Los cerezos de Central Capítulo 5 #6
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Capítulo 5 #6

—No disimules. ¿No recuerdas aquel día que te subiste al tejado en casa de tus padres?

Victoria se llevó la mano a la boca y contuvo una carcajada.

Casi se le había olvidado aquella historia.

El jardinero se marchó a buscar una herramienta y ella aprovechó para subirse al tejado.

Quería echar un vistazo y bajar en un par de minutos.

Con lo que no contó fue con que el hombre no encontró la que buscaba, regresó enseguida y recogió la escalera.

—¡Dios mío! Estaba muerta de miedo, pero a la vez no quería que mamá se enterase de lo que había hecho, así que no me atrevía a abrir la boca.

—Pusiste a media familia en alerta, buscándote.

—Lo sé, os estaba viendo desde el tejado.

—Creo que si no se hubiera puesto a llover, seguirías encaramada al tejado y a tu cabezonería.

—¡Oye! Aunque es verdad, solo empecé a gritaros dónde estaba porque me estaba mojando.

—Lo pasamos bien de pequeños —dijo John, con cierta nostalgia.

—Sí, cada vez que venías a casa, yo era feliz. Siempre fuiste mi mejor amigo.

John le cogió la mano. En algún momento, al descubrir que no estaban emparentados, habían empezado a preguntarse si podrían ser algo más que amigos.

Solo habían dado unos tímidos pasos que confirmaron un poderoso sentimiento entre los dos, pero pronto se truncó.

La mano de John sobre la suya descontroló los latidos de ella, con una fuerza que no sentía desde aquellos días; trató de mantener la compostura.

Él también se estaba sintiendo igual, pero prefirió no precipitarse. Le besó la mano con suavidad y después, a pesar de que era lo último que quería hacer, la soltó. Siguieron caminando.

—No me he atrevido a preguntarte antes por Violet, no quiero que te pongas triste. Solo quiero transmitirte que lo sentí muchísimo.

—Ya lo hiciste por carta.

—No es lo mismo. No podía mirarte a los ojos ni ofrecerte un abrazo real.

—Yo sentí como si fuera así, John. —Emitió un suspiro que espantó el nudo en la garganta—.

Te lo dije en mis cartas, fueron los peores días de mi vida con diferencia.

El mundo se me vino encima y estoy segura de que tus cartas me ayudaron mucho.

Pero, sobre todo, sé que de no haber tenido a Evan no lo hubiera podido soportar. A Evan me lo regalaste tú.

—Ese niño es especial.

—Tú le salvaste la vida y él me la salvó a mí —dijo ella.

—Eso no fue así —matizó John—. También me salvó a mí. Si no lo hubiera tenido en los brazos, es posible que no me hubieran empujado a ese bote salvavidas y me habría ahogado.

Evan se acercó corriendo hasta ellos en ese momento.

—¿Cuándo llegamos al carrusel? —preguntó.

—Creo que ya no queda mucho.

—¿Podemos ir después a la casa de fieras?

—Evan, vamos a estar una temporada aquí, ¿no querrás verlo todo en un día? —preguntó Victoria.

—¡Mira, mamá! —gritó, señalando el carrusel.

Poco antes de la Gran Guerra, había prescindido de las mulas que sirvieron durante años para tirar de él, pero, desde 1912, un motor eléctrico era el que se encargaba de hacerlo girar.

Los niños, que no habían visto una atracción semejante, lo miraron fascinados.

Los caballitos, pintados en delicados colores, que subían y bajaban al ritmo de una hipnótica música, atrajeron sus infantiles miradas, y tanto Evan como Catherine suplicaron a los adultos que les permitieran montar en él.

Habían ido allí para ello, pero John estuvo un rato advirtiéndolos sobre la posibilidad de que se mareasen o quisieran bajar, algo que no se podía hacer una vez en marcha.

Solo quería divertirse un rato con sus momentáneas caras de decepción, pues enseguida sonrió y descubrieron que estaba bromeando.

—Claro que vamos a montar, vamos a hacerlo todos —dijo John.

—¿Todos?

Las dos mujeres hablaron a la vez. No se les había ocurrido que aquel carrusel fuera algo para ellas.

—¡Vamos, será divertido! —exclamó John.

Minutos después, cada uno ocupaba un lugar en la festiva atracción.

Elisabeth, aunque le costaba reconocerlo, lo estaba disfrutando como los niños.

Había optado por sentarse en una de las carrozas y no en uno de los caballos que subían y bajaban, y desde allí observaba la cara de felicidad de su pequeña, entusiasmada con el invento.

Notaba expandirse en su pecho un suave bienestar que hacía mucho que no sentía.

Iba a ser cierto que las distracciones que ofrecía el viaje le sentarían bien a su ánimo, porque durante aquellos días había sonreído más que en meses.

Las cortinas interiores que la habían mantenido sumida en la oscuridad se descorrían y empezaban a dejar pasar la luz. De alguna manera, revivía.

Volvió la vista y observó a la muchedumbre que esperaba alrededor del carrusel.

Eran muchísimas personas las que se congregaban en el parque, tal vez por ser domingo o por las enormes dimensiones de la urbe y ser este el mejor lugar para disfrutar de un tranquilo paseo.

Allí, frente a la atracción, se mezclaban todas las clases sociales.

Había familias distinguidas, señoras arropadas con abrigos con cuellos de piel y sofisticados sombreros cloche, a las que acompañaban caballeros con bastón y trajes impolutos, sobre los que reposaban abrigos de paños caros, y cuyos niños bien vestidos esperaban ansiosos para disfrutar de los caballitos de madera.

Y a su lado, sin mediar más distancia que un paso, se distinguía a otras familias más humildes esperando su turno, mujeres y hombres que sujetaban de la mano a otros niños vestidos de diferente modo, pero con el mismo brillo de ilusión en los ojos.

No supo por qué, pero al ver a aquellas familias pensó en Ian Brennan.

Sacudió la cabeza, confusa.

Era la segunda vez que pensaba en él desde que se había despertado.

A pesar de que solo lo había visto unos breves instantes y que su nombre no debería haberse fijado en su memoria, lo recordaba.

Viernes, 25 de noviembre de 1921

Nueva York

Ian paseaba por el ruidoso mercadillo callejero del Lower East Side con Beatrice y Luke.

El improvisado mercado consistía en una sucesión de carros que plantaban sus tenderetes al lado de las aceras, en los que los neoyorquinos de esa parte de la ciudad se surtían de verduras y de los más variopintos objetos.

Su hermana le había pedido esa mañana que la acompañase a hacer algunas compras.

—No sabes a la velocidad que crece Luke, apenas tengo nada ya que ponerle que le valga —le contó.

—Está hecho todo un irlandés —dijo Ian, dando un beso al niño, que llevaba cargado en los brazos.

Se acercaron a uno de los carromatos en los que se exponían víveres y ella empezó a preguntar los precios al vendedor. Después de regatear un rato, se decidió por algunas verduras y unas apetitosas manzanas.

—Me ha contado Connor que habéis quedado por aquí —le dijo Beatrice a Ian, mientras le entregaba al vendedor los centavos que le había pedido por la compra.

—Sí, no creo que tarde en aparecer.

—¿Qué es lo que os traéis entre manos los dos? Estáis muy misteriosos.

Ian se echó a reír y le pasó el niño a su hermana para recoger el capazo, que el vendedor había rellenado con los víveres.

—Nada por lo que tengas que preocuparte.

—Siempre tengo que preocuparme por ti, ¿no te habrás metido en otro de tus líos?

Se paró para mirarlo a los ojos y tratar de averiguar si mentía. No sería la primera vez que Ian la dejaba al margen de sus chanchullos.

—De eso nada, hermanita, desde que trabajo en el New York Times me va bien. Puedes estar tranquila, no me estoy metiendo en problemas. Me estoy comportando más que bien.

—Eso espero, y que no me estéis ocultando nada ninguno de los dos. Connor está muy raro —afirmó.

—¿Cómo de raro? ¿Más de lo normal en tu marido? —preguntó con sorna Ian.

—¡No seas idiota! Está ansioso.

—Ya sabes que quiere ese ascenso para que no tengas que comprar en este mercadillo, os podáis mudar y puedas hacerlo en las elegantes tiendas del otro lado de la ciudad.

Beatrice se rio por el comentario. Ellos no dejarían la zona que los había visto crecer, no sabría qué hacer entre esa gente empingorotada que habitaba al otro lado de Manhattan.

Le gustaba el Lower East Side, las costumbres de sus habitantes y las humildes calles donde había crecido, aunque ni de día fuera seguro pasearse a solas por él.

Se pararon más adelante, en uno de los puestos que vendía telas, y Beatrice acarició una que le iría perfecta para coserse un vestido nuevo.

Pero no podía permitírsela, era Luke quien necesitaba ropa nueva, así que abandonó la idea y continuó andando, olvidando sus deseos tan pronto como se alejaron del carro.

Ambos hermanos se internaron en la acera y condujeron sus pasos a la tienda de ropa para bebés, un local al que se accedía después de subir una decena de escalones.

Estaban a punto de encararlos, cuando apareció Connor.

Después de llamarles la atención, saludó a su familia y, casi al momento, se excusó con Beatrice.

—Entretente lo que quieras, nosotros nos encargaremos de llevar la compra a casa.

—Gracias, os veo luego —dijo ella.

La joven subió los escalones con el niño y desapareció tras la puerta del establecimiento.

Ian y Connor se encaminaron a la casa de este.

Recorrieron la calle hasta el final, dejando atrás el animado ambiente que se formaba en torno a esa zona comercial, y se internaron en otras del barrio menos concurridas que conducían a la casa de los Boyle.

—¿Te acuerdas de esa licorería que el día antes de la Prohibición sacó todo lo que le quedaba en cestas de mimbre a la acera y liquidó las existencias a un dólar? —preguntó Connor.

—¿Echas tanto de menos tomar un trago que te acuerdas de eso ahora?

—Me acuerdo cada vez que vengo a estos mercadillos callejeros. Y cada vez que tu hermana se enfada conmigo. Y cuando quiero celebrar algo. Y cuando algo me decepciona. Y en las cenas, en las comidas, los días de fiesta y los que no lo son.