Los cerezos de Central Capítulo 5 #7
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Capítulo 5 #7

Ian se echó a reír. Entendía a Connor; en la sociedad en la que habían crecido, el alcohol lo impregnaba todo.

Al prohibirlo de un día para otro, no habían tenido tiempo para olvidarlo y por eso era normal que alguien hubiera vislumbrado un negocio muy rentable abriendo aquellos bares clandestinos que salpicaban la ciudad.

Ian se aseguró de que estaban solos para preguntarle a su cuñado por lo que le había contado la última vez que se vieron.

—Intenté hablar con el sargento Carver sobre Reeds —le dijo Connors—.

La madre de este vino de nuevo y aproveché para decirle que me parecía muy raro que no diéramos con él.

Le pregunté si podría ser que tuviera algún lío de faldas que lo hubiera obligado a dejar la ciudad.

No mencioné nada sobre bares clandestinos para que no se percatase de que sé algo más.

—¿Y funcionó?

—Se puso muy muy nervioso. Empezó a decir que Reeds siempre había sido un imbécil corto de luces e interrumpió la conversación antes de que pudiera preguntarle algo más. Me dejó con la palabra en la boca.

—¿Eso es todo? ¿No has podido averiguar nada más? —preguntó Ian.

Connor se quedó un momento en silencio, suspiró y se volvió muy serio hacia Ian.

—No ha habido opción a preguntarle, no ha vuelto hasta hoy a trabajar.

¿Quieres saber por qué he llegado tarde ahora?

Esta mañana, Carver ha entrado en la comisaría con el peor humor del mundo.

Serían sobre las nueve y media, cuando hemos escuchado un disparo procedente de los aseos.

Rápidamente, hemos sacado el arma y hemos ido a ver qué sucedía.

—¿Y qué ha pasado?

—Carver se ha suicidado con su arma reglamentaria.

Su familia no entiende nada, su mujer dice que no tenían problemas en casa, pero sí le había visto nervioso las últimas semanas.

Tampoco sabía que llevaba dos días sin ir al trabajo, no sabe dónde se ha metido todas esas horas.

Yo no he dicho nada, pero me he acordado de lo que me contaste el otro día.

Ian se puso serio. La muerte de Reeds podría haber sido producto de un exceso de celo de los matones del Ice, pero el suicidio del sargento de la comisaría del sur de Manhattan empezaba a contar una historia diferente.

Más teniendo en cuenta que él estaba seguro de que era otro de los clientes del bar clandestino.

Había visto a Molly, la limpiadora, hablando con él, como si se conocieran.

—Te lo dije, Connor, en ese local pasa algo. Y no es solo que se salten la Prohibición.

—Carver y Reeds eran buenos tipos, no me los imagino metiéndose en algo turbio por su cuenta.

—No conocemos a la gente tanto como pensamos, Connor —apuntó Ian.

—Carver estaba muy nervioso cuando hablé con él sobre Reeds; eran buenos amigos, no me cuadra que lo llamase imbécil.

—¿Y si habían averiguado algo de lo que sucede en el Ice y se volvieron incómodos para alguien? —preguntó Ian.

—Pero eso no casa con lo que viste. Solo Reeds bebió demasiado, armó escándalo y a esos matones del local se les fue la mano intentando que se callase. Eso dijiste.

—Y así fue, pero ahora creo que tenía que saber algo que lo volvió incómodo y eso precipitó su muerte.

Si hubiera sido solo por el alboroto, una paliza hubiera bastado a modo de advertencia.

A un policía, menos que a nadie, le interesa saltarse la ley y lo estaba haciendo entrando en ese local y no denunciándolo.

—¿Y si estaba pensando hacerlo y dentro lo descubrieron?

—No lo sé, solo vi que se puso a cantar, ya te lo dije.

—¿Y Carver? ¿Qué tiene que ver Carver en todo esto?

—No tengo ni idea —dijo Ian.

Habían llegado a la puerta de la casa. Connor sacó la llave y abrió. Una vez dentro, dejó el capazo con la compra sobre la mesa de la cocina y se quitó el abrigo.

—Quiero pedirte que hagas algo —le dijo a su cuñado.

—Dime.

—Quiero que vuelvas al Ice y estés muy atento a todo lo que allí suceda. Tal vez haya algo ahí que se nos escapa.

Ian no se negó. Aparte de la curiosidad, en su interior seguía palpitando el deseo de encontrar una buena historia para ascender en The New York Times .

—Me va a costar entrar, la contraseña la cambian a diario y no siempre encuentro a alguien que me la sople. Llevo más de dos semanas soñando con una copa.

—En cuanto puedas, ve.

—No te preocupes, lo haré. Tal vez sepa a quién preguntar sin que se note mucho lo que de verdad busco. Ayudará el que haga tiempo que no paso por ahí para que no sospechen de mí.

Connor fue a buscar un vaso de agua y le ofreció a su cuñado, que la rechazó.

—Si al menos fuera whisky …

Ambos se rieron. Echaban de menos tomarse un trago juntos, como en los viejos tiempos.

Siempre les quedaba la opción de visitar alguna «farmacia» como la que había abierto el dueño del Golden Swan en la esquina de la Sexta Avenida con la calle Cuatro Oeste y solicitar un whisky medicinal.

Solo tendrían que buscar a un médico que les hiciera una receta a cambio de un par de dólares, pero Beatrice les cortaría las pelotas.

—Cambiando de tema, ¿en qué estas ahora? —preguntó Connor.

—Nada especial. Aburridas noticias de sociedad que necesitan una fotografía para el periódico.

El otro día estuve en el puerto, recibiendo a una compañía de artistas, y mañana por la noche tengo que volver a ver su espectáculo y hacer algunas fotos.

Ya que estamos, no tengo qué ponerme. Creo que va a ser para gente de la alta sociedad y con mi guardarropa me voy a sentir violento.

—¿Los periodistas también tenéis que ir bien vestidos?

—Al menos —dijo, mirándose a los pies—, necesito unos zapatos que no estén tan gastados como los míos.

—¿Por qué no te compras unos?

—Porque estamos a final de mes y he tenido algunos gastos extra.

—Vamos, yo te lo presto y también el traje de mi boda. Será mejor que te lo pongas en lugar de esa chaqueta que está tan gastada como tus zapatos. Y córtate el pelo; un poco más y acabarás pareciendo uno de esos vagabundos que pueblan la ciudad.

—¿Qué le pasa a mi pelo?

—Anda, vamos.

Viernes, 25 de noviembre de 1921

Nueva York

Durante los primeros días de su estancia en Nueva York, John no pudo atender a sus invitados, ocupado con la puesta en marcha de los almacenes.

Debía encargarse de supervisar las obras de acondicionamiento del local y de abastecerlos de productos antes de su apertura, prevista para el lunes 5 de diciembre.

Quería asegurarse de que estuvieran listos antes de la Navidad para aprovechar esas fechas de compras frenéticas.

Abrir unos días antes de las fiestas era el escenario perfecto para poner en marcha el mecanismo del boca a boca, que sabía por experiencia que resultaba la mejor publicidad.

Se levantaba temprano, desayunaba solo en la cocina y no regresaba hasta la hora de la cena, sin tiempo para charlar con Victoria y Elisabeth.

Ellas habían dedicado esos días a pasear por los alrededores de la calle 72 con los niños, maravillados por todas las novedades de Nueva York.

Se habían acercado a Times Square en tranvía, habían visitado la casa de fieras de Central Park e incluso habían pasado una mañana en el Museo Metropolitano de Arte.

El gigantesco edificio principal, en el borde oriental del parque, exponía obras de todos los períodos de la antigüedad.

Cath se aburrió mucho, pero a Evan le resultó fascinante.

Esa mañana de viernes, mientras sus invitadas habían decidido ir de compras, John trabajaba en el edificio que albergaría los almacenes Lowell con los decoradores.

La planta que ocupaba la zona de ventas era un ir y venir de carpinteros, operarios transportando alfombras y plantas, y electricistas que se dedicaban a colocar las enormes lámparas que había mandado hacer por encargo.

—¿Sabe cuándo empezarán a llegar los productos que vamos a vender? —le preguntó Clarissa.

—Espero que la próxima semana, pero voy a asegurarme. Ven conmigo.

Extrajo un papel del bolsillo, en el que llevaba anotado el número de teléfono de los almacenes de Boston, y se encaminó hacia su despacho, el único lugar terminado y a salvo del caos.

Hacía dos días que habían instalado un terminal en él y quería hablar con Felicia para que preparase un primer envío de género.

En adelante tendría que encontrar proveedores en Nueva York o desviar algunas de las mercancías que adquiría en Europa para que llegasen directas a los nuevos almacenes, pero si quería abrir a principios de diciembre, eso no era factible.

Tendría que arreglárselas con lo que pudiera conseguir en Boston.

—Clarissa, ¿podrías ocuparte de algo? —le preguntó cuando llegaron a la puerta de la oficina.

La muchacha, siempre dispuesta a obedecer todas las órdenes de su jefe, asintió.

—Necesito que vayas a una floristería y te encargues de elegir varios centros florales para el día 5. Para la apertura, quiero en los escaparates vestidos y complementos, y algunas piezas antiguas, como esa mesa que rescatamos del apartamento. No quiero un expositor, sino un escenario.

—Claro, señor Lowell.

La chica se dio la vuelta para marcharse, pero Lowell la detuvo con otra petición.

—Consigue también juguetes.

La joven asintió y se alejó del despacho.

John entró en él y se sentó frente al teléfono.

Enseguida levantó el auricular y pidió una conferencia con Boston.

Estaba cansado, lo revelaban sus ojeras, pero sabía que no era momento de relajarse, la primera impresión que dieran los almacenes en la ciudad iba a ser determinante para su posterior funcionamiento.

Aunque lo que más le apeteciera fuera salir a cenar con sus invitadas, no podía hacerlo hasta que todo aquello quedase bien atado.

Y para ello, necesitaba de la colaboración de Felicia.

Poco después de que la operadora le asegurase que estaba todo listo, escuchó la voz de su socia. Le maravillaba ese invento, parecía como si la tuviera al lado y no a millas de distancia.

—Ya te echaba de menos —le dijo ella, tras los saludos.