Los cerezos de Central Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

—Señoras y señores, son libres de creer lo que va a suceder aquí esta noche.

Todo lo que vamos a vivir a continuación es algo muy improbable, pero qué sería la magia sin esa capacidad de convertir lo imposible en posible, de despertar nuestra curiosidad y de generar asombro. ¡Disfruten del espectáculo!

La música volvió a adquirir protagonismo mientras las ayudantes humanas de Henry Howard empujaban una mesa tapada con un mantel negro hasta el centro del escenario. Sobre ella había unos pocos elementos: una pluma estilográfica, una baraja de cartas, un papel en blanco y un billete de dólar.

Howard dejó el gorro y la varita, y empezó un discurso en el que hablaba de sus orígenes como mago en las calles de Londres y cómo había conseguido una enorme fortuna a través de la magia.

—¿No lo creen? Se lo voy a demostrar.

Eligió a un caballero al que invitó a que lo acompañase en la primera de sus demostraciones, aunque antes le pidió que se presentara. Se trataba de un reconocido banquero de la ciudad y confirmó que era la primera vez que veía a Howard en su vida.

—Caballero, siendo usted banquero, ¿puede asegurarnos que este que le muestro es un billete de dólar auténtico?

El hombre tomó el billete de la mesa, lo analizó por ambos lados y afirmó con la cabeza.

—Bien, creo que, si un banquero da fe, no nos hacen falta más premisas. Voy a demostrar el poder multiplicador de la magia. Necesito, caballero, que doble por la mitad este billete de dólar que tiene en sus manos. Repita la operación tres veces.

El hombre lo hizo, hasta que el billete quedó reducido a un diminuto cuadrado que ocupaba poco más que la falange de un dedo.

—Quiero que lo deposite doblado en mi mano izquierda.

Así lo hizo y el mago apretó en ella el papel.

—Bien. Ahora, por favor, doble el papel blanco que hay sobre la mesa y póngalo en la suya. Ciérrela, con fuerza, de modo que ni una brizna de aire pueda entrar en ella. ¿Lo tiene?

—Lo tengo.

—Ciérrela bien, nos estamos jugando dinero. Manténgala pegada a la mía, es muy importante si queremos que esto funcione. Siendo banquero, sabrá que nos estamos jugando algo serio. —Se oyeron murmullos del público que enseguida cesaron—. No la abra, bajo ningún concepto, hasta que yo se lo diga.

Howard simuló concentrarse, inspirando y cerrando los ojos.

Después, sin separar la mano de la del banquero, y tras mover la varita en el aire, abrió la palma a la vez que lanzaba a lo alto su contenido.

Ocho papelitos blancos, del tamaño de una onza de chocolate, volaron por el aire.

Le pidió a otro de los espectadores que comprobase que no era dinero.

La gente se sorprendió cuando el aludido comprobó que no quedaba ni rastro del billete: se había transformado en simples papeles blancos sin valor.

El mago realizó otra petición al banquero:

—Antes de terminar, ¿puede confirmar a nuestro público si en algún momento, desde que cerró la mano, la ha abierto?

—No he movido los dedos —dijo.

—¿Está seguro?

—Completamente.

—¿Podría jurarlo sobre la Biblia?

—Y tanto que podría. Creo que se me está quedando dormida la mano de lo fuerte que la he mantenido apretada.

—Bien, entonces, no le importará que veamos qué está custodiando. ¿Puede abrirla?

El hombre lo hizo y allí apareció un papel doblado: era dinero, pero no un billete de dólar, sino ocho, unos doblados sobre los otros. Los contó bajo la mirada estupefacta del auditorio.

El silbido admirativo de algunas personas se fundió con la ronda de aplausos entusiastas.

Cuando el bullicio se calmó, Howard despidió al banquero, dándole las gracias por su colaboración en el espectáculo.

Le dijo que no le devolviera los ocho dólares, que hiciera el favor de invertirlos por él en la Bolsa de Wall Street.

Aunque estaba seguro de que le sería complicado generar unos beneficios tan altísimos en tan poco tiempo.

—¿Cómo ha hecho eso? —se preguntó Frank, fascinado.

—No tengo ni la más remota idea —confesó el fotógrafo, que hacía rato que había vuelto a la mesa que compartían.

Aunque fuera posible descubrir los hilos invisibles que manejaban los prestidigitadores para su magia, esa noche Ian no lo habría conseguido.

Después de disparar la fotografía, su atención se concentró en Elisabeth Davenport.

El tipo que le había dicho Frank que era el dueño del local se había sentado a su lado.

De vez en cuando, se acercaba a su oreja para susurrarle algunos comentarios que ella respondía de forma breve y con alguna tímida sonrisa.

Se preguntaba qué relación los uniría y si sería cierto lo que le estaba pareciendo, que ella se sentía incómoda con sus atenciones.

Un ligero alboroto del público anunció la siguiente parte del espectáculo y volvió su atención al mago.

—Damas y caballeros, estoy seguro de que han oído hablar de este truco. No es apto para personas sensibles, se lo advierto, así que, si alguien quiere abandonar la sala, está a tiempo.

Henry Howard se disponía a mostrar el más polémico de los números programado, una novedad creada por el británico P.

T. Selbit, que fue copiada por Horace Goldin, un mago lituano afincado en Nueva York.

Este lo había patentado con todos los nombres que se le ocurrieron, algo que olvidó hacer el inglés, y quienes lo incluían en sus espectáculos se veían obligados a tirar de ingenio para presentarlo.

No era una novedad en la ciudad, pero hacía tan pocos meses que se estaba mostrando que, siempre que aparecía en una función, generaba mucha expectación.

Howard no había querido renunciar a la sorpresa que causaba en el público.

Acercaron hasta el escenario una caja de madera parecida a un ataúd y una de las muchachas con capa roja se situó junto al mago.

—Tengo el placer de anunciarles que voy a dividir a esta bella dama por la mitad delante de sus ojos. Pero no morirá, les ase guro que, cuando terminemos, estará tan entera y tan hermosa como ahora mismo.

Muy galante, Howard besó la mano de la muchacha entre un susurro admirativo, que también denotaba cierta inquietud entre los asistentes al número. Casi todo el mundo había oído hablar del truco, pero eran pocos los que habían podido presenciarlo en directo.

Howard abrió la caja y después le dio la mano a su ayudante para que se introdujera dentro. Desde su posición, el público pudo ver que ella se acomodó y sacó las manos, la cabeza y los pies por unos agujeros situados a la altura de las extremidades.

—¿Todo bien, querida? —le preguntó, justo al cerrar la tapa y asegurarla con unos candados.

Ella afirmó con la cabeza.

—Si esto sale mal, quiero decirte que ha sido un verdadero placer haberte conocido.

En ese momento, la luz y la música adquirieron un tono dramático. Jasper, el autómata, apareció de nuevo en escena cargado con una enorme sierra. Con un ligero movimiento de cabeza, Howard le dio las gracias y, tras coger de sus manos mecánicas la herramienta, lo despidió.

—El truco nunca ha fallado —dijo—, pero ya saben que siempre hay una primera vez…

Con gran teatralidad, se dispuso a serrar la tapa de la caja más o menos por la mitad.

El ruido del metal contra la madera fue lo único que se escuchó los siguientes instantes, pues hasta la música había cesado.

Virutas de serrín empezaron a cubrir el suelo del May Tea.

Cuando Howard avanzó, la muchacha emitió un gemido que provocó el estremecimiento de algunas personas.

Dos mujeres se levantaron, incapaces de soportar la tensión, y se marcharon de la sala.

Ian, tras hacer una fotografía, miró a Elisabeth.

La joven observaba al mago entre fascinada e inquieta.

No era para menos, el truco era muy efectivo, y el silencio y el penetrante olor a serrín ponían los nervios en tensión.

En el momento en el que la sierra llegó al fondo de la caja y la rebasó, nadie en la sala respiraba con normalidad.

—¿Puedes moverte, querida?

La ayudante, ante la pregunta de Howard, meneó los pies, las manos y la cabeza e Ian volvió también su atención al espectáculo. La chica siguió moviéndose, guiñó un ojo a los espectadores y, acto seguido, una ovación inundó el restaurante. Howard la frenó levantando los brazos, pidiendo calma.

—No aplaudan aún, señores, falta lo más complicado, debo comprobar si sigue bien cuando abra la caja.

La música que sonó transmitía la misma tensión que se acumulaba en las miradas de los asombrados clientes de Owen.

Howard levantó la tapa de la parte inferior de la caja y fingió sorpresa con lo que allí encontró.

Después hizo lo mismo con la otra mitad que había quedado tras serrarla, la delantera.

—¿Lista? —le preguntó.

Ofreció su mano a la muchacha y esta sacó las suyas de los agujeros y sus pies desaparecieron de la vista del público.

Con rapidez y con una sonrisa se levantó, tan entera como había entrado al cajón.

Una enorme sonrisa decoraba su rostro. En aquellos instantes sonaba al piano una alegre melodía que se unió a los aplausos enfervorecidos del público.

Enseguida, el mago dio paso a un número sencillo en el que jugó con dos cartas firmadas: una por él y otra por uno de los espectadores.

Sin que ambos dejaran de aprisionarlas con un dedo, a un movimiento de varita logró que los trazos de tinta se intercambiasen, de modo que el espectador ya no tenía la carta en la que había estampado su rúbrica, sino la que había firmado Howard.

Ian había hecho otra instantánea del director de la compañía poco antes de terminar este truco.

Tenía material de sobra para el artículo y se preparó para marcharse.

Siempre que había presenciado un espectáculo de magia, había tenido la misma sensación: estaban engañándolo y, aunque se asombraba por lo que la rapidez de manos y la inteligencia de esos tipos hacían, le dejaba un cierto regusto amargo el sentirse como un tonto.