Capítulo 5 #5
A pesar de todo, acabó sonriendo y enseguida ocupó su silla.
En la mesa, sobre una mantelería de hilo fino impoluta, había dispuesta una vajilla y unos cubiertos que estaban por estrenar.
Les sirvieron té y café, con tostadas recién hechas, huevos revueltos calientes, leche, queso y un gran despliegue de fruta fresca.
La comida y la cena del día anterior habían sido igual de generosas, por lo que Victoria no pudo evitar un comentario.
—¿Pretendes que engordemos? —le preguntó a John.
—Pretendo que no echéis de menos nada.
—Pues si seguimos así, ¡lo que voy a echar de menos en breve es a Mary! ¡Necesitaré una modista!
—Puedes hablar con la señora Clarke para que todo esté a vuestro gusto, yo he hecho lo que he podido.
—¿Encargar que desabastecieran el mercado?
Después de unos minutos, en los que continuaron con la broma, John desvió la conversación hacia Almond Hill. Había pasado parte de la noche repasando los libros de cuentas que Elisabeth había traído consigo desde Gran Bretaña para estudiar la situación en la que se encontraba la propiedad.
—Me temo que la guerra ha hecho estragos en todo el mundo. No es que no hayas sabido gestionarla, es que poco más se puede hacer con lo que tenías —le dijo a su hermana.
—Me encontré perdida. Muchos hombres murieron en el conflicto y la gripe se llevó a algunos más; los campos no producen lo mismo que antes, ya que faltan manos.
Muchas. Si antes de la guerra la gente emigraba a Londres en busca de una oportunidad, no te puedes imaginar ahora.
Además, las semillas son cada vez más caras, no se ponen en cultivo todas las tierras…
El año pasado se quedaron baldías las de la zona norte.
Eso ha repercutido en las rentas que recibimos, que han mermado de forma alarmante, como has visto en los libros.
Quizá si mi ánimo fuera otro, habría encontrado la manera de revertir esto, pero…
es que no sé cómo hacerlo, John. Solo se me ocurrió cerrar la casa.
—Tomaste la única decisión en tus manos, reducir los gastos. Eso ayuda, no cabe duda, pero hay que hacer inversiones importantes porque, a largo plazo, esto no servirá de nada. La gente se ha ido a la ciudad para no volver —dijo John.
—¿Qué habría que hacer?
—Comprar maquinaria o más ganado, por ejemplo.
Y deberíamos invertir en la industria para que sus beneficios reviertan en Almond Hill.
El modelo con el que se sostenía se ha quedado obsoleto y, si no cambiamos algo, la perderemos.
Si no es ahora mismo, sí en un breve plazo de tiempo.
Deberías haberme pedido ayuda en cuanto te diste cuenta de que había un problema.
La mirada que dirigió Elisabeth a su hermano transmitía una disculpa.
—Cuando empezó a ir mal, le sugerí al administrador que vendiera algunas propiedades que heredé de Charles en Londres, pero la cifra que ofrecía por ellas no solucionaba nada. Me contó que tras la guerra se habían devaluado mucho. Intenté aguantar por mis medios, pero ya ves que fracasé.
—Hiciste bien en no vender tus propiedades —opinó John—. Los dueños de Almond Hill somos Mary y yo, así que somos los que deberíamos correr ese riesgo, no tú.
—Pero me permitís seguir viviendo allí, me siento en la obligación de hacer algo.
No sé si puedes entenderlo. Aunque no lleve mi nombre, es mi casa, John.
Donde nací y viví con mis padres, donde nacieron mis hijos.
El único lugar del mundo donde he sido feliz.
Quiero deshacerme de todo lo que fue de Charles, pero también debo pensar en el futuro de mi hija, no puedo dejarla sin nada.
John sabía lo que había hecho con Elisabeth ese malnacido de Charles Davenport. De ser una joven alegre y algo soberbia, había pasado a ser alguien triste y taciturno.
—Seguirás viviendo en Almond Hill hasta que mueras si así lo deseas, Mary y yo nunca la ocuparemos.
—Pero debes permitir que os ayude cuanto pueda.
—Te lo prometo. Buscaré buenos compradores para esas propiedades que conservas, indagaré sobre cuáles son las mejores inversiones en Londres y las emprenderemos juntos.
Los tres: Mary, tú y yo. Es una buena época en Europa, empieza a reconstruirse y es justo el momento de arriesgarse.
Aquí estamos bien, el dinero no ha perdido valor y podemos sacarle mucho más rendimiento.
Yo me ocuparé de todo al principio y, cuando Europa empiece a recuperarse, será vuestro turno.
—¿Y si nos equivocamos y te arruinas? ¿Y si lo pierdes todo?
—Solo es dinero. Perderlo todo es diferente, creo que lo sabes.
Claro que lo sabía, había vivido con Charles.
—¿De verdad confías en mí?
—Confío en ti.
Elisabeth respiró de manera audible y su hermano, que se sentaba a su lado, le agarró la mano sobre el mantel. Ya había empezado a encontrar algo del aliento que había ido buscando. La mano tendida de un hombre tan extraordinario como John tenía mucho que ver.
—Lo conseguiremos.
Domingo, 20 de noviembre de 1921
Nueva York
Akina Nakamura llegó a Nueva York a finales de 1909, después del pacto informal que ratificó Japón con Estados Unidos el año anterior.
El bautizado como «Acuerdo de los Caballeros» fue el modo que encontró el presidente Theodore Roosevelt para rebajar la tensión por la fuerte inmigración asiática, insoportable en California.
En él, Japón se comprometía a no tramitar más pasaportes y Estados Unidos aceptaría a los familiares de los japoneses que ya se hubieran asentado en el país.
A esto se le unirían medidas para evitar la segregación racial en las escuelas que sufrían los niños japoneses.
El marido de Akina era uno de los inmigrantes que habían llegado a Estados Unidos antes del acuerdo y ella viajó en calidad de cónyuge.
Akina y su esposo Takuma, diez años más joven que ella, no llegaron nunca a tener hijos.
Tal vez por eso, la señora Nakamura había adoptado como si se tratase de alguien de su propia sangre al muchacho caradura que vivía en el apartamento frente al suyo desde hacía un par de años.
Esa mañana de domingo, Ian llamó a su puerta.
—Buenos días, señora Nakamura.
—Buenos días —contestó ella, con una leve inclinación de cabeza, dando muestra de su cortesía.
—¿Le ha dicho alguien alguna vez que tiene la sonrisa más bonita de todo Manhattan? —le preguntó.
—No mentir a esta mujer vieja, Ian. No estar bien. ¿Qué necesitar tú?
—He cerrado la puerta sin acordarme de la llave. ¿Podría darme la que me guarda?
Ian no se fiaba de dejar una llave escondida y había acordado que la señora Nakamura tuviera una por si se le olvidaba. Una vez tuvo que dormir en el rellano hasta la mañana siguiente, cuando abrieron los negocios y al fin pudo encontrar a un cerrajero.
Akina Nakamura sonrió y condujo sus pesados pasos de sexagenaria hasta el interior del apartamento para buscar la llave. Ian la esperó en la puerta hasta que volvió.
—Tener cara triste —dijo Akina, mientras le entregaba la llave—. ¿Hay asuntos que preocupan a ti?
—No es nada —contestó Ian, quitándole importancia con un gesto, a la vez que se maravillaba por la capacidad de esa mujer de leerle incluso cuando creía que estaba disimulando perfectamente.
—La tristeza es como vestido rasgado: mejor dejar en casa.
—En cuanto recoja la llave, la dejaré ahí —contestó él, sonriente—. Solo es que no he dormido bien. ¿Puede esperarme hasta que se la devuelva?
Akina asintió. Al volver Ian, se despidieron con una respetuosa inclinación de cabeza.
Domingo, 20 de noviembre de 1921
Nueva York
A media mañana, bien abrigados, el pequeño grupo que se alojaba en el apartamento de John Lowell paseaba por las sinuosas sendas de tierra de Central Park.
Los arquitectos lo habían diseñado sobre unos antiguos terrenos silvestres, con caminos que se retorcían a propósito, en contraste con las rectas avenidas de la ciudad.
No era solo el pulmón de Nueva York, pletórico de árboles y arbustos, era ese lugar donde cabían el desorden, las estaciones del año, los juegos en grupo y los paseos en familia.
La de John había accedido por la entrada entre la 72 y la Quinta Avenida y, después de admirar la fuente de Bethesda, caminaba hacia el sur.
Evan, excitado por los lugares que quería conocer, no podía evitar correr delante de los adultos, mientras Cath, tal como había prometido, paseaba tranquila, agarrada con fuerza a la mano de su madre como si temiera perderse.
El recuerdo del día anterior había serenado su impulsividad y Elisabeth lo agradecía.
Victoria y John se habían quedado rezagados varios pasos por detrás.
—Esto fue en su momento un terreno pantanoso lleno de rocas que retiraron y hubo de ser drenado para construir el parque. Costó bastante, no creas —le dijo Victoria.
John se la quedó mirando; no esperaba su explicación.
—¿No debería ser yo, tu anfitrión en esta ciudad, quien te contase eso?
—Vives en Boston, John, apuesto a que ni lo sabías.
—No, no tenía ni idea —se rio él—. Si sé dónde tengo que llevaros ahora, es porque el portero del edificio me lo ha explicado cuatro veces.
—Si vivieras con Evan, no necesitarías al portero, lo sabrías todo de Nueva York.
Lleva una temporada volviéndome loca con la ciudad, desde que le dije que vendríamos.
En la revista de Edward tenían algunos libros y se los hice llevar a casa.
Creo que nunca ha leído algo con tanto interés. ¡Evan, ten cuidado!
El niño, en su alocada carrera, estuvo a punto de llevarse por delante a un señor.
Vestido con traje, sombrero, corbatín y bastón, el hombre parecía estar buscando un banco en el que leer el periódico que llevaba bajo el brazo y no se percató de que el pequeño corría hacia él.
Si no hubiera sido por la intervención de Victoria, se habrían estrellado.
Ella se disculpó con él cuando pasaron a su altura.
—Este niño tiene demasiada energía a veces —le dijo después a John.
—Es un niño, Victoria. No me hagas soltar la lengua; tú eras peor.
—¿Yo?