30 de noviembre de 1921, miércoles
Nueva York
Que rido Richard:
Todos los días, desde que llegué aquí, dedico un rato a estar a solas en mi habitación.
Me siento al lado de la ventana y observo el cielo o, al menos, los trocitos de él que dejan ver los edificios.
Respiro y cierro un momento los ojos, intentando concentrarme en un pensamiento que no me permito el resto del día: pienso en ti.
Pero no en tu pérdida, ese pensamiento ya ha ocupado demasiado espacio en mi alma y ya me ha dejado muchas heridas.
He descubierto otro que me reconforta más: pensar en el privilegio de haberte conocido, de haber formado parte de tu vida.
Me di cuenta de que tenía que cambiar el otro día paseando por Central Park.
Muy cerca de donde vivimos, al oeste del Museo Metropolitano, hay un camino bordeado por cerezos.
Ahora sus ramas están desnudas; la savia que circula por ellas ha ralentizado su paso y parecen muertas y tristes, pero, escondida en su interior, hay una promesa de primavera.
Cuando el frío se desvanezca, florecerán y teñirán de rosa el paseo.
Si me empeño, yo también podré florecer.
El presente es ahora mi tiempo, mirando a un futuro que promete cambiar los grises por colores más cálidos.
Si quiero que eso suceda, debo enfocar la vista hacia adelante y desafiarme.
Debo dejar de luchar por lo que no voy a recuperar, porque es un imposible, y permitirme cambios.
Como el otro día, cuando me corté el pelo.
Como viajar, que ha sido todo un acierto.
Como recuperar a esa parte de mi familia a la que apenas había tenido tiempo de conocer.
Te gustaría tu tío John. Es estupendo. Ojalá lo hubiera conocido antes.
Pero dejemos el pasado, no sirve de nada darle vueltas: debo mirar al futuro. Y voy a hacerlo. Tu madre se va a convertir en la mujer osada que nunca fue.
Lo prometo.
Te quiere, tu madre
Elisabeth Davenport