Capítulo 6 #8
—Es verdad que a nadie le gusta llevar el mismo vestido que otra mujer en un evento —afirmó Victoria—.
Eso te lo puedo garantizar, pero también sé que pagar por vestidos exclusivos resulta muy caro.
El que ofrezcas los diseños de Camille con modificaciones, como cambiar el color de la tela o el tejido, los puede hacer más asequibles y que te los quiten de las manos.
Sí, me gusta la idea. Esa socia tuya es muy valiosa, no la pierdas.
—No lo tengo previsto —rio él—, pero hay algo más.
Tomó aire. Se temía una negativa rotunda por parte de las dos.
—Felicia sugiere que seáis vosotras las que luzcan los vestidos en esas fotografías y que las cuelgue en las paredes de los almacenes.
Ambas se miraron y sonrieron. Al principio, porque instantes después soltaron una carcajada. Al ver el gesto de John, Elisabeth preguntó:
—¿Estás hablando en serio?
—Sí —respondió él.
—De ninguna manera —dijo Victoria—. A mí eso me daría muchísima vergüenza. No cuentes conmigo.
—Yo creo que los vendería todos en cinco minutos si te ven a ti con ellos puestos —afirmó John.
—Gracias por el halago, pero no pienso hacerlo, ¿estás loco? ¡Y encima quieres colgarlos por las paredes de tus almacenes! ¡A la vista de todo el mundo!
Mientras se lo decía, había un tono de burla en sus palabras.
No pensaba considerar en serio hacerse esas fotografías, pero si John lo necesitaba, estaba dispuesta a comerse la vergüenza y colaborar en que todo saliera bien para él.
Pero seguro que habría otras opciones y quería que las valorase antes de lanzarse a algo así.
—Tenía que intentarlo —dijo él, que se temía una respuesta negativa—. ¿Y tú qué piensas? —le preguntó a su hermana.
—Lo mismo. Es buena idea, pero no creo que nosotras sirvamos para ese propósito.
—Pero ¿por qué? Sois bellísimas y los vestidos os sentarían como guantes. Además, ya lucís modelos de Camille, o muy parecidos. Los que habéis traído los ha hecho Mary basándose en sus diseños y son muy similares. Sabéis cómo llevarlos.
—No creo que sea apropiado para alguien como yo. Si nuestro padre se pudiera enterar, no me volvería a hablar en lo que le quedase de vida —dijo Elisabeth.
—Ya, pero él no te volverá a hablar de todos modos —contestó John, aunque al instante se arrepintió de sus palabras.
No tenía ya resentimientos hacia el conde de Barton, había aceptado que Richard Davenport fue su padre y no pretendió sonar tan desconsiderado—.
Lo siento, Elisabeth, he sido un idiota.
—No te disculpes. Mi comentario tampoco ha sido el más acertado.
—Bueno —dijo él, tratando de reorientar la conversación—, tendré que valorar otras opciones. De todos modos, como quería preguntaros primero, aún no tengo fotógrafo. Debo localizar a uno. Supongo que él conocerá a chicas guapas con mejor disposición que vosotras…
—No te enfades —le pidió Victoria, a la que le estaba costando aguantar la risa. No le iba a dejar tirado, sabía que apenas tenían tiempo.
—No estoy enfadado, estoy cansado. Estos días hay tantos frentes abiertos que tengo la sensación de que nada saldrá bien en la apertura.
Se recostó sobre el respaldo del sillón, desinflado. La avenida de su imaginación se transformó en un callejón. Menos oscuro que por la mañana, pero quedaba lejos del optimismo que le había hecho regresar a casa flotando en una nube.
—Yo conozco a un fotógrafo —anunció Elisabeth.
Ambos se quedaron mirándola. Después de su comentario, John no esperaba tenerla de su lado y, además, ella apenas se había relacionado con nadie desde que llegaron; su afirmación le tomó tan desprevenido como a Victoria.
—¿Un fotógrafo de Nueva York? —preguntó esta, extrañada por la seguridad con la que había hablado.
—Vosotros también lo habéis visto. Había uno en el May Tea la otra noche haciendo las fotos para el periódico.
—Cierto, se me había olvidado que había un fotógrafo —contestó John—. Llamaré a Owen y le pediré que nos ponga en contacto.
—¡No! No hace falta involucrarlo en esto —dijo Elisabeth, buscando serenar el tono de su primera negación—. Localízalo en el periódico, sin preguntar a Phoenix Owen.
—Pero no sabemos de qué periódico se trata, yo no me fijé y la verdad es que no me sobra demasiado tiempo. Él lo sabrá y terminaré antes de solventar esto.
—Yo sí lo sé —dijo ella—, trabaja en el New York Times .
—¿Cómo sabes eso? —preguntó Victoria, extrañada.
—Salió a la calle poco después de que yo escapase de la sala y estuvimos hablando. Ya lo conocía de antes y vosotros también, es el hombre que encontró a Catherine en el puerto.
La oscuridad de la sala cuando el mago actuó les había impedido fijarse en el fotógrafo, pero lo habían visto tan poco tiempo en el puerto que también dudaban de que lo hubieran reconocido si hubiera sido de otro modo.
—Mañana le diré a Clarissa que le envíen una nota al periódico —dijo John—, quizá no acepte trabajos fuera de él, pero puede conocer a otro que sí. Mientras tanto, pensadlo, por favor. Hacedlo por mí.
Victoria siguió negándose en voz alta. Elisabeth cabeceó. Tampoco le gustaba la idea.