Capítulo 5 #8
—Y yo a ti.
—¿Pero no tienes una ayudante supereficiente y a media familia en tu casa? ¡No sé cuándo puedes echarme de menos!
—Mi ayudante es muy solícita, pero también es asfixiante —le confesó—. Se pasa el día pegada a mis pies. En cualquier momento me daré la vuelta y la pisaré.
—Uy…, eso suena a que…
Hizo una pausa en la que se escuchó su risa.
—¡Felicia! No seas tonta. ¡Es una niña!
—No soy tonta, soy una mujer que conoce tus encantos. ¿Estás seguro de que no se ha enamorado de ti?
John se quedó callado, intentando evaluar sus palabras, pero no tenía tiempo de elucubraciones de ese tipo. Había llamado para hacerle unos encargos y eso era lo que haría, no hablar de Clarissa.
—No nos desviemos. Necesito pedirte algo.
Le explicó lo que le urgía y Felicia tomó diligente nota de todo. Le aseguró que a finales de la semana siguiente tendría toda la mercancía que le demandaba lista y embarcada rumbo a Nueva York.
—¿Estás segura de que no dejaremos desabastecidos los almacenes de Boston? —le preguntó, preocupado por si se había excedido con sus solicitudes.
—¿Bromeas? ¿Con quién crees que estás hablando?
He tenido a nuestras costureras trabajando horas extra, que, por supuesto, vas a pagarles muy bien, y hay vestidos más que suficientes para los dos negocios, aunque no estaría de más que consiguieras modistas también para allí, aquí no damos abasto.
Y para lo demás que me pides, en los almacenes hay productos que ya hemos expuesto en nuestra tienda.
No hace tanto que llegaron, no están pasados de moda, pero aquí no son novedad.
Si te los mando, a ti te servirán y a mí me vas a dejar mucho más espacio.
Ya he hecho inventario y sé lo que quiero enviarte.
—Eres la mejor —dijo John, con orgullo.
—¿Acaso lo has dudado alguna vez?
—No, sé que es así. ¿Cómo va todo por allí? ¿Algún incidente más con los White?
Felicia volvió a soltar una de sus alegres carcajadas antes de contestar.
—Pues no, Emily no ha vuelto a presentarse por aquí y Gilbert no hizo ni un solo comentario cuando a su sueldo le faltaba el importe del vestido de su madre. Supongo que al final lo que consiguió fue tener un problema con su hijo más que conmigo.
—Eso es, que les afecte a ellos y no a ti. Así es como has de pensar.
—Lo sé, John, sé que debería ignorarlos, pero es que me ponen tan nerviosa que a veces pierdo los papeles.
Son unas ratas, siempre acechando, siempre esperando el momento para humillarme, y créeme si te digo que cada vez me cuesta más no arrancarle el sombrero cuando me mira por encima del hombro.
¡No sé qué se ha creído esa vieja bruja!
—¡Felicia…!
—Perdona, es que me enerva. Es mala, manipuladora, falsa, rastrera…
—¡Para ya o te acabará dando un ataque al corazón!
—Está bien, respiro.
John se rio, imaginando a la pelirroja irguiéndose en el asiento del despacho y tomando aire.
—Bueno, si no tienes nada más que contarme, te dejo; me espera mucho trabajo aún aquí y esta noche quiero llegar a cenar con Victoria y mi hermana.
—¿Cómo están? ¿Se adaptan a la ciudad?
—Bien. Elisabeth, cada día mejor. Después del susto que se llevó en el puerto, no pierde de vista a mi sobrina, pero supongo que se le pasará. Hablamos otro día, se me echa el tiempo encima.
—Espera… —dijo Felicia.
—¿Pasa algo?
—No… Bueno, no lo sé. Esta noche, Albert me ha invitado a cenar en el On y…
—¿Y?
—He aceptado, debemos sellar una tregua. Además, desde que tú no estás, creo que se ha vuelto más responsable y no se comporta como un idiota todo el rato.
—Al final llegaréis a ser buenos amigos —dijo John, con una sonrisa en los labios—. Disfruta de la cena.
—No cantes victoria aún. Con que no prepare alguna de las suyas, me conformo.
Se despidieron y John se levantó para salir a la zona de ventas. Todavía quedaba mucho para que aquello se pareciera al lugar que tenía en mente.
Viernes, 25 de noviembre de 1921
Nueva York
John se disponía a cruzar la puerta del despacho, cuando el teléfono comenzó a sonar.
Le extrañó, pues apenas lo habían instalado y eran muy pocas las personas que conocían el número, así que pensó que sería Felicia que se habría olvidado de comentarle algo sobre los pedidos.
Sin embargo, la operadora le sorprendió diciéndole que quien estaba al otro lado era Phoenix Owen.
Tuvo que hacer un esfuerzo para recordar que era el empresario que Victoria le había presentado en el muelle.
—Señor Owen, ¿en qué puedo ayudarlo? —le preguntó.
—Perdone que lo moleste, no tenía otro modo de comunicarme con su hermana y la señora Reynolds, y por eso he recurrido a usted.
—Me maravilla que haya conseguido el número tan pronto, acabo de instalarlo.
—Tiene una explicación. Tenemos un conocido común, el señor Wilson.
Necesitaba refuerzos para mis camareros y he acudido a él para que me ayude a buscarlos.
Al preguntarle por lo que estaba haciendo en estos momentos, me comentó que trabaja para usted.
Así que, ya ve, ha sido una casualidad que haya dado con su número sin dificultad.
—Ya veo —dijo John—. Pero, dígame, ¿qué quiere que les transmita?
—Quería enviarles una invitación para una cena mañana por la noche en mi restaurante. Se lo prometí en el viaje y creo que sería un momento perfecto. Parte de la compañía de teatro británica que viajó con nosotros en el Aurore va a ofrecer un espectáculo de ilusionismo y la noche será animada.
—No sabía que en su restaurante también ofrecía actuaciones —se sorprendió John.
—A diario contamos con la música en directo de un pianista, pero, cuando estábamos en el barco, tuve la ocasión de hablar con el director de esta compañía y a ambos nos pareció una buena idea mostrar un adelanto de su número en el restaurante.
Un anticipo del gran espectáculo que estrenarán dentro de unas semanas en Broadway.
Supongo que usted, como hombre de negocios que es, entiende que no dejase pasar la oportunidad de presentar algo novedoso en el May Tea y que la compañía también haya estado de acuerdo.
—Sí, claro que lo entiendo, yo también estoy siempre pensando en nuevas posibilidades para mi negocio. ¿Y a qué hora sería la cena? —preguntó.
—A las ocho. Me gustaría saludar a su hermana y a la señora Reynolds, espero poder hacerlo en algún momento de la noche.
—Cuando llegue a casa, se lo preguntaré. Si están de acuerdo, nos pondremos en contacto con usted para confirmar nuestra asistencia. ¿Cómo puedo hacerlo?
—Su hermana tiene mi tarjeta, pero puede decírselo a Wilson y él me lo hará saber —le dijo Owen.
—Perfecto.
—Muchas gracias, señor Lowell, y perdone el asalto. Salúdelas de mi parte. Que tenga un buen día.
—Igualmente.
En su casa, Phoenix colgó el auricular, satisfecho.
La ausencia de noticias de sus compañeras de viaje durante toda una semana lo había tenido inquieto.
Quizá la promesa de verse de nuevo en la ciudad hubiera sido solo una cortesía, así que decidió no arriesgarse a que lo olvidaran y se adelantó.
La cena con espectáculo en el May Tea le pareció la excusa perfecta para calmar su ansiedad por encontrarse de nuevo con Elisabeth.
Desde que la vio por primera vez en el Aurore, le había parecido refinada, distinguida y bellísima.
Tenía la distinción que buscaba en una mujer y lo había cautivado su elegancia, pero en esos momentos había algo más que la situaba en el centro de sus deseos.
En esos días, había averiguado que era hija de un conde.
No pensaba dejar pasar la oportunidad de un acercamiento, aunque tuviera que urdir alguna estrategia para que se pudieran ver de nuevo.
El hecho de que ella tuviera una hija a su cargo no suponía un problema para sus planes.
Al contrario, le parecía que podría presentar una familia completa de inmediato.
Satisfecho por haber conseguido dejar una puerta abierta tras la llamada a Lowell, se dirigió a la cocina, donde Giulia preparaba la comida, y cogió una manzana de un cesto de la encimera.
—Voy a salir. Puede que a la una y media esté de vuelta —le dijo.
Cuando rebasó la pequeña verja de la calle, sintió el frío en la cara, pero también los rayos del tímido sol que se dejaba ver en el cielo despejado de Manhattan.
Tras darle dos mordiscos a la manzana, la depositó en una papelera y se subió en su coche.
Condujo más de media hora para llegar al Lower East Side, sorteando el tráfico.
Allí, en el otro extremo de la ciudad, tenía un asunto urgente del que ocuparse.
Al llegar a su destino, aparcó en una solitaria acera y llamó con los nudillos a una de las humildes puertas de la desvencijada calle que tan poco se parecía a la suya. Le abrió una mujer de mediana edad, canosa y mal vestida, que nada más verlo le franqueó la entrada sin hacer ninguna pregunta.
—Está ahí —le indicó, señalando una puerta cerrada—. No ha comido desde ayer.
La mujer entró en la habitación sin molestarse en llamar, seguida de Owen.
Nada más hacerlo, les sacudió un desagradable olor a cerrado y a sudor, con fuertes notas avinagradas que les hicieron torcer el gesto.
Se hacía necesario ventilar y deshacer la oscuridad en la que estaba sumida la estancia, por lo que ella descorrió las cortinas y abrió la ventana.
El frío de la calle empezó a desplazar el aire caliente y se llevó parte de la pestilencia del cuarto.
En la cama que ocupaba el centro de la habitación, había una muchacha encogida que, al notar la luminosidad, se dobló aún más sobre sí misma.
—¿Qué ha pasado?
—Será mejor que le pregunte a ella —contestó la mujer. Salió de la habitación y cerró la puerta.
—Louise —dijo Owen con suavidad, acercándose a la cama—, ¿qué sucede?