Los cerezos de Central Capítulo 5 #9
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Capítulo 5 #9

La chica no dijo nada, se limitó a no moverse. En su inacción se adivinaba cierto terror. Tras unos momentos de incómodo silencio, se atrevió a hablar, aunque sin mirar a la cara a su visitante.

—Por favor —susurró—, sáqueme de aquí. Este sitio es horrible. ¡Por favor! ¡Por favor! Quiero volver con mi tío, por favor…

Owen suspiró.

—Creo que deberías saber que tu tío me dio instrucciones de dejarte sola cuando llegásemos a Nueva York. Mi misión contigo terminaba en el puerto, en cuanto pasaras la aduana.

Las palabras ejercieron el efecto de un disparo en el pecho en la respiración de Louise.

Al aire le costó trabajo encontrar el camino hasta sus pulmones.

No era posible. ¿Cómo pretendía su tío que viviera en esa ciudad donde no conocía a nadie si ni siquiera llevaba dinero?

Lo que le decía Phoenix no podía ser cierto.

Se negaba a creer que Ted Pribby hubiera hecho eso.

No, imposible, Ted la quería, estaba enamorado de ella, se lo había dicho muchas veces cuando hacían el amor a espaldas de su tía.

Owen estaba mintiendo, era un maldito traidor que se había quedado con el dinero que a buen seguro le habría dado su tío para ella y la había llevado a ese lugar infecto.

—¡Eso no es cierto!

Trató de gritárselo, pero las palabras salieron de su boca desinfladas.

—Eso es lo que me pidió, que me deshiciera de ti. Deberías dar gracias de que no le hiciera caso en lugar de enfadarte conmigo, al menos no estás en la calle —dijo Owen, con un matiz sereno en la voz, a la vez que se sentaba en la cama.

—Ted nunca me haría esto —gimió.

Owen puso la mano sobre el brazo de Louise, quien se estremeció por el contacto, pero no se apartó. Su dolorido cuerpo no le permitía esos lujos.

—No conoces a tu tío, no sabes de lo que es capaz —dijo, acariciando su suave piel en un gesto de consuelo—.

Yo sí; consigue lo que quiere siempre. De quien sea.

¿Crees que una niña iba a ser más lista que un hombre hecho y derecho?

No, Louise. Él quería gozar de tu cuerpo y lo logró, y así hubiera seguido si no te hubieras convertido en un problema.

Hizo lo que se hace con lo que molesta: deshacerse de ello.

A esas alturas, Louise no podía controlar las lágrimas. Escuchaba incrédula las palabras de Owen, que le dibujaban a una persona que se negaba a reconocer en el que había sido su amante, mientras su cuerpo se sacudía por los sollozos que no lograba ahogar.

—Créeme, las calles de Nueva York son peores que esta casa —añadió Phoenix.

—No pueden ser peor. Quiero irme de aquí —dijo, tan bajito que, si él no hubiera estado atento, ni la habría escuchado.

—Pero ¿qué es lo que ha pasado?

Louise apartó la sábana y dejó a la vista una mancha de sangre que empezaba a resecarse y que se extendía por el camisón y alcanzaba al colchón, tiñéndolo de un marrón sucio.

—He perdido a mi bebé —gimió.

—¿Cómo ha sido?

—No lo sé.

Louise no se atrevió a confiarle sus pensamientos.

No estaba segura, pero sospechaba que no había sido algo fortuito.

Aquella horrible mujer se había ganado su confianza.

Ella, como una tonta, cuando le preguntó por qué estaba tan pálida, le había confesado que estaba encinta y la mujer le había dado a beber un brebaje que le dijo que era bueno para su estado, que ayudaría a serenar las náuseas matinales.

La creyó; los días en el barco habían sido horrorosos y necesitaba un respiro.

Unas horas después de tomarlo, un angustioso dolor se apoderó de ella y la dejó doblada.

Al poco, comenzó a sangrar. Lo peor fue que la mujer no atendió a sus súplicas cuando le rogó entre llantos que llamase a un médico. Al único que había llamado era a Owen.

—En cuanto te repongas, te sacaré de esta casa —prometió él—. Pero tienes que poner de tu parte. Deberías empezar a comer y lavarte.

Owen se levantó de la cama. Se fue sin cerrar la ventana y sin volver a correr las cortinas.

Louise se quedó llorando, encogida sobre sí misma.

Le dolía todo el cuerpo, pero mucho más el alma.

Su mente trataba de recapitular lo que habían sido sus últimos días, como para que se encontrase en esa situación.

Ted Pribby le había jurado que iría a Nueva York para encontrarse con ella en cuanto pudiera, pero ni parecía apenado el día que se despidieron.

Lo había visto en su mirada, un alivio que ahora entreveía que no era por apartarla del escándalo, sino por perderla de vista.

Odiaba pensarlo, pero intuía que Owen no le estaba mintiendo; en lo más hondo de su corazón sintió que su tío no iría nunca a buscarla.

Tiró de la sucia sábana y se cubrió con ella; el frío de noviembre entraba inclemente por la ventana abierta.

Cerró los ojos y sus párpados empujaron las últimas lágrimas que derramaría aquel día.

No iba a dejarse morir, no iba a rendirse.

Comería. Saldría de aquella casa cuanto antes y, si era cierto lo que Phoenix Owen le había contado, su tío se iba a arrepentir de haberla utilizado.

Por su hijo, por aquel que no había nacido, que se iba a arrepentir.