Capítulo 6 #7
—Eso no es ningún inconveniente, John. La semana que viene te mandaré tres de las nuestras, mientras encuentras a alguien en Nueva York. Digo yo que, con lo grande que es la ciudad, encontrarás a alguien que sepa coser.
—Está bien, jefa. Buscaré un fotógrafo y haré las fotografías en cuanto envíes los trajes.
—¡Algo más! —dijo ella—. No se las hagas colocados en maniquíes. Los vestidos cuando más lucen es cuando los lleva puestos una mujer hermosa.
—¿Ahora también tengo que buscar una modelo? —le preguntó.
—Deberías, pero… también se me ocurre una solución.
—Sorpréndeme —dijo él, recostándose en el respaldo de la silla.
—Me parece que vives ahora con dos mujeres que, por lo que tú mismo me has contado, son muy bellas. Convéncelas de que se los pongan y se dejen fotografiar.
—No creo que pueda…
—¿Qué hay de tus dotes seductoras, John? A mí me convencías de lo que te daba la gana.
—Tú lo hacías conmigo, Felicia, no inventes ahora.
Ambos se echaron a reír. Le encantaba la complicidad que tenía con ella, una que había logrado superar muchos obstáculos a través del tiempo y que no mermaba ni cuando estaban lejos y hablaban por teléfono.
—Está bien, se lo voy a proponer. No creo que ninguna de las dos acepte, pero no pierdo nada.
—¡Bien! Veo que empiezas a despertar. Te tengo que dejar, aquí hay mucho trabajo que hacer.
—Espera.
—¿Sucede algo más?
—A mí no, pero a ti sí. Suenas con un entusiasmo que no te escuchaba desde hacía tiempo y me has dicho que has pasado buena noche. ¿Qué te estás guardando?
Se quedó callada unos instantes, pero era John, con él no había secretos. Además, estaba deseando que lo supiera.
—Anoche cené con Albert y me besó. Y no sentí ganas de abofetearlo.
A John no le dio tiempo a replicarle nada, porque la comunicación se cortó. Estaba seguro, por lo mucho que la conocía, de que la interrupción no había sido algo fortuito.
Felicia no quería darle más explicaciones aún.
Miércoles, 30 de noviembre de 1921
Nueva York
La conversación con Felicia recargó de energía a John: los problemas empezaban a solucionarse y el camino a seguir dejaba de parecerse a un estrecho y oscuro callejón sin salida para dar paso a una amplia avenida repleta de posibilidades.
Se sentía eufórico y deseoso de poner en marcha las nuevas ideas de su socia.
Estaba seguro de que le proporcionarían cuantiosos beneficios y, lo que era mejor, añadían un plus d e novedad a su negocio.
Justo lo que necesitaba.
Por ese día, podía dar por terminado el trabajo.
Recogió su chaqueta y su sombrero del perchero y se dispuso a abandonar el despacho de los almacenes.
Hacía rato que era el único que quedaba allí.
Mientras se dirigía a la calle, iba apagando las luces a su paso y pensando que lo que más le apetecía era compartir una tranquila cena con su familia y, cuando terminasen, pasar un rato de charla con Victoria y Elisabeth.
Fue lo primero que les propuso en cuanto entró en el apartamento, y ellas estuvieron de acuerdo. Cuando terminaron de cenar, acostaron a los niños y los tres se reunieron en la habitación.
—Debería ser mejor anfitrión con vosotras —se disculpó.
—¡No seas bobo! —dijo Victoria—. Nos presentamos aquí casi de repente y tú tenías tus planes. No tiene que ser sencillo poner en marcha unos almacenes.
—No, no lo es —sonrió él.
—Estás siendo muy amable, John. No te preocupes por nosotras. Esta ciudad es tan distinta a Almond Hill que creo que, al menos yo, estoy necesitando un tiempo para adaptarme. ¡Es tan grande como Londres!
—Y lo será aún más. No para de llegar gente a diario buscando una oportunidad, Elisabeth —le dijo su hermano.
Quizá John le estaba hablando de trabajo, de la esperanza que parecía moribunda en Europa después del desastre en todos los aspectos que había supuesto la Gran Guerra.
Aunque había terminado a finales del 18, la gripe posterior y el descalabro económico al que se enfrentaron todos, ganadores y perdedores, mantenían asfixiado al continente.
Los perdedores, con Alemania a la cabeza, debían asumir las deudas multimillonarias que el Tratado de Versalles les había impuesto como castigo.
Los aliados, por su parte, se enfrentaban a devolver los créditos que Estados Unidos les había concedido durante el conflicto.
Unos y otros se habían endeudado con ese nuevo país.
Como si de las piezas de un juego de dominó se tratase, la caída de una había arrastrado a las demás y ponerlas todas en pie en el viejo continente iba a costar años.
Porque no solo se trataba de solucionar los problemas económicos como los que amenazaban con asfixiar a Almond Hill, eran las personas las que necesitaban recomponerse y buscar fuerza para afrontar el futuro.
Ella lo sabía bien.
Aunque su posición no la hubiera situado en la indigencia y siempre hubiera tenido comida en el plato, su alma andaba más que perdida. Nueva York era el intento de encontrar una ilusión. Demasiados muertos a la espalda. Demasiado grises los días para no necesitar beberse cada rayo de sol.
—Tengo que pediros un favor —dijo John—. Es un tanto… especial.
En su mirada y en el tono de voz que empleó, entre la súplica y el anhelo, ambas mujeres descubrieron que no estaba seguro de que lo que iba a demandarles se lo pudieran conceder sin pensarlo antes.
—A ver, cuéntanos —dijo Victoria, a la vez que se ponía cómoda en el sofá.
Lo invitó con un gesto de la mano a sentarse a su lado. Elisabeth, que ocupaba un sillón orejero frente a ellos, cerca de la chimenea, se irguió en el asiento, dispuesta a escuchar con atención a su hermano.
—Van a llegar cinco vestidos de Camille con las mercancías que vienen desde Boston y a Felicia se le ha ocurrido una idea.
Resumió el principio de la conversación que había mantenido con su socia y ellas fueron asintiendo; estaban de acuerdo en que lo que había pensado era una buena idea.