Los cerezos de Central Capítulo 6
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Capítulo 6

Nueva York

Esa noche de sábado no cabía un alma en el May Tea. El reclamo del espectáculo londinense había disparado las reservas y hacía días que resultaba imposible conseguir una mesa.

Nada más abrir la puerta del local, la fría noche de noviembre se esfumaba y el ambiente se transformaba en uno cálido.

Una enorme chimenea de mármol, las suaves voces de los clientes y la tranquila melodía que interpretaba un pianista se fundían y obraban el milagro de espantar el invierno.

Los tonos áureos de la decoración recibían a los clientes, en contraste con el colorido de las flores frescas de las mesas y los globos de luz blancos del techo.

Una legión de camareros, vestidos con chaquetillas de impoluto blanco, iba de una mesa a otra asegurándose de que todo estuviera perfecto.

Phoenix Owen se había esmerado mucho en que aquella noche fuera espléndida.

Desde un rincón próximo a la cocina, vigilaba a sus empleados y observaba a los clientes.

Las mujeres lucían vestidos vaporosos de seda, raso o muselina con intrincados encajes, lazos y relumbrantes lentejuelas.

No faltaban en su atuendo los escotes atrevidos, las diademas y largos collares de cuentas.

Las faldas, mucho más cortas que en años anteriores, dejaban a la vista sus delicadas medias de costura, que competían en atención con el resto de complementos: bolsos brillantes, guantes largos o estolas de pluma o gasa usados para cubrir sus desnudos brazos.

Algunas de ellas, las más osadas, incluso se atrevían a fumar como los hombres.

Estos, por su parte, vestían elegantes trajes ajustados con chaleco.

Mientras los más serios se habían decidido por el negro, los atrevidos eligieron para la noche colores claros en tejidos listados.

La moda, igual que la sociedad, cambiaba a pasos agigantados tras la guerra y ese restaurante de Nueva York, aquella noche de noviembre, parecía un catálogo con las últimas tendencias.

Alguien llamó su atención desde la cocina y Phoenix, a su pesar, entró en ella, casi a la vez que hacía su aparición en el restaurante Ian Brennan.

Este había acudido para cubrir el evento con el reportero de sociedad de The New York Times , Frank Miller.

Cuando se identificaron, un camarero los condujo a una mesa pequeña en un lugar discreto de la sala, cerca de la entrada.

No eran unos clientes cualquiera, por lo que el dueño dio órdenes de que los tratasen muy bien, pero también de que los acomodaran en un lugar discreto.

Del buen trato que recibieran, dependerían en gran medida las palabras que publicase el periódico, pero no le interesaba que su selecto público pensara que en su restaurante podía comer cualquiera.

Por eso, Ian y Frank acabaron en la mesa menos iluminada de todo el May Tea, con una perfecta visión de lo que pasaba allí, pero tan invisibles como si fueran dos sillas.

—¿Siempre te invitan a cenar en estos sitios? —le preguntó Ian a Frank.

—Claro, es parte del trato. Ellos me dan bien de comer y yo hablo maravillas de sus restaurantes en el periódico —se rio.

Se lo veía cómodo, dispuesto a dar cuenta de la cena gratuita a cambio de un par de párrafos de elogios.

Ian, cuando miró la carta, empezó a sentir que él no lo estaba en absoluto.

Primero, dio gracias por no tener que pagar los precios desorbitados de los platos —ostras, champiñones rellenos, mousse de salmón y caviar—, y después pensó que, si él tuviera que hacer la crónica, el menú no saldría muy bien parado. ¿Qué clase de comida era esa?

Dejó que fuera su compañero quien pidiera por los dos, pero al rato supo que no había sido buena idea.

Seguro que las ostras que les habían traído, y de las que daba cuenta Frank bajo su mirada de estupefacción y asco, constituían una exquisitez para aquella gente que reía y parecía disfrutar en las otras mesas, pero a él le volvían del revés el estómago.

Miró con tristeza su copa. No había un buen vino con el que entretener el tiempo hasta que el trabajo terminase.

Lo que les habían servido eran unos cócteles a base de azúcar que, tras probarlos, supo que de ninguna manera podían sustituir a un buen vino francés.

Podrían ser muy elegantes, pero había que tener ganas de beberse aquella bazofia.

La maldita Prohibición se estaba llevando por delante lo bueno de la vida.

La noche se le iba a hacer eterna.

—¿Crees que estaremos aquí hasta muy tarde? —le preguntó a Frank, cuando retiraron las ostras y les llevaron el siguiente plato.

—Supongo que el espectáculo no empezará hasta después de los postres. Relájate y come algo, anda. No has probado nada y todo está delicioso.

Ian miró su plato con desidia. ¿Delicioso? No era el adjetivo que usaría él, desde luego. Decidió que los champiñones no eran la peor opción, al menos no tenían un aspecto tan asqueroso como el resto, y se dispuso a probarlos.

Acababa de llevarse a la boca el primero, cuando una ligera ráfaga de viento frío le acarició la espalda y se volvió.

La puerta del local se había abierto para permitir la entrada a los clientes rezagados de esa noche.

Hacía rato que se había fijado en que solo había una mesa vacía, a poca distancia de la suya, así que supuso que sería la que los estaba esperando.

Un camarero, solícito, pidió sus abrigos y sombreros a los recién llegados y otro los acompañó hasta la mesa.

Frank, aunque los tenía de frente, no prestaba atención a la puerta; estaba dando buena cuenta del caviar que habían servido para los dos.

Sin embargo, Ian, que se había girado al sentir el aire en el cogote, seguía vuelto hacia ellos.

En cuanto sus ojos tropezaron con la mujer que vestía un abrigo blanco, ya no pudo apartarlos de ella.

Durante un instante sintió como si el resto de la gente que ocupaba esa noche el May Tea se hubiera desvanecido.

Incluso dejó de oír la música. La había visto antes, de eso estaba seguro, aunque le costó unos segundos reconocerla.

Estaba muy diferente.

Cuando la vio por primera vez, llevaba el pelo recogido en un moño que asomaba bajo su sombrero.

Lo sabía porque le habían impresionado tanto su belleza y su clase que había memorizado cada uno de sus rasgos.

Pero le costó reconocerla porque había en ella un cambio mucho más evidente esa noche, algo que hacía que incluso pareciera más sensual: se había cortado el pelo a la altura de la nuca.

Realzaba su estilizado cuello y le daba incluso un aporte extra de elegancia.

Lo llevaba liso, sin las ondas que muchas mu jeres lucían, a la altura de la barbilla, y enmarcaba a la perfección esos luminosos ojos azules que no había olvidado.

También esa noche estos parecían diferentes; sonreían como sus labios, libres de la preocupación que transmitían la primera vez que tropezó con ellos.

El vestido blanco de encaje y sin mangas que apareció cuando se quitó el abrigo no era muy atrevido, tenía solo el toque justo de sofisticación para lograr que destacase.

Pero de eso no era solo responsable el vestido, o las escasas joyas que la adornaban, una pulsera plateada en la muñeca derecha, un anillo en la mano izquierda y unos pendientes de perlas blancas.

Tampoco el leve maquillaje, carmín de labios en un tono pálido.

Era ella misma, la luz que irradiaba y que la convertía en el objeto de todas las miradas de quienes esa noche cenaban en el restaurante.

Ian continuaba sin aliento. Le había parecido guapa cuando la conoció, pero esa noche superaba con mucho a todas las mujeres con las que se había tropezado en la vida. Cuando fue consciente de que la estaba escrutando sin disimulo, parpadeó y volvió la vista a su plato.

Phoenix Owen iba de la cocina a la sala, sin quedarse demasiado tiempo en ninguno de los dos lugares.

Estaba ansioso por que todo saliera bien, por la publicidad que le daría que hablasen del espectáculo en la prensa, pero había algo que lo preocupaba más.

Esa mañana había recibido una llamada de Victoria Reynolds.

Le decía que John y ella aceptaban gustosos su invitación, pero que excusase a Elisabeth, pues no se encontraba bien.

Parte de la ilusión que había puesto en la velada se esfumó y, si era sincero consigo mismo, tenía muchas ganas de que la noche terminase cuanto antes. Cuando uno de sus camareros le informó que sus invitados habían llegado, salió al comedor para recibirlos.

Al principio, como no la esperaba, no la reconoció; cuando lo hizo, su corazón comenzó a botar de impaciencia. Su nuevo corte de pelo parecía haberla rejuvenecido unos años y todavía la vio más atractiva que cuando la conoció al embarcar en Southampton. Con profesional calma, se acercó a la mesa.

—Buenas noches, bienvenidos al May Tea —dijo, apoyando una mano en la silla de John y otra en la que ocupaba Victoria.

—Muchas gracias por su invitación, señor Owen —respondió esta—, tiene un restaurante mucho más bonito de lo que me imaginaba cuando nos habló de él.

—Gracias por el halago. Por favor, siéntanse en su casa. Señora Davenport, espero que su indisposición sea ya solo un recuerdo.

Ella sonrió con amabilidad antes de contestar.

—Sí, durante la tarde he ido encontrándome mejor, muchas gracias.

—Me alegro mucho y espero que ese malestar no regrese y pueda disfrutar lo que tenemos preparado para esta noche. Enseguida les traerán la carta —informó—. Permítanme decirles, señoras, que están ustedes bellísimas.

—Muchas gracias —contestaron ambas, casi a la vez.

—Si me disculpan, debo seguir atendiendo el negocio.

Hizo un gesto de saludo con la cabeza y se dirigió de nuevo a la cocina, aunque de buena gana habría ocupado en ese momento la silla libre de la mesa.