Capítulo 6 #6
Aparcó en las inmediaciones del descuidado apartamento del Upper East Side y se dirigió a él. Allí encontró a Louise fuera de la habitación, sentada en la mesa de la sucia cocina. Tenía mejor aspecto que el último día, quizá porque brillaba en sus ojos la esperanza de alejarse de la casa.
—¿Tienes todo preparado? —le preguntó.
La chica asintió. Lo había esperado con la maleta a sus pies y el abrigo puesto.
—Bien, entonces, nos vamos. Espérame fuera.
La observó salir con el equipaje en la mano y, cuando se aseguró de que no podía escucharlo, extrajo un fajo de billetes del bolsillo y se los tendió a la dueña de la casa, que se los guardó con avidez. Ambos se ahorraron palabras innecesarias.
Ya en la calle, Phoenix le abrió la puerta del coche a Louise.
—¿Dónde vamos? —preguntó ella.
—No está muy lejos. Te dejaré con un conocido con muchos contactos que podrá buscarte un trabajo. Estarás bien —afirmó.
—¿Qué clase de trabajo?
—Tranquila, él sabrá buscar algo que puedas hacer.
Louise supo de inmediato que no tenía más opciones que hacer lo que le decía ese hombre, así que no siguió preguntando.
Los escasos diez minutos que el vehículo tardó en detenerse en otra calle los hicieron en silencio. Allí, un tipo los esperaba parado en la acera.
—Buenos días, Wilson —lo saludó Owen, en cuanto se bajó del coche.
—Señor… —contestó este, con una ligera inclinación de cabeza.
Phoenix rodeó el vehículo y abrió la puerta del copiloto para que la chica se bajara.
—Esta es Louise Newell —dijo, en cuanto ella puso un pie en la acera.
—Encantado, señorita —saludó Wilson.
—Yo me tengo que marchar, la dejo en tus manos.
Le entregó la maleta, volvió a su coche y se alejó del edificio.
Louise sonrió con timidez al hombre, cuya vestimenta elegante y sus modales exquisitos le sugirieron que no se parecía a la mujer que la había acogido durante esos días. Deseó que las desdichas que la habían acompañado en los últimos meses dieran un giro y pudiera empezar una nueva vida.
Lo necesitaba.
Miércoles, 30 de noviembre de 1921
Nueva York
Quedaban cinco días para la apertura de los almacenes Lowell en Nueva York y John empezaba a temerse que había sido demasiado optimista en sus cálculos.
El barco con las mercancías que le pidió a Felicia que enviase desde Boston sufría un retraso que ya acumulaba dos jornadas.
Un estibador del puerto había sufrido un accidente, algo muy frecuente debido a las durísimas condiciones del trabajo de estos hombres.
Tras él se organizó una revuelta, a la que siguió una huelga, y la capacidad de presión de este colectivo paralizó por completo la carga en el muelle.
A ese problema se había sumado otro más cercano: varios de los dependientes que le había conseguido Wilson no habían tenido paciencia para esperar hasta la apertura y habían declinado la oferta de trabajo a última hora.
John se encontró sin mercancías y con una notable falta de personal.
Debía repetir las entrevistas y la tarea no era sencilla, pues no le servía cualquiera.
Necesitaba personas con una educación y unos modales a la altura de los clientes que esperaba; vendedores con las exquisitas maneras del recepcionista de un hotel de lujo.
Justo cuando pensó en ellos, se dio cuenta de cuál podía ser la solución.
Tenía que pedirle a Wilson que tentase a algunos de ellos con un sueldo elevado.
El dinero hacía milagros y ese no era de los mayores que había visto.
Con la sensación de que había encontrado un camino para uno de sus problemas, se levantó de la silla de su despacho y salió a la zona de ventas.
Allí, el aspecto había cambiado. La luz se había hecho dueña de un local que se envolvía en penumbra cuando lo encontró semanas antes.
Las paredes recién pintadas, los mostradores, plantas, cuadros y alfombras, salpicados por haces de luz que pendían del techo, brillaban.
Olía a polvo, a barnices y a madera nueva, y cada rincón prometía lujo y sofisticación.
Solo faltaban las mercancías de Boston. John se había puesto en contacto con proveedores de Nueva York, pero no era suficiente ni tampoco tenían lo que buscaba: los productos que él traía de Europa desde hacía años y que eran su marca personal.
Echó un vistazo y localizó a Clarissa. Cuando ella lo miró, le hizo un gesto para que se reuniera con él en su despacho.
—¿Qué sucede? —preguntó la joven, tras cerrar la puerta.
—Necesito que localices a Wilson, tengo que hablar con él.
—Claro, enseguida.
Se dio la vuelta para salir de la habitación, pero algo la hizo parar y volverse hacia John.
—Señor Lowell, perdone que me entrometa, pero lo veo agotado.
Bajo los ojos de John se habían formado dos surcos de un tono malva que delataban los días que llevaba sin dormir apenas; no hacía falta ser muy observador para darse cuenta.
—Es normal ahora, hay mucho que resolver —dijo, desde la silla de su mesa.
Clarissa se acercó y se sentó en la que había enfrente.
—Debería descansar. Todavía quedan unos días y estoy segura de que lograremos solucionarlo todo a tiempo.
Clarissa se mantuvo en silencio unos momentos, mientras valoraba lo oportuno de decirle lo que estaba pensando. Él la miró y entonces, tras reunir coraje, ella le hizo una pregunta:
—¿Aceptaría una invitación para cenar esta noche?
Los planes de John para cuando terminase en los almacenes se limitaban a cenar algo en casa y pasar el último tramo del día con Victoria, charlando en el salón. Desde que habían llegado, el trabajo apenas les había permitido verse más que en algunas comidas y echaba de menos su compañía.
—No creo que sea buena idea.
Clarissa rectificó enseguida, por si él había entendido que le estaba pidiendo una cita.
—Le proponía una cena relajada en mi casa, con mi abuela. Aunque vendrá a la apertura, quizá le gustaría que se la presente, es una mujer muy vital y bastante divertida.
—Me encantará conocerla, pero no ahora, Clarissa. Muchas gracias, pero es mucho más urgente para mí dormir.
—Perdone si he sido demasiado atrevida —dijo ella, bajando la mirada.
—No, no, para nada, te agradezco la preocupación.
—Bueno, si no me necesita, iré a buscar a Wilson.
Cuando salió del despacho, John se quedó unos instantes mirando la puerta.
Era cierto, necesitaba relajarse y no solo por aquel maremágnum en el que andaba metido.
También se estaba ocupando de recuperar viejos contactos para decidir las inversiones que debían hacerse en Londres para que Almond Hill pudiera seguir adelante sin darle quebraderos de cabeza a Elisabeth.
Hacía tiempo que no se permitía un respiro y lo necesitaba con urgencia.
Recapacitó. La prioridad en esos momentos eran los almacenes, la decisión de su hermana cerrando la casa le daba cierto margen en Inglaterra, por lo que Nueva York debía ser lo primero de lo que se ocupase.
Cinco días, eso era todo. En cinco días pasaría la apertura y podría descansar.
Sonrió.
No sabía hacerlo, así que aquel pensamiento sobre un descanso tenía que haber sido solo fruto del mismo cansancio.
No podía estar sin hacer nada, así que, mientras Clarissa localizaba a Wilson, levantó el teléfono y pidió una conferencia con los almacenes Lowell de Boston.
Enseguida, la energía de Felicia le llegó a través de la línea telefónica.
—Por tu tono intuyo que has pasado buena noche —le dijo él, divertido, después de intercambiar los saludos de cortesía.
—Eh…, sí, yo diría que sí. Pero no hablemos de eso. He averiguado que el barco con seguridad amarrará en el puerto mañana a las diez de la mañana. Parece que han llegado a un acuerdo con los estibadores y la huelga se ha cancelado. Ya está todo en la bodega, listo para zarpar.
—Perfecto —contestó John—, me ocuparé de que recojan la mercancía y la traigan. Aquí ya tenemos todo preparado para colocarla en la tienda.
—No sabes cómo me gustaría estar allí contigo el día 5.
—¿Y por qué no vienes?
—¿Bromeas? Aquí hay muchísima tarea también, no puedo marcharme ahora.
John conocía el compromiso de Felicia con su trabajo y no quiso insistir. Más adelante, cuando todo se relajara, intentaría que se tomase unos días para que pudiera ver los nuevos almacenes.
—Te he mandado cinco vestidos que ha enviado Camille desde París —informó Felicia—.
En principio, la idea es que no los vendas, que solo los expongas.
Los que confeccionaremos a medida para las clientas, como hacemos aquí, se basarán en ellos, mucho más baratos que estos, que son exclusivos. Pero se me ha ocurrido algo.
—A ver, sorpréndeme —dijo John.
—Podrías venderlos alegando que son los originales de madame Leduc.
—Pero, si los vendo, ¿me quieres decir cómo se los muestro a futuras clientas?
—Ahí voy; hazles antes unas fotografías.
Puedes mandar que hagan un catálogo o, mejor, encárgalas para exponerlas en las paredes de los almacenes.
Ya sé que es mejor ver la tela de los vestidos, la caída, la suavidad, el color…
, pero servirá igual si justo al lado colocas la tela con la que se confeccionan.
Y no solo eso. A cada uno de esos vestidos que hagamos a partir de los originales, podemos añadirle algo especial, único, que nos permita seguir vendiéndolos a muy buen precio.
Tal vez solo con cambiar el color de la tela o algún adorno sea suficiente.
No serán exclusivos del todo, pero te aseguro que evitaremos que en la misma fiesta aparezcan dos mujeres con el mismo traje.
—De verdad, ¿qué haces en Boston? —preguntó John, contagiado por su entusiasmo—. Deberías estar a mi lado para que se me desentumezca la cabeza. Eso no se me habría ocurrido nunca.
—Normal, no eres una mujer preocupada por vestirse para una fiesta y no aparecer con el mismo vestido que otra. —Se echó a reír.
—Hay un problema con eso.
—¿Con que no seas una mujer? —preguntó, divertida.
—No —se volvió a reír—, aquí no tengo modistas. No me ha dado tiempo ni a pensar en buscarlas.