Los cerezos de Central Capítulo 6 #5
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Capítulo 6 #5

Ian se situó a un par de pasos, colocó el trípode y preparó el disparo del flash .

Mientras, Elisabeth siguió abrazada a sí misma.

Desharía el abrazo para el momento de la fotografía y después entraría en el May Tea y les rogaría a John y Victoria que se marchasen.

Pero no tuvo que separar los brazos del cuerpo, porque Ian le pidió que no se moviera.

—Imagine que no soy yo quien tiene delante, sino la persona a la que más quiere en el mundo.

Ella sonrió. Ian realizó un solo disparo. Le faltaba confirmarlo en el revelado, pero lo que había visto a través de la lente era perfecto.

—Entre dentro, no creo que sea muy inteligente pasar más rato sin abrigo en la calle.

—Sí, será lo mejor.

Se dio la vuelta para atravesar la puerta del restaurante e Ian hizo lo propio.

—Ian —lo llamó, cuando aún no había puesto la mano sobre el picaporte.

—¿Sí?

—Gracias de nuevo por devolverme a Catherine.

Él se llevó los dedos al sombrero y le guiñó un ojo antes de continuar andando por la calle. Con disimulo, acercó la nariz al cuello de la chaqueta y constató que su olor se había quedado en la prenda. Tragó saliva, nunca se había sentido tan atraído por nadie que estuviera tan lejos de su alcance.

Paró un instante, había olvidado algo.

—Elisabeth —la llamó.

—¿Sí?

—Deberíamos volver a vernos para entregarle su fotografía. ¿Cómo puedo encontrarla?

—Cuando los abran, podrá buscarme en los almacenes Lowell.

Él levantó la mano un instante a modo de despedida, se dio la vuelta de nuevo y se empezó a alejar por la acera. Elisabeth lo observó retirarse en medio de la noche con el trípode al hombro. Una cojera, leve pero constante, lo acompañaba.

Al agarrar el picaporte para entrar, Elisabeth se aferró también a aquellas palabras que le habían sonado a promesa, la de volver a encontrarse con la excusa de la fotografía. Ian sabía de su locura y no la había juzgado, ni la había mirado como si tuviera la razón perdida.

—¿Qué haces en la calle? —preguntó John, que, preocupado porque no volvía, había salido a buscarla.

—¿Podemos irnos a casa?

—Claro.

Entraron juntos en el local.

Ian no estaba demasiado lejos cuando escuchó a John. Se dio la vuelta y lo reconoció como el hombre que pretendió darle una propina por haber encontrado a Cath. Ató cabos con lo que le había dicho Frank y llegó a la conclusión de que debía de ser su marido.

Se fue pensando en lo educados que eran esos ricos. Si Elisabeth fuera suya, no habría tardado ni dos minutos en partirle la cara al dueño del restaurante. Era imposible que no se hubiera dado cuenta de que había estado coqueteando con ella toda la noche.

Se subió el cuello de la chaqueta y apretó el paso.

Sábado, 26 de noviembre de 1921

Nueva York

En el trayecto en coche hasta el apartamento de la calle 72, los tres ingleses comentaron la cena.

El May Tea les había parecido un restaurante innovador y muy diferente a cuantos habían visitado.

Su elegancia, los deliciosos platos que conformaban el menú, la clientela tan diversa —todo ello aliñado con el espectáculo— le daban un toque único de sofisticación.

Cuando casi llegaban al apartamento, Victoria le puso una objeción al prestidigitador.

—Me he alterado cuando ha asegurado que podía comunicarse con los muertos —dijo—. Tanto como tú, Elisabeth.

—Siento haberme levantado de la mesa, pero no estoy preparada para asistir a algo así. Puede que no sea más que charlatanería, pero me he sentido muy incómoda.

—Aunque quisiera, no podría contarte cómo ha sido, porque no lo he visto.

—Victoria se volvió a ella para mirarla a los ojos—.

Owen se ha sentido muy decepcionado con tu precipitada huida y, al poco de levantarte de la silla, ha puesto una excusa y se ha marchado.

Me he imaginado que quería saber qué te pasaba.

A mí también me ha parecido oportuno buscarte, pero no te he encontrado en los lavabos.

Después he visto que estabas en la calle y he ido a buscar a John para pedirle que regresáramos a casa.

—Quiero preguntaros algo —dijo John, volviéndose a mirarlas desde su posición en el asiento del copiloto.

—¿Sobre qué? —le preguntó Victoria.

—¿Qué sucede con Owen? ¿Por qué tenía tanto interés en que fuerais a la cena y por qué se ha desvivido en atenciones con vosotras? No lo he visto actuar del mismo modo con el resto de comensales.

Elisabeth arrugó el entrecejo y Victoria, al percibir su gesto, decidió ser quien se lo explicase.

—Ay, John, pareces idiota —dijo—, ese hombre está interesado en tu hermana. Muy muy interesado.

—¿Eso es cierto? —le preguntó él a Elisabeth.

—¿Muy interesado? —preguntó ella a su vez a Victoria.

No se le escapaban las atenciones que le regalaba, pero quería convencerse de que eran simple educación. Ese énfasis en la afirmación de su amiga no le gustaba en absoluto.

—¡Pues claro! —exclamó Victoria—. Lleva desde que te vio por primera vez haciendo lo posible por complacerte. Sé que no te entusiasma la idea, puedo verlo en tu mirada, y por eso te he seguido al verlo levantarse e ir tras de ti.

Elisabeth se alarmó. Si la había seguido, quizá hubiera podido escuchar su conversación con Ian.

Que Phoenix Owen se hubiera enterado de su secreto, aunque fuera por casualidad, la puso en guardia.

No necesitaba que nadie más supiera de sus desvaríos y mucho menos ese hombre.

Aunque siempre había sido correcto, no le gustaba.

—Antes de que saliera a la calle, lo ha retenido uno de los camareros —le dijo Victoria.

—No creo que le haya dado motivos para que se interese por mí —respondió Elisabeth.

—Eres preciosa —le dijo John—, hay que estar ciego para no verlo. No necesitas hacer nada para que un hombre muestre interés por ti.

Elisabeth giró la mirada hacia la ventanilla del coche y la fijó en las calles que desfilaban ante sus ojos.

Victoria le hizo un gesto a John para que cambiasen de tema y este empezó a contarle la idea que había tenido Felicia para las Navidades.

Los almacenes de Boston ya las estaban planeando y su socia estaba entusiasmada con los preparativos.

La charla insustancial relajó el ambiente, aunque Elisabeth no volvió a participar en la conversación.

Al llegar al apartamento, supusieron que los niños ya deberían estar dormidos, así que entraron sin hacer ruido para no despertarlos.

—No sé vosotras, pero yo sigo teniendo hambre —les dijo John, después de deshacerse del abrigo.

—Estaba todo exquisito, pero yo también —susurró Victoria.

—Creo que podré encontrar algo en la cocina. Esperadme en el salón.

John encaró el pasillo, pero no llegó a su destino, pues encontró a Evan aovillado en el suelo. Cuando el niño levantó la cara, tenía huellas de haber llorado.

—¿Qué sucede? —le preguntó John, agachándose a su lado.

—No puedo dormir.

—¿Y por qué no puedes dormir?

—Porque tengo miedo.

—¿Miedo? Eh, yo pensaba que eras un chico valiente.

Le dio la mano para que se levantase y lo abrazó.

Evan se sacudió en unos sollozos que había estado conteniendo hasta ese momento.

A John le asaltaron recuerdos de otro tiempo, un momento en el que sus brazos lo acogieron y en el que el pequeño se agitaba del mismo modo.

Cerró los ojos y lo acunó como si fuera aquel niño pequeño sin zapatos que recogió en medio del caos del Lusitania mientras se hundía.

—Me dan miedo las historias de fantasmas —le confesó Evan.

—¿Y dónde has escuchado una historia de fantasmas que te ha puesto así?

—Olive nos ha contado un cuento.

John cerró los ojos. ¿Cómo se le había ocurrido a esa chica contarles una historia de fantasmas antes de dormir a unos niños tan pequeños? Tenía que hablar con ella, pero era más urgente tranquilizar a Evan.

—¿Y por qué estás aquí, en el pasillo? —preguntó—. Podrías haberla despertado y ella te podría haber contado que los cuentos solo son eso, historias. No tienen por qué ser reales.

—Lo intenté, pero…

Evan señaló con el dedo la habitación reservada para el servicio. John se giró a mirar la puerta cerrada y en el silencio del apartamento escucho gemidos, el sonido inconfundible de dos personas practicando sexo.

—¿Has entrado? —le preguntó a Evan.

—Sí, pero he cerrado deprisa la puerta —se excusó el niño.

—Ve al salón, allí está mamá. Yo iré ahora.

Cuando se aseguró de que Evan abandonaba el pasillo, John se acercó a la habitación y abrió la puerta sin miramientos.

Sorprendió a la chica en la cama con un muchacho de su edad, lo mismo que le había pasado a Evan, aunque sospechaba que el niño había abierto con tanto sigilo que ni se habían dado cuenta.

La pareja, al verlo parado en la puerta, se tapó rápidamente.

—Quiero que salgan de esta casa de inmediato —dijo John, con calma—. Señorita, dejaré su salario al señor Wilson. Ha ble con él para que se lo entregue y, por favor, no vuelva mañana.

Cerró de nuevo la puerta y se encaminó al salón. Allí, Evan se abrazaba a su madre.

Entonces escucharon llorar a Catherine.

Domingo, 27 de noviembre de 1921

Nueva York

Phoenix Owen no estaba de buen humor. La cena en el May Tea fue un éxito, el espectáculo obtuvo buenas críticas y los comensales lo felicitaron satisfechos, pero se había frustrado su otro objetivo: estrechar el vínculo con Elisabeth Davenport.

La huida de la mujer durante el número final le había impedido acercarse más y si quería volver a verla, tendría que buscar alguna excusa para propiciar otro encuentro.

Después del tiempo que hacía que se conocían, resultaba bastante obvio que a ella no le interesaba, pero no estaba dispuesto a darse por vencido.

Era bellísima y elegante, perfecta para alguien como él.

Apartó la frustración que lo embargaba de un manotazo mental y decidió concentrarse en el tráfico y en la persona que lo esperaba aquella mañana de domingo, Louise Newell. Le había prometido que la sacaría de la horrible casa donde la dejó y que le conseguiría un trabajo.