Capítulo 5 #3
Fue en ese instante cuando Elisabeth se fijó en él. El alivio al ver a la niña eclipsó a aquel hombre joven que la traía de la mano y ni su metro noventa fue motivo suficiente para que ella reparase en su presencia.
—Disculpe, estoy muy nerviosa. Creía que la había perdido para siempre…
Ian captó un profundo desconsuelo en sus ojos garzos, que, a pesar del disgusto, le parecieron los más cautivadores que había visto jamás.
—Ya la tiene de vuelta —le respondió con suavidad.
—Gracias, de nuevo. No sé qué habría pasado si usted no llega a encontrarla.
Después de mirar un instante a Elisabeth y sonreírle, Ian se agachó y le habló a Catherine:
—Escucha, princesa, no te sueltes de la mano de mamá nunca más. Esta ciudad es muy grande.
—¿Cómo de grande? —preguntó ella.
—Más grande que el lugar más grande que puedas imaginar.
—¿Más grande que Almond Hill?
Ian no sabía de qué le hablaba, pero no le hizo falta para contestarle.
—Muchísimo más grande. Y seguro que hay mucha más gente.
—En Almond Hill solo están Abigail, Martin y la señora Durrell —le dijo Catherine.
—Pues aquí, te lo aseguro, hay muchas más de tres personas. Y no todas se conocen; así que si te pierdes, quizá no haya tanta suerte la próxima vez y no logres encontrar a tu madre. Obedece y, sobre todo, no le sueltes la mano. ¿Me lo prometes?
Catherine afirmó con energía y miró a Elisabeth, que la seguía sosteniendo de la mano. Después, sin soltarse, le dio un beso a Ian, que le devolvió la caricia con un pellizco cariñoso en la mejilla.
—Bienvenida a Nueva York, Catherine —le dijo él, poniéndose de pie de nuevo.
—¿Tú cómo te llamas? —le preguntó la niña.
—Yo soy Ian.
Le guiñó un ojo y después volvió a dirigirse a Elisabeth:
—Siento mucho el mal rato que ha pasado, pero ya está. No le ha sucedido nada.
—Gracias, señor… —empezó a decir Elisabeth.
—Ian, por favor, no soy un señor. Mi nombre es Ian Brennan.
—Yo soy… Elisabeth Davenport —se presentó ella, tendiéndole la mano.
Ian dudó unos instantes sobre cómo saludarla.
No se le escapaba, por su forma de hablar y sus maneras, que aquella mujer era una dama, pero él no era ningún caballero y optó por estrecharle la mano como habría hecho con uno de sus colegas del barrio.
Elisabeth, acostumbrada a saludos protocolarios, sintió una repentina extrañeza cuando le tendió la mano, pero enseguida desapareció al observar la franqueza de Ian.
Cuando se decidió a responderle con un apretón, la suavidad de este y la calidez que irradiaba la piel de él desencadenaron un sentimiento de familiaridad inesperado que acalló cada uno de los aturullantes sonidos del puerto.
El alivio que se dibujó en el rostro de ella y la sonrisa que empezó a curvar sus labios congelaron los movimientos de ambos.
Él, hipnotizado por su belleza, imaginando la preciosa fotografía que podría hacer si lograra que ella posara para su cámara. Ella, cautivada por lo guapo que era.
—¡Gracias a Dios que ha aparecido! —dijo John, que llegaba en esos momentos.
Ambos, como si despertasen de pronto, deshicieron el saludo, igual de desconcertados por lo que les acababa de suceder.
—John, este es el señor Brennan y ha encontrado a Cath —dijo, y en su voz se apreció el nerviosismo que había sentido.
—Se lo agradecemos muchísimo, señor Brennan. Si me permite…
John buscó en uno de los bolsillos de su chaqueta la cartera para ofrecerle una recompensa, pero Ian la rechazó con un rápido movimiento de mano.
—No tiene que hacerlo, señor, ha sido un placer. Adiós, Catherine —le dijo a la niña—. Me alegro de haberte conocido. Y, recuerda, no sueltes la mano de tu madre. Me lo has prometido.
La niña asintió y él sonrió. Hizo un gesto de despedida, se dio la vuelta y se marchó con su cámara en la mano.
Elisabeth se quedó mirándolo hasta que desapareció entre la gente.
En ese momento se debatía entre el alivio y el desconcierto.
No solo por lo que había sentido cuando se saludaron o porque le hubiera devuelto a su hija.
Fue algo más, algo que podría ser solo un gesto de cortesía, pero que a ella le había parecido sorprendente.
Su esposo jamás le había hablado a ninguno de sus hijos con el cariño que lo había hecho aquel desconocido con su hija.
Victoria llegó al momento y, al ver a Cath, exhaló un suspiro de alivio. Por fin podrían dejar el puerto. Se moría por una comida y por quitarse de una buena vez los zapatos.
No estaban hechos para recorrer un muelle casi a la carrera.
Sábado, 19 de noviembre de 1921
Nueva York
Clarissa Stone esperaba a la salida del puerto junto a dos coches de alquiler.
John le había pedido que los retuviera para trasladar al apartamento a sus invitados, pero lo que en principio serían unos minutos se habían convertido en casi dos horas.
En ese tiempo, la joven había tenido que lidiar con la impaciencia de los conductores, que amenazaron varias veces con irse.
Los viajeros que solicitaban un taxi tras desembarcar del Aurore eran muchos y ellos sentían que estaban perdiendo dinero.
—He tenido que ofrecerles el doble por el trayecto para que no se fueran —explicó Clarissa a su jefe cuando el grupo de viajeros llegó hasta ella.
—No importa —contestó este—, has hecho lo correcto.
John presentó a Clarissa como su ayudante en Nueva York y a ella le relató el motivo de su tardanza, aunque no se entretuvo en detalles, pues ansiaban llegar a la casa.
—Tú acompañarás a mi hermana y a su hija en el primer coche —le dijo a Clarissa—, y yo ocuparé el otro con Victoria y Evan. Nos vemos en el apartamento.
El niño no pudo evitar un gesto de júbilo, al que John contestó con una carcajada y revolviéndole el pelo.
Cuando los vehículos arrancaron y se incorporaron al caótico tráfico de la urbe, Clarissa comenzó a hablar.
Era una muchacha jovial y parlanchina, que se dedicó a preguntar sobre el viaje, Londres y el terrible clima británico.
Cuando todos los temas triviales se le acabaron, condujo la conversación hacia cuestiones más personales.
—John estaba emocionado por la visita de sus hermanas, lleva días preparándolo todo con mucho cariño —dijo.
—¿Sus hermanas? —preguntó Elisabeth, extrañada.
—Eso entendí. ¿No son ustedes familia? Creía… —balbuceó ella, pensando que había dicho algo inapropiado.
—Lo somos; el señor Lowell es mi hermano, pero no el de la señora Reynolds. Ella es una buena amiga de la familia.
—Disculpe la confusión, a veces pregunto demasiado —se excusó Clarissa—, hace poco que trabajo con John y aún no sé mucho de él.
—Es lógico que el señor Lowell no comparta su vida privada con sus empleados.
El tono de Elisabeth no había pretendido ser duro, pero estaba aún bajo el impacto de haber perdido de vista por un rato a Cath y sonó más cortante de lo aconsejable. Se preguntaba si debería disculparse con la muchacha, cuando esta se le adelantó:
—Le ruego que me perdone, no pretendía ser indiscreta. No se lo diga a John, ha sido un desliz muy tonto y no me gustaría que por esto decidiera dejarme sin empleo.
Elisabeth prefirió no contestar y solo compuso una leve sonrisa. Volvió la vista hacia la ventanilla del coche, dando por zanjada la charla. Necesitaba de silencio para ordenar sus ideas.
Clarissa enmudeció hasta que llegaron al apartamento.
En el otro vehículo, Evan bombardeaba a John con preguntas sobre la ciudad.
En los días previos al viaje, el niño se había dedicado a leer sobre ella y, una vez allí, pisando el escenario de sus lecturas, le fascinaba lo que veía: los enormes edificios, el rumor constante en las calles y la forma de vestir de sus habitantes, tan diferente a la de Londres.
Le hizo preguntas sobre el metro, si Central Park era más grande que Hyde Park o si nevaría en Navidad.
—Evan, vamos a pasar un tiempo aquí; te agradeceríamos mucho que te relajes y dejes respirar a John —lo regañó su madre con suavidad.
—Perdón —se disculpó.
—No le digas eso, estoy feliz por teneros aquí y contestaré a todo lo que quiera preguntarme. O lo que sepa; no estoy seguro de si va a nevar en Navidad. Supongo que pronto lo averiguaremos.
Le dio un leve puñetazo a Evan en el hombro y el niño sonrió feliz.
—Os he echado a todos de menos —le dijo John a Victoria.
—No me digas que, con todo el trabajo que tienes, te queda tiempo para echar de menos —contestó ella, con una sonrisa y cierto deje de ironía.
Él se quedó mirándola y cabeceó un instante.
Había extrañado tenerla tan cerca como en ese momento: sus pullas divertidas y la manera que tenía de mirarlo, su sonrisa y la complicidad que compartieron durante años.
Guardaba muchas historias para compartir con ella, entre las que destacaba un año en el que hubiera acabado loco y olvidando quién era de no ser porque se aferró a su recuerdo para sobrevivir.
—No sabes cuánto puedo echaros de menos.
Cuando llegaron hasta los oídos de Victoria las palabras de John, intentó controlar el aleteo de su corazón.
No tenía una réplica preparada para ellas, al menos no una que fuera a la vez sincera y mantuviera protegido su corazón.
Dio gracias porque, en ese momento, el coche paró en la puerta del edificio, donde esperaba el vehículo que había trasladado a Elisabeth.