Los cerezos de Central Capítulo 5 #4
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Capítulo 5 #4

John encargó a Clarissa que se ocupase de pagar a los conductores y que organizase la subida del equipaje, mientras Elisabeth observaba el edificio con la boca abierta.

En la fachada, un arco de medio punto arropaba una puerta acristalada de acceso doble.

Seis dovelas lisas enmarcaban la clave, que reproducía una elegante hoja de acanto y, sobre ella, se apoyaba un escudo de motivos florales flanqueado por dos sencillas ventanas.

En el segundo piso, un balcón de unos cuatro metros alternaba flechas paralelas y cruzadas en la barandilla metálica.

El remate en blanco de puntas y colas recordaba a tulipanes volteados.

A partir de ahí, la fachada simplificaba sus líneas y en ella solo se abrían simétricas ventanas y diminutas balconadas elevadas hasta una altura de doce plantas.

—Te va a encantar el apartamento —dijo John, al observar el escrutinio de su hermana—. No es Almond Hill, pero tiene su encanto.

—Ya me gusta lo que veo.

Todos juntos entraron en el edificio y se encaminaron al ascensor.

El trayecto fue emocionante para los niños.

El Aurore tenía varios ingenios de aquellos, pero no los habían llegado a usar y era la primera vez que se veían dentro de uno.

Cath se agarró más fuerte aún a la mano de su madre y Evan suplicó hasta que le dejaron pulsar el botón de la última planta.

El portero, que se ocupaba de abrir y cerrar las verjas de hierro y del manejo de los botones, a una señal de John, le cedió el honor.

Cuando el ascensor se detuvo y lo abandonaron, observaron que en el descansillo había una única puerta.

—Toda la planta la ocupa mi apartamento —les explicó.

Abrió sirviéndose de una llave y enseguida entraron en un amplio recibidor, cuyas enormes ventanas se abrían a la calle 72 e inundaban la estancia de luz. Cuatro personas acudieron enseguida, vestidos con uniformes de servicio: tres mujeres y un hombre.

—Ellos son el personal, espero que os ayuden a sentiros cómodas.

—Seguro que será así —le dijo Victoria.

—Son Susan, Olive, la señora Clarke y Rogers.

Los cuatro hicieron un leve asentimiento con la cabeza y, tras recogerles los abrigos, los dejaron a solas. El mismo John mostró el camino al comedor a sus invitados.

—Tal vez después de comer os apetezca un paseo por la ciudad —sugirió, cuando llegaron a la amplia habitación.

—No lo creo. Yo, al menos, estoy agotada —dijo Victoria—. Preferiría descansar.

—Yo tampoco; no quiero perder a Catherine otra vez hoy —añadió Elisabeth.

—No me voy a soltar de tu mano, se lo prometí a Ian.

Elisabeth sonrió y dio gracias en silencio por la providencial aparición de ese joven que le había devuelto a la niña.

—Pues yo sí quiero dar un paseo —refunfuñó Evan.

—Se me ocurre algo —dijo John—. Dejaremos que estas debiluchas descansen y tú y yo nos iremos juntos. ¿Te apetece que te enseñe mis almacenes? Aún están en obras, pero tengo que pasar a revisarlo todo; serás el primero de la familia que los verá.

—¡¡Sí!! —respondió el niño, henchido de entusiasmo—. ¿Puedo, mamá?

—Claro que puedes.

—Señor Lowell —dijo Clarissa, utilizando un tono más formal que el que había empleado en el coche para hablar de él con Elisabeth—. Si no me necesita más…

—No, Clarissa, gracias por haberme acompañado. Puedes marcharte. El lunes por la mañana nos veremos de nuevo.

—Que disfruten de su estancia.

La muchacha abandonó la casa y el personal de servicio condujo a las recién llegadas a sus habitaciones. John había ordenado que se preparase una para cada uno de ellos.

Cuando se hubieron cambiado, se reunieron en el comedor, donde disfrutaron de una agradable comida en familia.

Los niños devoraron las viandas, hambrientos como estaban después de las horas transcurridas desde que habían desembarcado.

Victoria y Elisabeth sentían sus estómagos igual de ansiosos, pero se contuvieron, a pesar de que la cocinera, la señora Clarke, había preparado unos platos deliciosos.

—¿Qué tal Mary y James? —preguntó John.

—Felices. Tendrías que ver a Alex, está precioso. Se parece mucho más a James que a Mary —dijo Elisabeth—. He traído un retrato de los tres para ti, pero está entre mi equipaje, ya te lo daré.

—¿Y Abigail?

—Se ha quedado en Chignall; la señora Durrell y ella se han hecho íntimas y, además, sus hijos también trabajan en la zona. No creo que tenga interés en volver a Londres.

—Iré a verla cuando regrese a Inglaterra.

—¿Vas a volver? —preguntó Evan.

—Claro, aunque sea para asegurarme de que estudias —le contestó.

Evan sonrió feliz.

Domingo, 20 de noviembre de 1921

Nueva York

Cuando Elisabeth abrió los ojos aquella mañana de domingo, los tonos claros de las cortinas, las paredes y la luminosidad de la estancia le revelaron que no estaba en su cuarto de Almond Hill ni en la humilde habitación de la casita de Chignall.

La ausencia de bamboleo le confirmó que tampoco se trataba del camarote en el que había pasado las noches de la última semana.

Tardó un instante en recordar que se encontraba en el apartamento de John en el Upper East Side de Nueva York.

Se volteó en la enorme cama. No sabía qué hora podía ser, pero, por los sonidos que se escuchaban tras la puerta y por la luz que se filtraba por las ventanas, intuía que no demasiado temprano.

Podía oír las voces de Catherine y de John, que parecían enzarzados en un juego y que, a juzgar por las carcajadas de la niña, sonaba muy divertido.

Mientras se desperezaba, se preguntó si iría bien vestida o se habría escapado en camisón del cuarto.

Si era así, debería reñirla. Cath solía hacer demasiadas veces lo que quería y allí no estaban la señora Durell o Abigail para domar su impetuoso carácter y recordarle los buenos modales.

Solo quedaba ella y ninguna excusa para descuidar su educación.

Bajó de la cama y se permitió entretenerse descalza, disfrutando del leve cosquilleo del pelo de la mullida alfombra entre los dedos de los pies.

Una nueva carcajada de Catherine le provocó una sonrisa.

La niña, un pelín temeraria, era un encantador vendaval, alegre y vital, al que apenas había puesto atención los últimos meses.

Ese hormigueo de felicidad que le provocó escucharla le recordó lo que la amaba.

Había estado todos esos interminables meses a su lado y apenas había sido consciente de ella, envuelta en su dolor.

Había tenido que sentir que la perdía para despertar y recordarse que no estaba sola.

El recuerdo la devolvió a su llegada el día anterior a Nueva York.

No había podido llevarse una peor primera impresión de la ciudad.

Le pareció ruidosa, opresiva por los penetrantes olores del puerto y por el tremendo ajetreo del tráfico, y la incomodaron el frío y la asfixiante prisa con la que parecía moverse todo el mundo.

La desagradable gestión de la revisión médica y los trámites burocráticos aduaneros, así como la desesperante espera bajo el arco de entrada del muelle desfilaron como recuerdos negativos, pero lo que de verdad puso sus emociones a prueba fue la desaparición de la niña entre aquella muchedumbre.

Mientras se calzaba, recordó que ya le había advertido Victoria de lo diferente que sería todo a Almond Hill.

El mundo había cambiado mucho tras la Gran Guerra, aunque ella no se hubiera dado cuenta, aislada en el campo y enterrada en sus propios problemas.

Debía hacer el esfuerzo de adaptarse, no solo a las transformaciones, sino a la velocidad a la que se sucedían ante sus ojos.

Recordó entonces a Ian, el hombre que le había devuelto a Cath en el muelle.

No atendió a ningún protocolo al dirigirse a ella, le habló con una familiaridad impropia de quien era un completo desconocido y, si era sincera consigo misma, debía admitir que eso no le había importado.

Quizá tuviera que ver con ello el enorme alivio que sintió al verlo aparecer con la niña de la mano.

Se dirigió al armario, lo abrió y, después de repasar las prendas dispuestas en las perchas con pulcritud, se decidió por un sencillo vestido azul cielo que le llegaba casi hasta los tobillos.

Del vestuario nuevo de su guardarropa, le pareció lo más apropiado para un domingo por la mañana en el que el único plan que había trazado John era dar un paseo por Central Park.

Salió al pasillo unos minutos después y allí la saludó una de las empleadas, que le preguntó si todo estaba de su agrado.

—Lo está, solo quiero pedirle que mañana me despierte temprano.

—El señor dio órdenes de que las dejásemos dormir, supuso que estarían cansadas —le contestó Olive, la muchacha.

—La verdad es que ayer fue un día agotador, pero me gusta madrugar y debo ocuparme de mi hija. ¿Está vestida?

—Sí, lo he hecho yo misma, pero si no he elegido bien, puedo cambiarla ahora.

—No se preocupe. Con que esté vestida y no correteando en camisón, me conformo.

Después, Elisabeth se retiró algunos mechones sueltos de la cara, se colocó el vestido y entró en el comedor, donde la esperaban para desayunar, ofreciendo su mejor sonrisa.

—Buenos días.

Catherine, antes de ocupar su silla, se lanzó a sus brazos para darle un beso de buenos días, al que respondió con un abrazo apretado.

—¿Has dormido bien, cariño?

—Tengo una cama enorme y una habitación donde caben todos los juguetes que quiera —dijo la niña, exagerando la última palabra—. Y el tío John me ha dicho que podemos ir mañana a comprar una casa de muñecas. ¿Me dejas? ¿Me dejas?

—Ya veremos —contestó, lanzando una mirada severa a su hermano. No empezaba bien su plan de educarla si él la llenaba de regalos.