Capítulo 6 #4
El inglés anunciaba el último número de la noche, cuando él ya tenía recogido todo su equipo y se encontraba cerca de la puerta. Escuchó que estaba eligiendo a alguien para protagonizar el que sería el número final: el momento en el que lograría hablar con los muertos.
Lo que faltaba, pensó Ian. Le compraba lo de los trucos, pero el jugar con las emociones de los demás, eso no. Si alguien le dijera que podría hacer de mediador para que volviera a hablar con sus padres, como poco, le partiría la cara.
No fue al único al que le pareció mal aquello. Elisabeth, al escucharlo, se tensó. Alegando que necesitaba ir al lavabo, se levantó y se marchó. No puso rumbo allí, sino a la calle, y fue donde la encontró Ian, temblando de frío.
Su vestido no era demasiado apropiado para una noche de noviembre.
Sábado, 26 de noviembre de 1921
Nueva York
Elisabeth salió al exterior del restaurante sin pensar en el frío.
Sus brazos desnudos y la ligereza del vestido le recordaron que no había sido buena idea, pero no quería volver a entrar.
La afirmación del mago, la de que era capaz de comunicarse con los muertos, le había producido una sensación de incomodidad y un calor insoportable en el centro del pecho, del que intentó huir.
Y no solo por eso; la aterrorizó ser la elegida, encontrarse sin pretenderlo en medio de aquel escenario y que sus emociones quedasen expuestas frente a los ojos de aquellos extraños.
No podía permitirlo. En su fuero interno, quería volver a sentir cerca a su hijo, pero eso no era un espectáculo.
Era algo íntimo, además de imposible. Todo aquello que habían presenciado no eran más que trucos, ilusiones; como juego no estaban mal, pero convertir la pena de alguien en un divertimento le parecía deleznable.
Tenía que entrar, porque se estaba congelando, pero no quería enfrentarse a lo que sucedía dentro de la sala.
Removería sus cimientos y el tratar de mantenerlos en pie le estaba costando mucho.
Se arropaba con sus propios brazos, mientras temblaba y buscaba el valor para regresar, cuando escuchó una voz a su espalda que la obligó a girarse.
—No debería haber salido sin abrigo.
—Ian…
Al verlo, ella susurró su nombre, con la entonación de sorpresa que le dio el encontrarlo en el May Tea.
—Elisabeth…
Al contestar, él adoptó un tono cercano y familiar, sin los formalismos o apellidos que hubieran empleado dos desconocidos, por más que lo fueran; apenas se habían cruzado unos minutos hacía unos días.
Elisabeth tembló de nuevo y él dejó la cámara en el suelo, se quitó la chaqueta y la deslizó con suavidad sobre sus hombros.
En ese gesto le rozó la piel de los brazos un instante y ella notó un agradable calor, del que no solo había sido responsable la prenda.
La involuntaria caricia desató una delicada danza de emociones, que bailaron entre la ternura, el consuelo y la complicidad.
—No esperaba encontrarlo aquí —dijo ella, tan desconcertada por su presencia como por lo que estaba sintiendo.
—Yo no esperaba volver a verla nunca, en eso estamos empatados —contestó él, y a la vez sus labios se curvaron en una sonrisa.
Elisabeth se la devolvió ampliada. Cuando él se agachó para recoger la cámara del suelo, ella recordó que había un fotógrafo en el restaurante, al que su mente solo lo había dibujado como una figura difusa entre la penumbra del local. Nunca se le hubiera pasado por la cabeza que lo conocía.
—Trabajo para el New York Times —le aclaró él, al notar dónde tenía ella puesta la atención—. Cuando nos vimos en el puerto el otro día, estaba esperando a esta misma compañía.
Elisabeth pareció salir de su turbación e irguió la espalda.
—Ya que nos hemos vuelto a encontrar —dijo—, quiero reiterarle mi agradecimiento por haberme devuelto a Catherine. No sé qué hubiera sido de mí si la hubiera perdido.
—¿Cómo está? —preguntó Ian.
—Bien. No se le ha pasado el susto del todo, pero está bien. Incluso portándose mejor que nunca. Gracias por las palabras que le dijo, no se le han olvidado.
Ian no recordaba lo que había hablado con la niña, pero prefirió no mencionarlo.
—Me alegro de que esté todo en orden y de que se quedase solo en un pequeño contratiempo.
Ambos callaron unos momentos. Ian sabía que tenía que marcharse, pero había dos circunstancias que lo retenían.
Una era ella, la fascinación que ejercía sobre él.
Otra, que antes de irse debía recoger la chaqueta de Connor.
Si fuera suya, aunque él no era un caballero, se la prestaría.
Incluso eso podría darle una excusa para preguntarle cómo volver a verla, pero sabía que, si perdía la chaqueta, su cuñado le haría picadillo y le daría de comer sus restos a los peces del East River.
Y, además, ella era alguien que estaba mil metros por encima de él, demasiado lejos como para querer volver a verlo.
—¿Por qué ha salido? —preguntó Ian. No quería marcharse todavía, necesitaba apurar esa oportunidad que le había dado el destino de tenerla frente a él a solas.
—No me gusta el espectáculo.
—Pues parece que al resto sí —afirmó él, mirando al interior—. Se han escuchado muchos aplausos entusiastas.
—Los trucos están bien, pero hablar con los muertos…
—No, eso no está bien; a los muertos hay que dejarlos en paz —dijo él—. Creo que es lo que me ha convencido a mí también para marcharme antes de que termine.
—¿Usted opina que hablar con los muertos es un signo de locura? —preguntó, mirándolo a los ojos.
—Opino que recordar a las personas que quisimos y que ya no están es un acto de amor, pero convertirlo en una función teatral… Eso no. Eso es… repugnante.
—No sabía qué palabra ponerle, pero quizá esa sea la adecuada.
Se quedó callada unos instantes, sin separar su mirada de la de Ian.
En sus ojos, Elisabeth descubrió un mar en calma y lo envidió.
Hacía mucho que ella no se sentía así; vivía como un barco a la deriva en medio de una tempestad, intentando buscar un puerto al que amarrarse.
Tratando de no ahogarse entre las olas de sus propias emociones que la superaban demasiadas veces.
—Perdí a mi hijo mayor hace unos meses —le dijo.
La confesión le salió sin pretenderlo y descolocó a Ian, que no supo qué contestar.
Se limitó a seguir allí, en silencio. A veces las personas necesitaban hablar y los oídos de extraños eran un buen lugar donde depositar las palabras que ardían por dentro.
Podrían llevárselas con ellos y no había por qué enfrentarse después a sus preguntas.
—Se llamaba Richard —siguió Elisabeth, que una vez abiertas las compuertas de su corazón, lo dejó fluir sin mostrar reparo—.
Yo… a veces le escribo cartas porque quiero sentirlo cerca, es lo que más deseo en el mundo.
Finjo hablar con él, pero sé que no es cierto, solo es una manera de que no duela tanto su ausencia.
Pero… lo que ese hombre propone… Eso… —titubeó.
—Eso no es más que un truco, una manipulación de la mente, y no creo que sea bueno jugar con ello. Nadie puede hablar con los muertos, estoy seguro.
—No quiero olvidar a mi hijo, pero algo así sería…
—No tiene que explicármelo, la entiendo —dijo Ian, levantando una mano para evitar que ella siguiera arañándose con su dolor.
Elisabeth fue consciente de lo que acababa de hacer.
Salió de su trance momentáneo y supo que le había contado su mayor secreto a un desconocido.
Las cartas a Richard no hablaban bien de su estabilidad mental y debían quedarse solo para ella, pero ya era tarde.
Había dejado que otra persona supiera de ellas, sin pararse un segundo a valorar las consecuencias y, sobre todo, sin saber por qué lo había hecho.
Por qué se lo había contado a Ian Brennan.
—Disculpe, pensará que estoy loca. No pretendía importunarlo con mis tonterías. Olvídelo, por favor.
—No pienso que esté loca, entiendo ahora mucho mejor cómo se sintió el otro día al perder a su hija.
—¿De verdad piensa que no estoy loca? —preguntó ella, con un brillo acuoso en la mirada.
—De verdad.
Tras el susurro con el que contestó, Ian levantó la mano con la intención de acariciarle con suavidad el brazo por encima de la chaqueta.
Buscaba ofrecerle su apoyo, pero cambió de idea.
Bajó la mano y la apretó en un puño. El que estuvieran de acuerdo en algo los había situado durante unos instantes en la misma órbita, pero solo era un espejismo.
Ambos pertenecían a mundos tan distantes como la luna y el sol.
Empezó a temblar, quizá porque la idea de alejarse de ella no le entusiasmaba, aunque fuera lo que tendría que hacer.
Quizá porque empezaba a echar muchísimo de menos su chaqueta.
—Me ha encantado volver a verla, pero me temo que debo marcharme —dijo.
—¡Oh, lo siento!
Elisabeth se retiró la chaqueta de los hombros y se la devolvió. Después, se envolvió con sus brazos, pero resultaron insuficientes para reponer el calor que se había ido con ella.
Ian se la puso, pero, antes de marcharse, quiso pedirle algo. Dedujo que si se negaba, no tenía nada que perder y se arriesgó.
—¿Me dejaría hacerle una fotografía? —preguntó.
—¿Ahora?
—Ahora. Prometo que seré rápido.
—¿Por qué?
«Buena pregunta», pensó él. Podría hablarle de lo perfecta que le parecía, de lo preciosos que eran sus ojos, de la necesidad que le nacía dentro desde que la vio, pero no lo hizo. Se limitó a encogerse de hombros.
—Quizá para que se lleve un buen recuerdo de esta noche. Que esta huida suya no sea lo único que recuerde de hoy.
Elisabeth cerró un momento los ojos. No le pareció mal argumento y, además, sería la primera con su nuevo peinado.
—Hágala —le concedió.