Capítulo 7
Nueva York
Diciembre posó su manto de frío sobre la ciudad y regaló a sus habitantes una bajada brusca de las temperaturas. En cuanto Ian entró ese jueves en casa de su hermana Beatrice, le suplicó una taza de café. Necesitaba reconfortar el cuerpo y calentar las manos, que traía congeladas.
—Deberías usar guantes, te lo he dicho muchas veces —lo regañó ella, al observarlas enrojecidas.
Le pasó la taza con café caliente y él la abrazó con los dedos, mientras meditaba, muy serio. Al fin, mirándola a los ojos, dijo:
—¿Recuerdas lo que nos decía mamá, de hacer caso a las señales que nos envía la vida?
Beatrice, preocupada, se sentó a su lado en la mesa de la cocina con desasosiego. Ian era experto en meterse en líos y su circunspección no auguraba nada bueno.
—¿De qué señales me hablas?
—Ya he perdido tres pares, hermanita, eso tiene que ser una señal tan luminosa como la del faro que acaban de reconstruir debajo del puente George Washington. Los guantes no están hechos para mí.
Después de decir aquello, no pudo aguantar más la carcajada que estaba reteniendo desde hacía un rato.
—Señal la que te voy a dejar yo en la cara como sigas burlándote de mí —le contestó Beatrice, irritada por la broma.
No aprendía, Ian siempre le acababa tomando el pelo. Se levantó de la mesa y, cuando pasó por detrás de él, le dio un golpe contundente en la nuca que sonó como un chasquido.
—¡Ay!
—Eres idiota, no sé si lo sabes. Me has asustado, Ian.
—Bueno, bueno, ¡qué poco sentido del humor! Si te pido perdón, me invitas a comer, ¿verdad? —le preguntó.
—¿Tengo otra opción? —respondió irónica su hermana.
En ese momento, el pequeño Luke entró en la cocina gateando.
Aún no caminaba, pero había descubierto la libertad que le daba arrastrarse por el suelo.
Pese a que Beatrice trataba de evitarlo, no lo conseguía.
Lavar tanta ropa del niño con el frío que hacía no era nada agradable, por no hablar de lo complicado que resultaba que se secase.
—¡Aquí está mi campeón! —gritó Ian, abandonando la taza y cargando a su sobrino sobre sus piernas.
—Te puedes quedar a comer, pero me lo voy a cobrar en cualquier momento, que lo sepas.
Ian guiñó un ojo y a punto estuvo de llevarse otra colleja. Le salvó la oportuna llegada de Connor.
—Ah, Ian, ya estás aquí —dijo su cuñado.
—¿Tú sabías que iba a venir? —preguntó Beatrice.
—Sí, cariño —respondió, y al pasar a su lado le dio un beso—, pero se me olvidó contártelo.
—¿Qué pasa? ¿Todavía no te han pagado en el periódico y necesitas de la generosidad de tus hermanos? —le preguntó ella a Ian.
—Pues sí me han pagado, listilla… —Sacó unos cuantos billetes del bolsillo de su chaqueta y los puso sobre la mesa—. Esto es para que le compres algo a mi sobrino.
—¿Qué os pasa a vosotros dos? —preguntó Connor, que notó la tensión entre los hermanos.
—Le he tomado el pelo —le dijo Ian.
—Has conjurado a los demonios, entonces…
Beatrice cogió los billetes, mientras les lanzaba una furibunda mirada a los dos. Lo que le faltaba era que Connor también se pusiera de su parte. ¡Cómo los odiaba cuando se aliaban y se burlaban de ella! Después, se marchó a la habitación para guardar el dinero.
—Ya tengo la contraseña del Ice para mañana —susurró Ian, cuando estuvo seguro de que ella no los escuchaba.
—No te metas en ningún lío, solo observa —le advirtió el policía.
—No soy tonto, no te preocupes. ¿Tú que has averiguado?
—Nada —suspiró Connor—. He estado haciendo preguntas con cuidado, pero nadie suelta prenda. O no saben nada o, si alguien sabe lo que le pasó a Carver por la cabeza antes de dispararse, se está cuidando muy mucho de decirlo.
Beatrice regresó a la cocina en ese momento para servir la comida. En cuanto entró, ambos callaron. Llevaba semanas observando que hacían eso y estaba empezando a hartarse. Ellos tres siempre habían sido un equipo del que no le gustaba verse excluida.
—Siempre estáis cuchicheando, me tenéis harta. Cuando éramos niños no me manteníais al margen de nada —se quejó.
—Le estaba contando a tu marido que me han hecho un encargo —dijo Ian, a la vez que guiñaba un ojo a su cuñado.
Se metió la mano en el bolsillo y sacó una nota que le habían entregado en el periódico antes de dirigirse a la casa de los Boyle. Al hacerlo, una fotografía se le cayó al suelo sin que se percatase.
—¿De qué se trata? —preguntó Beatrice.
—Necesitan un fotógrafo en esta dirección, pero eso es todo lo que sé. Tengo que presentarme allí esta tarde.
—¿Quién es? —preguntó su hermana, tras recoger la foto del suelo.
En ella aparecía una mujer joven. Su cuerpo miraba hacia la izquierda, mientras su rostro se giraba hacia la cámara y parecía abrazarse a sí misma, como si se protegiera del frío.
La imagen estaba tomada en plena calle y llamaba la atención el vestido que llevaba, sin mangas y adornado con lentejuelas y pedrería, muy poco apropiado para una noche de frío invernal.
Sin embargo, en sus ojos no se apreciaba frío, sino una calidez extraordinaria que apuntaba a quien miraba la imagen.
Llevaba el pelo cortado a la moda, por debajo de la nuca, y era bellísima.
—Nadie —dijo Ian con rapidez y se la quitó para volver a guardarla en el bolsillo.
Beatrice lo miró negando con la cabeza. La rápida reacción de su hermano y la contundencia de su palabra le revelaron que «nadie» no era la palabra adecuada.
Quienquiera que fuese, significaba algo para él.
Jueves, 1 de diciembre de 1921
Nueva York
La nota que llevaba en el bolsillo de la chaqueta no era demasiado explícita.
Decía tan solo que debía presentarse en una dirección de la calle 50 a las cinco de la tarde.
En mayúsculas, señalándolo como importante, unas escuetas palabras: Lleva la cámara, pagan bien .
Nada más. La secretaria que le dio la nota le advirtió que aquel no era un trabajo para el periódico, sino un extra que, por alguna razón, le había llovido del cielo.
Ian sacó un nickel del bolsillo y pagó los cinco centavos del metro.
Hizo gran parte del trayecto aventurando hipótesis sobre la clase de trabajo que podría ser.
Le daba lo mismo; solo tenía que presentarse, disparar la cámara y revelar los negativos.
Le resultaba intrigante, pero la necesidad había barrido cualquier debate moral que plantease tanto secretismo.
Iba a hacer las fotos de todas maneras.
A Connor y Beatrice les hacía creer que se dejaba caer en su casa a comer porque le apetecía, porque era un caradura sin remedio, pero la verdad era otra: apenas le alcanzaba con lo que cobraba en el periódico para los gastos del alquiler, el material fotográfico y la comida.
Los billetes que había dejado para que su hermana le comprase algo a Luke eran parte de su camuflaje y le iban a costar saltarse la cena más días de lo que ya se había convertido en normal.
Si no pasaba mucha más hambre, era porque la señora Nakamura lo rescataba del ayuno involuntario con la excusa de tener alguien con quien charlar para no olvidarse del inglés.
Faltaban un par de minutos para las cinco, cuando Ian llegó a la puerta de lo que parecía una nueva tienda de ricos en el centro de Manhattan.
Se acercó al vidrio del escaparate e intentó atisbar en el interior qué vendían, pero de lo único que estuvo seguro era de que aún no habían abierto al público y de que aquella tienda olía a pasta.
Después de asegurarse por última vez de que esa era la dirección correcta, atravesó la puerta y echó un vistazo.
Un montón de gente iba de un lado a otro colocando productos en estanterías y mostradores: ropa, zapatos, paraguas y bisutería, a los que se sumaban bolsos y hasta algunos pequeños muebles con pinta de antiguos.
Un hombre pasó por su lado cargando un montón de bastones y paraguas, y una mujer lo hizo al instante, llevando en las manos lo que parecían sugerentes prendas de lencería.
A pesar del movimiento y de que algunos necesitaban esquivarlo, nadie parecía reparar en su presencia.
Fue a llamarle la atención a un operario cargado con una escalera, pero en ese momento una muchacha joven y muy guapa se dirigió a él:
—Perdone, aún no hemos abierto —le señaló, invitándolo a que se marchara con el seco tono de su voz.
Ian observó que lo miraba como si fuera un molesto insecto.
No tenía pinta de un potencial cliente de aquel negocio, le delataban sus ropas gastadas y humildes, pero tampoco era para que lo tratase así.
Estuvo a punto de soltarle una impertinencia, pero cambió de idea.
Necesitaba el dinero y no iba a estropear la oportunidad de conseguirlo por ponerse digno.
Además, conocía una manera mejor para lograr que cualquier mujer lo tratase bien.
Se quitó la gorra y le respondió con su mejor sonrisa canalla, a la vez que le cogía la mano y la besaba como si ella fuera una gran dama aristocrática.
Se entretuvo de más con la mirada fija en sus ojos y no habló hasta que estuvo seguro de que la había dejado sin palabras.
—No he venido a comprar. Soy fotógrafo y me han citado aquí.
Movió el hombro para mostrarle la cámara que llevaba colgada, junto con una bolsa donde guardaba el flash y un trípode desmontable. Siguió sonriéndole del mismo modo y el ligero rubor en el rostro de ella le confirmó que el duelo lo había ganado. Solo entonces le soltó la mano.
—Disculpe mi error, soy Clarissa Stone, la asistente del dueño. Le está esperando. Si me acompaña…
Clarissa, azorada, caminó en dirección a la oficina seguida por Ian, quien, después de echarle un vistazo apreciativo al firme trasero de la chica, volvió a centrar su atención en la tienda.
Era más lujosa que algunos de los hoteles a los que había entrado a cubrir noticias.
Ni en sueños se podría permitir nada de lo que venderían en ella cuando la abrieran.
Parecía todo tan espectacular que se imaginó que hasta por mirar el escaparate cobrarían.
—Es aquí —dijo Clarissa.