Los cerezos de Central 26 de noviembre de 1921, sábado
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26 de noviembre de 1921, sábado

Nueva York

Querido Richard:

Hace casi una semana que tu hermana y yo llegamos a Nueva York y hasta este momento apenas he tenido un respiro para sentarme y escribirte.

¿Te acuerdas de cuando, en el cuento, Alicia se bebió el contenido de la botellita y encogió?

Pues así me siento aquí. No sé qué clase de hechizo tiene esta ciudad, que me hace sentirme diminuta.

Todo aquí tiene unas dimensiones tan colosales que te vuelven pequeñito en comparación.

Los edificios se disparan hacia el cielo, casi como si estuvieran compitiendo entre ellos, y tengo que forzar el cuello para poder ver su final; hay una estación de tren que es más grande que nuestra casa y tanta gente por las calles que a veces me parece imposible que pueda albergarlos a todos.

Y nunca hay silencio.

A veces he penado por él, por ese silencio pertinaz que se acomodó a mi lado cuando te fuiste y dejé de escuchar tu risa, tus palabras, la vida que te recorría tan poderosa que te hacía parecer un vendaval.

Ese silencio oscuro y triste que quería espantar de mi interior y no podía, porque la señora Smith, Martin y la señora Durrell, que eran mi única compañía, se empeñaban en mantenerlo.

Incluso cuidaban de que tu hermana no me molestase, sin saber que eso me hacía más daño, pues me obligaba a escuchar con más fuerza mi propio dolor.

El de no poder tocarte más, el que me provocaba el recuerdo de tus últimas horas.

El que siento y siempre sentiré por tu ausencia.

Aquí no hay silencio, ni siquiera por las noches. Siempre algo lo deshace en las calles y es tan poderoso que incluso escala hasta la planta doce, al apartamento de tu tío, y es capaz de llegar hasta mi habitación aun con las ventanas cerradas.

No sé si te gustaría la ciudad, me lo pregunto a veces, pero estoy segura de que disfrutarías en Central Park.

Es un oasis en medio de este nido de hormigón, donde aún se pueden ver ardillas, árboles, aves…

, e incluso puedes encontrar gente a caballo.

Eso sé que te encantaría. ¡Y hasta hay una casa de fieras!

Catherine y Evan disfrutaron muchísimo en la visita que hicimos con ellos hace un par de días, aunque te confieso que yo no.

No podía dejar de pensar que, si alguno de esos tigres se escapase, no podría correr.

Nunca se me ha dado bien correr para ponerme a salvo.

Quiero contarte que tu hermana se perdió cuando llegamos.

He intentado no pensar mucho en ello, porque la angustia que sentí regresa cada vez que lo evoco, pero por fortuna el sobresalto duró solo un rato.

Un amable joven me la devolvió y habló con ella.

Muy serio, pero a la vez con cariño, le dijo que no se separase de mí, y, desde entonces, parece otra.

Supongo que el sentirse sola en medio de una ciudad extraña la ha vuelto más cauta, pero cada vez que aprieta mi mano repite que tiene que obedecer a Ian.

Ian es el hombre que me la devolvió. Ella parece haberlo idolatrado y creo que yo, mientras viva, le deberé algo. Cuando la vi aparecer de su mano, tuve la sensación de alivio más poderosa que he sentido nunca.

Esta noche nos han invitado a una cena, pero no quiero ir. No sé cómo se comporta la gente aquí y, si te soy sincera, tampoco me apetece aprender.

Espero encontrar una excusa para disculpar mi ausencia.

Tu madre, que nunca deja de pensar en ti,

Elisabeth Davenport