Capítulo 6 #2
Aunque Ian había intentado disimular su interés, no había despegado los ojos de los últimos clientes que llegaron al restaurante. No se le pasó por alto que el encargado de recibirlos se había comido con los ojos a Elisabeth.
—¿Quién es ese tipo? —le preguntó a Frank, señalándolo con la mirada antes de que desapareciera de la sala.
—¿No lo sabes?
—Me suena, pero no logro ubicarlo.
—Es Phoenix Owen, el dueño de todo esto.
Uno de los tipos que más dinero ha hecho en los últimos años en todo Manhattan.
Este es su negocio estrella, pero hay rumores que hablan de que debe de tener otras inversiones, quizá prestó pasta a gente los años de la guerra, porque nada en dinero y no creo que este restaurante dé para tanto.
Pero, no sé, a lo mejor estoy equivocado.
El menú que estás desperdiciando cuesta un ojo de la cara y haz un cálculo de las personas que esta noche se sientan aquí.
Ian no escuchaba el argumentario de Frank. Le interesaba menos Owen y sus negocios que la rubia sentada en la mesa cercana.
—¿Conoces a las personas a las que ha saludado?
Frank se volvió con disimulo y echó un vistazo a la mesa. En esos momentos, elegían los primeros platos en los elegantes menús. Las mujeres no le sonaban de nada, pero sí reconocía al hombre que las acompañaba.
—Ellas no lo sé, pero él es un inglés que se acaba de mudar a Nueva York. Es el dueño de los almacenes Lowell de Boston y está a punto de abrir otros aquí.
—Ellas también son inglesas —dijo Ian, casi sin ser consciente de que había soltado las palabras en voz alta.
—¿Cómo lo sabes? ¿Las conoces?
Se quedó sorprendido cuando fue consciente de que Frank lo había escuchado.
—No, bueno, las vi el otro día en el puerto, cuando hice las fotos a la compañía de artistas que ahora veremos.
—¿Y solo con verlas sabes que son inglesas?
Se echó a reír.
—Las escuché hablar.
—Te ha impresionado la rubia —dijo Frank, que se había percatado de que toda la atención de Ian se centraba en ella.
—Es guapa —admitió él, intentando que sonase casual.
—Lo es, tengo que reconocerlo, aunque no es quien más me gusta de la mesa —afirmó Frank.
Ian sonrió al seguir su mirada y descubrir a quién iba dirigida. En la redacción se rumoreaba que a Frank Miller no eran las mujeres lo que más le interesaba.
Sábado, 26 de noviembre de 1921
Nueva York
Olive, la muchacha de servicio que John había contratado, estaba agotada.
Llevaba más de una hora jugando al escondite con los niños por el apartamento y hacía rato que no localizaba a Evan.
Le habían pedido que no los acostase demasiado tarde, pero le había resultado imposible doblegar su energía.
Culpa suya, sin duda, porque también le habían ordenado que no les diera chocolate y al final se rindió a las súplicas de Catherine y lo hizo.
En ese momento, sobreexcitados y felices por tener a alguien que los dejara corretear sin censura, la estaban volviendo loca.
—¡Evan, sal ya, es muy tarde!
El niño no contestaba y Cath, además, se reía como si ella sí supiera dónde se había ocultado.
—¡Te declaro ganador! —gritó la chica, mientras miraba otra vez en el despacho de John, sin éxito.
El resto del servicio tenía la noche libre, pero a ella le había tocado lidiar con aquellas dos fierecillas. No era que se portasen demasiado mal, pero tenía planes para cuando se fueran a la cama que, como no se dieran prisa, se irían al traste.
—¿Se puede saber dónde te has metido?
Justo después de gritar, le pareció escuchar una risilla procedente de detrás de unas cortinas, en la habitación de Victoria.
—¡Te pillé!
Las carcajadas inundaron la estancia y Olive respiró. Se los llevaría ya a la cama.
—¡Otra vez más! —suplicó Catherine, que parecía incansable.
—De eso nada, vuestras madres me van a regañar a mí si mañana no hay quien os despierte. ¡A la cama!
—Solo si nos cuentas un cuento —pidió Evan.
Olive resopló. Un cuento. Pues no decía nada. En aquella casa no creía que hubiera libros infantiles para leer y ella no conocía muchos cuentos. Le gustaban más las historias de terror y de crímenes, no los cuentos de princesas en los que todo salía siempre bien.
—Vale, pero si os cuento un cuento, será terrorífico —amenazó.
—¡Sí! —dijo Evan, a quien la idea le pareció estupenda.
—¿Cómo de terrorífico?
—Aterrador, de los que provocan pesadillas.
—¡Esos me gustan!
Olive no se lo podía creer. Se resignó y decidió contarles la historia de un crimen en Chinatown que había leído en el periódico hacía unas semanas. Estaba segura de que no era para niños, pero ellos se lo habían buscado.
Diez minutos después de empezar, Cath le suplicó que parase y Evan, aunque quería hacerse el valiente, estuvo de acuerdo en irse a dormir.
Olive sonrió, los dejó a cada uno en su cuarto y, a los pocos minutos, abrió la puerta del apartamento.
Encendió la luz y encontró a su novio medio dormido en el rellano, entre dos enormes plantas.
—¿Ya?
—Sí, ya —dijo Olive.
Se levantó deprisa y la siguió hasta su habitación, donde Olive empezó su propia noche de sábado.
Sábado, 26 de noviembre de 1921
Nueva York
En las mesas del May Tea solo quedaban los cafés y algunos cócteles sin alcohol que acababan de servir los camareros.
Estos, siguiendo las instrucciones de los artistas, habían recolocado a los clientes de modo que todos tuviera n una perfecta vista de la zona del fondo habilitada como escenario.
Unas gruesas cortinas rojas se disponían en los laterales y en el fondo había otra negra.
Una alegre melodía procedente del piano alertó de que el espectáculo estaba a punto de comenzar.
Las luces del local se fueron apagando y se encendieron otras que apuntaban hacia los cortinajes rojos.
Al poco, hicieron su aparición dos jóvenes ataviadas con capas, también rojas, a quienes siguieron los deslumbrantes focos.
Ambas cruzaron la improvisada escena lanzando unas pelotas al aire: siete amarillas, una, y siete azules, la otra.
Se fueron aproximando hasta que las empezaron a intercambiar sincronizadas con la música, que cada vez adquiría un ritmo más rápido.
A una señal de las notas, el suelo se llenó de un humo blanco, las mujeres dejaron caer las bolas a propósito y, en el siguiente compás, hizo la aparición una figura masculina.
Se escucharon voces admirativas, porque nadie se había percatado de su presencia hasta que fue evidente. Ejecutó una reverencia dirigida al público y, cuando se calmaron los murmullos y el pianista encaró una melodía tan suave que apenas llamaba la atención, empezó su disertación:
—Buenas noches. Damas, caballeros, bienvenidos.
Mi nombre es Henry Howard, los saludo en nombre de esta compañía de prestidigitación.
—Su acento inglés resultaba exótico para la mayoría de los que allí se encontraban—.
Esta noche, traído desde Gran Bretaña, tendré el gusto de conducir este espectáculo, en el que presenciarán el poder de la magia para lograr imposibles y en el que serán capaces de sorprenderse con la fuerza de nuestra mente.
¿Creen que los pensamientos son siempre secretos?
Puede que no haya muchas personas que sean capaces de leerlos, pero yo les demostraré que existen algunas que sí.
Hasta los más insondables, hasta los que creemos que están a salvo, porque no le hemos dado la llave a nadie para conocerlos.
Yo tengo acceso a todas esas llaves, señoras y señores, poseo el don de la adivinación y soy capaz de comunicarme hasta con los muertos. Esta misma noche se lo demostraré.
Dejó que la música se convirtiera en protagonista, sobre todo para que las personas que allí estaban pudieran digerir sus palabras. Mientras, se quitó la capa negra que vestía sobre su frac y se la tendió a una de las jóvenes que abrieron el espectáculo.
—En esta velada, damas y caballeros, mostraré un anticipo del que será nuestro espectáculo en Broadway. Espero que les resulte atractivo y nos visiten en el teatro para verlo al completo. Si me lo permiten, quiero presentarles a mi ayudante más querido. Por favor…
Señaló a la derecha del escenario. La música cambió y sonó como el preludio de que algo extraordinario estaba a punto de suceder.
Por donde señalaba Howard, hizo su aparición lo que parecía un hombre vestido igual que él, con un frac negro.
Pero no caminaba, sino que se deslizaba con suavidad hasta el mago.
Tenía el pelo largo y a ambos lados de la boca presentaba dos extrañas marcas que le llegaban hasta la barbilla.
En las manos portaba una varita y un sombrero de copa.
Se paró al lado de él, las levantó y se las ofreció a Howard, que las tomó sin dudar.
—¿Serías tan amable de decirles tu nombre? —le preguntó este.
—Jasper —contestó, con una voz metálica y extraña.
Un murmullo admirativo se extendió por la sala y costó que se calmase.
A esas alturas todos sabían que Jasper no era humano; era uno de esos autómatas de los que se empezaba a oír hablar desde hacía años y era capaz hasta de decir su nombre, desplazarse y entregarle objetos al mago.
La ciencia había avanzado tanto en las últimas décadas que muchos de los que estaban allí sabían que el autómata tenía más de eso que de magia; a pesar de todo, suponía un espectáculo ver a uno en directo para muchos de los presentes, que solo tenían constancia de su existencia por los periódicos.
—Gracias, Jasper. No sé qué sería de un mago sin sus herramientas —dijo Howard moviendo teatralmente la varita y el sombrero, y lo despidió.
Antes de que el autómata saliera del escenario, Ian aprovechó para hacer una fotografía.
La mezcla de magnesio y clorato potásico, que activó con una pera después de abrir el obturador de la cámara, provocó un fogonazo de luz que iluminó la escena durante unos segundos.
Dejó un desagradable rastro en forma de humo y un ligero aroma a pólvora. El prestidigitador, cegado, continuó: