada de adecentarlo, junto con otra joven llamada Molly, con la que apenas había intercambiado media docena de palabras.
También las habitaciones de las mujeres que vivían allí debía limpiarlas varias veces cada noche. Nadie se lo había dicho, pero no estaba sorda ni ciega, sabía a qué se dedicaban por los hombres que veía entrar, los gemidos que se escuchaban tras las puertas cerradas y las sábanas sucias.